10 de junio: Día de la Reafirmación de nuestros Derechos Soberanos sobre las Islas Malvinas, Antártida e islas del Atlántico Sur

En el cuento “ Juan López y Jhon Ward”, Borges ahorra todas las características estructurales del género. Apenas una oración de apertura para situar los hechos y en su búsqueda selecciona el adjetivo “extraña” para caracterizar esa época.

 

Por Marta Ledri, escritora y Prof. en Letras

 

JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD

 

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Jorge Luis Borges.

 

En el cuento “ Juan López y Jhon Ward”, Borges ahorra todas las características estructurales del género.
Apenas una oración de apertura para situar los hechos y en su búsqueda selecciona el adjetivo “extraña” para caracterizar esa época.

Extraño es todo aquello que no puede desentrañarse, que es ajeno o escapa al raciocinio. Extraño es que dos hombres pierdan sus vidas porque el diálogo diplomático no resultó favorable a quienes en un acto de imprudencia reclamaron un territorio que si bien les pertenecía no podían defender. Los responsables no estuvieron en el frente de batalla. López de antemano era un vencido…

La división del planeta “cara a los cartógrafos” aparece en el segundo párrafo y ya anticipa las inevitables consecuencias de estas conquistas territoriales, de estas soberanías discutibles: la guerra, la muerte, el constante horror, la certeza del dolor, las pesadillas. Una cruel ruptura del hombre que marcha al frente, con sus hábitos, con sus afectos, con sus profesiones, con sus costumbres y que debe olvidarlas y solo estar atento a las armas, al desvelo, a los acechos, a las trampas de la noche.

Surgen los personajes, ambos se llaman Juan, nombre genérico que incluye a todos los hombres. Están separados por los caprichos de la suerte, por sus próceres y sus mitologías. Creen en su idealismo de jóvenes que podrán revivir los épicos pasados de sus patrias. Algo los unía sin embargo: el amor por la literatura. Ambos tenían como segunda lengua, el idioma del enemigo.

Hubieran podido entenderse. López amaba a Conrad, Ward a Cervantes. Si otra hubiera sido la época hubieran conversado de literatura. Nunca supieron que uno era el alter ego del otro. Uno solo y al mismo tiempo, todos. Pero todavía más adentro de la trama está el propio autor que es López que leyó a Conrad en donde antiguamente estaba la Facultad de Filosofía y Letras, es López que leyó por primera vez El quijote en inglés y es Ward porque se enamoró de la lengua castellana y la eligió para hacer literatura, tradujo El príncipe feliz, de Oscar Wilde, con solo once años..

Ambos ofrendaron con sus vidas lo que más amaban: la literatura. Ninguno de los dioses tuvo en cuenta el sacrificio. Borges pudo hermanar a estos “Juanes” porque la literatura todo lo puede y el arte conmueve y es piadoso. En tanto, la historia, la realidad los enfrentó absurdamente y nunca uno supo del otro. Eran hermanos y murieron como enemigos.

 

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