Otoño de ocres y azules rojizos

Vero Toller

Otoño. Inhalaciones más frescas, respiración rojiza-ocre-azultarde-maíz… Vienen los últimos verdes mezclados con sombras nuevas. Pircas que dibujan líneas de horizonte. “Hay que andar con el alma hecha un niño, / comprenderle el adiós a las hojas / y acostarse en su sueño amarillo”. Las montañas plantan su silueta oscura mientras la luz se cae detrás en iridiscencias naranjas, y pasan del gris al violeta, lejos, con campos brotados en frutos al pie. “Te recuerdo como eras en el último otoño”, escribió Neruda; “en tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo… hojas secas giraban en tu alma”. ¡Uf!  Y no es tristeza, para mí, el otoño; ¡es vida que se guarda! Para volver. Vientos que nos despiertan. Frescos que nos hacen volvernos hacia adentro. Quién dijo nostalgia. Suena un ala, muy cerca; crujen los pies en las hojas. Se van durmiendo las ramas… Reposo. Todo se lo va comiendo el atardecer. Y si el otoño es en Mendoza, hay que llenarse “la piel de tonadas”, como decían Jorge Sosa y Damián Sánchez. Porque…

No es lo mismo el otoño en Mendoza,
hay que andar con el alma hecha un niño
comprenderle el adiós a las hojas
y acostarse en su sueño amarillo

Tiene el canto que baja la acequia
una historia de duendes de agua
personajes que un día salieron
a poblarnos la piel de tonadas

La brisa traviesa se ha puesto a juntar
suspiros de nubes cansadas de andar
esta lluvia que empieza en mis ojos
no es más que un antojo de la soledad

Es posible encontrar cada nombre
en la voz que murmuran los cerros
el paisaje reclama por fuera
nuestro tibio paisaje de adentro

Ser la tarde que vuelve en gorriones
a morirse de abrazo en el nido
y tener un amigo al costado
para hacer un silencio de amigos

La tarde nos dice al llevarse al sol
que siempre al recuerdo lo inicia un adiós
para quien lo ha vivido en Mendoza
otoño son cosas que inventó el amor

 

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