18 de agosto de 1936. Fusilamiento de Federico García Lorca.

“¡Ay! Federico García
Cuatro balas te han matado
Cuatro rosas sobre el pecho
Del poeta de Granada”

 

Por Marta Ledri – Escritora.

No alcanzó a ver el estreno de La casa de Bernarda Alba. Madrid había sido tomada por las falanges franquistas. Los republicanos o “rojos” hacían la guerra en pequeños grupos, hambrientos, enfermos o se concentraban cruzando los Pirineos donde soñaban con restablecer la República. El pueblo dividido se temía. No había lugar para la neutralidad. Sus amigos de la lejana Residencia de Madrid, Dalí y Buñuel hacía tiempo que triunfaban fuera de España.

Federico García Lorca, el poeta de España que había retomado la expresión más genuina de la literatura española: los romances prefirió quedarse para seguir cantando el sufrimiento de los desposeídos. No era gitano. Pertenecía a una acomodada familia andaluza que le propició desde la infancia el conocimiento de la música, el dibujo y el arte en general.

La tibieza del paisaje local, la misteriosa presencia de la Alhambra, los segadores y el desgarrado “cante jondo” le imprimieron un estilo musical y colorido que devino en las metáforas más brillantes, inesperadas y bellas de la literatura española.

Granada lo mató. La guardia civil lo conocía, eran vecinos rurales armados que lo despertaron a la noche a sacudones y junto a su cuñado, un maestro y dos banderilleros fueron fusilados en la madrugada del 18 de agosto de 1936 bajo un olivo a pocos kilómetros de Granada.

Su cuerpo sigue desaparecido pero el espíritu de Federico está vivo y embruja el olivar cuando la luna alcanza su plenitud. Un asesinato que la humanidad y sobre todo el mundo de las letras no olvida.

Una obra trunca. Una excusa absurda y el repudio para siempre a ese tiempo de guerras civiles que marcó con sangre la historia del S. XX de España y que todavía alimenta ficciones donde se narran desgarradores acontecimientos que tuvo que soportar por más de 40 años el pueblo español.

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