La draga encallada, un mito del Río Uruguay

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

De cara al viento Este el navegante se siente un ave, le crecen alas al alma, el pelo liberado es bandera hecha jirones. Todo es leve. Una profunda vivencia de libertad.  La lancha ha traspasado la escollera y aparece ante nuestros  ojos el Río Uruguay.  Dejar atrás el Río Gualeguaychú y traspasar Puerto Boca es arribar a aguas abiertas donde el color se platina y pueden verse como lomos de exóticos animales los extensos bancos de arena donde tal vez en noches de luna llena salgan a encantar sirenas nativas.  Las costas verdes a medida que avanzamos se van alejando de nuestra visión. Son apenas unas  líneas que se desdibujan dentro de tanta  agua. La corriente del Uruguay nos lleva al origen, a desandar el tiempo y encontrarnos con el mar que  estuvo allí hace 12.000 años. Al retirarse dejó en las orillas collares blancos de conchillas. Si hacemos silencio se escucha  el rumor de  la rompiente…

Los biguá despeinados vuelan en inmensas bandadas y se contraponen al alto y blanco movimiento  de las garzas. En ese escenario el hombre se ablanda, se purifica vuelve a ser arcilla moldeable. Es  Adán en un jardín de agua al principio de los tiempos

Hay un bautismo natural. Una simpatía cósmica.

Pero el Uruguay es  también un río mítico porque tiene encallada una draga que una tormenta del sudeste hundió en 1959. No es un galeón lleno de tesoros, no es un barco fantasma, es una gran ballena de óxido cuya proa mira hacia el Norte como pidiendo ayuda a las aguas mansas del Gualeguaychú y su popa recibe los latigazos de las tormentas. La metamorfosis del Uruguay puede ser inesperada y sus mansas  aguas de pronto se encolerizan  en un oleaje peligroso. La draga hundida de estribor duerme su soledad. Los rayos crepusculares se estrellan a babor. Luminosa de un lado, atardecida del otro es como estar frente a una aparición. Pocos sobrevivientes, el capricho de un capitán y la infructuosa tarea de reflotarla han convertido a la draga del Uruguay en un monstruo mudo y resignado que aloja en su interior  a pájaros y tal vez los lamentos de quienes se ahogaban.

Regresar y pasar por la draga es casi una obligación. Los navegantes apagan sus voces ante esta solemne embarcación enmohecida por el agua. Se ha vertido, convertido y pervertido la narración de la fatídica noche. La draga es leyenda y el secreto está hundido en el Uruguay. Las palabras son de los hombres que seguirán tejiendo historias sobre este fabuloso animal de hierro que hubiera atemorizado hasta al propio Ulises.

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