Observando en Chiang Mai

Son las tres de la mañana en Tailandia y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles no permiten conciliar el sueño. Viajo en un tren nocturno que atraviesa una calurosa noche de finales de mayo. El aire húmedo entra por la ventana y la densa oscuridad ha vuelto invisible el paisaje.

Por Martín Davico

El interior del vagón es metálico, claustrofóbico, y el gastado color verde de sus paredes le dan aspecto de viejo hospital. Las sábanas de las literas, aunque blancas y limpias, acentúan la atmósfera de nosocomio.

La travesía desde Bangkok a Chiang Mai durará catorce horas. Apenas dormiré tres.

A la mañana siguiente paseo por el Parque Público Buak Hard, donde los desconocidos y peculiares cantos de los pájaros me recuerdan que soy un extranjero de tierras lejanas.



Los cables de electricidad, que tanto afean las ciudades, no hacen la excepción en Chiang Mai y se enredan en las esquinas formando ovillos.



Sentado en un banco, un joven budista con túnica anaranjada me sorprende y pone en evidencia mis creencias: saca un paquete de Marlboro y enciende un cigarrillo¿No pueden acaso los monjes fumar? Sigo deambulando y, aprovechando los beneficios de viajar solo, despilfarro el tiempo contemplando como flotan los nenúfares en un estanque.

Los afiches en las paredes anuncian los combates de Muay Thai aclarando, frente al escepticismo de los turistas, que son peleas reales. Entre las casas de masaje tailandés la más celebre es aquella en la que trabajan masajistas que están presas, y que vienen cada día desde la cárcel donde aprendieron el oficio como estrategia de reinserción social.

Dos chicos se la juegan pescando en un canal en pleno centro de la ciudad. Sacan pequeñas piezas con una red y las meten en una bolsa. De repente toman su botín de pescados y salen corriendo dejando abandonadas sus pertenencias. La razón que los mueve es la llegada de dos patrulleros de los que bajan siete agentes uniformados. Los jóvenes pescadores escapan y el torpe operativo policial fracasa.



Chiang Mai, famosa por sus más de 300 templos budistas es una de las ciudades más sagradas del país. Los carteles piden discreción a la hora de vestir para visitar estos lugares y aclaran que en ningún caso una imagen de Buda puede ser usada de forma decorativa. Está el Templo de Plata, uno de los más hermosos y controvertidos por tener prohibida la entrada a mujeres en su afán de respetar antiguas creencias; el Doi Suthep, el más visitado, donde todavía sobrevive algún fotógrafo vendiendo instantáneas de recuerdo; El Chedi Luang que tiene una pagoda de 80 metros de altura y en su recinto jóvenes monjes budistas hablan con los visitantes para contar como es su modo de vida y practicar hablar inglés.

Al pasar frente a una escuela en el momento que los chicos salen, veo a un hombre occidental entre los padres que esperan. Me acerco para preguntarle de que tipo de colegio se trata. Me contesta que es estatal y totalmente gratuito. Charlamos un poco y me cuenta que es americano, que lleva mucho tiempo en el país y que confía su hija a la enseñanza pública de Tailandia. Mientras llega la niña y le da un beso me dice: “Una buena educación es lo único que los va a salvar”. El hombre tiene toda la razón. Las cosas más evidentes son las que más nos cuestan ver.

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