A 100 años de la Reforma Universitaria: un largo recorrido, y una actualidad que nos interpela

El contexto en el cual surge, de desarrolla, y finalmente se concreta la Reforma Universitaria de 1918 daba cuenta de un periodo de la historia argentina donde se manifestaba la decadencia del modelo agro-exportador, impuesto desde la llamada “Consolidación Nacional” a partir del gobierno de Julio A. Roca, hasta la ley Sáenz Peña, que termina gestando al gobierno del radical Hipólito Yrigoyen, el primer presidente democrático de la historia argentina luego de 42 años de supremacía del Partido Conservador.

 

Por Javier Enrique Gette (*)

 

El inminente y necesario recambio generacional se impuso dentro de un contexto de acelerada conflictividad social y política, donde la clase media buscaba espacios de representación, y los sectores populares -a través de las luchas sindicales- buscaban mejores condiciones de vida, por lo que eran salvajemente reprimidos en hechos como las matanzas de los Talleres de Vasena y la Semana Trágica.

La Reforma Universitaria surgida en Córdoba puso fin a la hegemonía de los sectores más acomodados en las instituciones universitarias, que funcionaban hasta ese momento como claustros herméticos y elitistas, donde los cargos eran vitalicios y a dedo, y el acceso a la educación superior restringido exclusivamente a los amigos del poder.

La lucha organizada de estudiantes y profesores, con un fuerte contenido latinoamericanista, tuvo resultados concretos: autonomía, cogobierno, docencia libre, cátedras paralelas para que los estudiantes puedan elegir libremente entre distintos enfoques; concursos públicos de antecedentes y de oposición; periodicidad de cátedra, y extensión universitaria, para que las instituciones permanezcan cercanas a los requerimientos de la sociedad.

Estos hechos, logrados no sin sacrificios, que incluyeron vidas humanas, permitieron por primera vez ampliar el acceso a la educación superior a sectores que estaban postergados, como las clases medias y los hijos de inmigrantes. Más adelante, con el peronismo, se suprimieron los aranceles y los exámenes de ingreso, lo que permitió el acceso a la educación universitaria para los sectores populares. Los hijos de los trabajadores ingresaron masivamente a la universidad, y se crea la Universidad Obrera (hoy UTN) para fomentar la formación industrial y tecnológica.

Los distintos golpes de estado interrumpieron el desarrollo de las universidades argentinas, con intervenciones vergonzosas como la “Noche de los Bastones Largos”, que iniciaron el tristemente célebre proceso conocido como la Fuga de cerebros, en el que los principales investigadores y científicos del país tuvieron que irse al exterior para continuar sus carreras. Desmantelaron el CONICET y los principales centros de investigación y extensión universitaria. Este proceso se profundiza con la última dictadura militar, en la que el ambiente universitario se constituye en uno de los principales blancos del terrorismo de estado.

Recién a partir del retorno de la democracia en 1983 con el gobierno de Raúl Alfonsín se revierte este proceso, volviendo las universidades a los viejos preceptos reformistas, como la autonomía, el gobierno tripartito, y el acceso irrestricto. Las políticas neoliberales de los noventa no pudieron con la larga trayectoria argentina de educación pública, gratuita y de calidad, que hoy vuelve a ser cuestionada y jaqueada por el gobierno de la alianza Cambiemos, en una nueva restauración conservadora.

Luego de los 12 años de gobiernos kirchneristas en los que, entre otras cosas, se construyeron 15 nuevas universidades nacionales, más de 1700 colegios (dos en Larroque), y se promovieron políticas vinculadas al desarrollo y a la producción científica, nos encontramos una vez más ante un gobierno que pone a la educación como variable de ajuste.

Lo vemos en la ciudad de Larroque, donde en 2015 teníamos dos carreras terciarias y hoy hay solo una, donde un estado municipal presente se ocupaba de tener políticas activas para facilitar el acceso a la educación, como apoyo escolar, acompañamiento becario, expo de las carreras y gestión permanente acompañando el crecimiento de las distintas instituciones, y hoy no encontramos una sola política pública orientada a la educación. Lo vemos en el gobierno nacional, que respondiendo a los pedidos del FMI en una clara pérdida de soberanía, ha recortado constantemente el presupuesto educativo, poniendo en riesgo el funcionamiento de la totalidad de las universidades públicas. Lo vemos en las preocupantes declaraciones de importantes referentes de Cambiemos, como la gobernadora de Buenos Aires, que asegura que los pobres no llegan a la Universidad, o del mismo presidente Macri, que cuestiona el hecho de que haya universidades por todos lados.

A 100 años de la Reforma Universitaria queda claro que en este país pocas cosas son para siempre, mucho menos si no se las cuida. La educación no puede volver a ser considerada como un privilegio para algunos. Necesariamente tiene que ser un derecho para todos, y el motor institucional de la movilidad social ascendente, donde el Estado asegure el acceso, permanencia y egreso a todo el que quiera y tenga intenciones de superarse.

Esta semana hubo masivas protestas en todo el país en las que jóvenes, estudiantes, profesores, directivos y trabajadores de la educación se movilizaron haciendo bandera estos reclamos. Necesitamos romper el cerco de los grandes medios nacionales y visibilizar este conflicto. Necesitamos del compromiso de todos y todas para volver a tener una educación pública gratuita, de acceso irrestricto, igualitaria y de calidad. La Educación Pública necesita que la cuidemos, porque vienen por ella.


(*) Licenciado en Ciencia Política (UBA)
Estudiante Profesorado Universitario (UADER)
Docente en distintos niveles
Presidente a cargo HCD Larroque.

 

 

 

 

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