A una isla desierta…

Por Verónica Toller

A una isla desierta me llevaría las novelas de Chesterton y las historias de la Tierra Media. Las poesías de Pizarnik y de Neruda. Teotihuacán en la retina. Barcelona y un hang entre sístole y diástole. El olor a café-hombros bien caliente una mañana de invierno. Las manos alrededor de la taza. La gente que deja el alma abufandada, llena de tibieza. Un catalejo. Al Anthony Quin de “Un paseo por las nubes”. Un crepitar de leños y los últimos tizones al rescoldo. Cuatro caleidoscopios. Plantitas de albahaca y de jazmines. Esa mirada. Fotos, fotos, muchas fotos. Viento silbando en los eucaliptus del campo. Dos madrugadas con lluvia de estrellas fugaces. La noche en que pasó un cometa. Tres eclipses en el ojo de un vidrio recortado. Plantar marimonias y violetas de los Alpes, ver crecer los árboles en el fondo de mi casa.

El tiempo con mis padres. El abrazo de mis hijos. No sé cómo sobreviviría a un naufragio de todo esto.

Entre los saberes más importantes que me dio la vida, cuenta el dolor, el que te quiebra en pedacitos rotos y te enseña a caminar anónima, de a un paso, apenas respirando… hasta coser uno a uno los hilos y entender, entender… Cuenta la gente que se ríe y la que está sola; el miedo, la audacia, los que perdieron todo, los que nunca tuvieron, frenar a los que pisan sólo porque pueden. Cuenta poder rezar. Saber que estás ahí. Apretar una mano. Aprender cuando creía que enseñaba. Cuenta un puñado de incondicionales. Simple, simple, menos… menos, descargar el equipaje. Conocer el mar. Y el perdón.  Creer que todavía es posible empezar de nuevo. Que resuena nuestra voz y que hacerla sonar “es casi un deber”, como decía el viejo Walt: “Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: tú puedes aportar un verso. No te resignes”.

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