Aguinaldo y muerte

La siguiente historia está basada en un hecho real.

 

Por Marta Ledri – profesora en Letras

Diciembre se agotaba entre humedades y calores sofocantes, en aquel pueblo cuyos habitantes se dividían entre hacendados y trabajadores del gran Frigorífico exportador.
Imponente, de cara al río para que los barcos refrigeradores llegaran con los cortes apreciados por los ingleses al Río de La Plata y dando la espalda a los corrales donde la hacienda que llegaba por la calle Las Tropas custodiados por curtidos arrieros aseguraban la faena del día, el gran frigorífico dominaba la ciudad.
Antes de los primeros gallos la alta chimenea emitía entre vapores un atronador llamado que desvelaba a enfermos y niños. Las cinco de la mañana…

Rebosaban las cámaras frigoríficas y los hombres que entraban en ellas, eran réplicas caricaturescas de esquimales o patagones, con sus pies envueltos en trapos; capas y guantes para no congelarse. Volaba en bolsería un polvillo malsano para las cosedoras de la arpillera, sin barbijos- las primeras obreras de un país que empezaba a cambiar de perfil. La sala de máquinas era un dragón enfurecido, rojas las fauces y entrañas de acero hirviendo. En sus vísceras se digería el alimento para sostener a todo el gigante de cemento. Las víctimas subían por la manga y apresadas en la playa eran golpeadas por un mazazo en la testuz. Mugidos de muerte a la cinco de la mañana, sangre en la playa, cuchillos diestros, clasificación y las entrañas y grasas a otra dependencia. Nada se desperdiciaba de una res…
Arriba, los jefes y empleados jerarquizados llevaban las cuentas y liquidaban sueldos. Era día de aguinaldo y cobro de quincenas. Una algarabía barata pero genuina animaba al trabajo. Muchos se dieron cita pasada la jornada para tomarse unas copas en el bar de don Arellano.

La bruja Pérez era el hombre más feo y más bueno de todos los obreros, el apodo─vaya uno a saber quién se lo había puesto─, se debía a su corva nariz y un sombrero de paja. Vivía alejado del pueblo, en zonas de chacra y llegaba como tantos en una descascarada bicicleta. Le había prometido a su mujer comprar la sidra para la Nochebuena a su regreso.

Entre esa multitud que se dio cita en el bar que hedía a vino tinto y tabaco apareció Torrilla…
En torno a él se tejían rumores. Decían que había intentado envenenar el mate cocido. Era una figura alta que se había ganado el respeto por el miedo que infundía. Se sentó y bebió su vino en silencio, luego siguieron unas cuantas copas más. De las otras mesas le llegaban las risas y dichos populares de sus compañeros. Hacían apuestas para ver quién se ganaba la canasta de Navidad que entre celofanes se exhibía en el mostrador. La bruja Pérez que siempre era el primero en despedirse para llegar con luz a su casa se acercó al mostrador a pagar sus tragos. Manos sucias y grasientas sacaron el fajo de billetes: quincena y aguinaldo y la ilusión de la sidra y el pan dulce para su doña. Torrilla vio el movimiento del bolsillo.

_Bruja, ¿ ya te vas?
_ Ando a pie se me rompió la bicicleta y tengo que pasar por el mercado.
_Pará que te arrimo en el carro- dijo con una inesperada simpatía.
Pagó y salieron ante la vista de todos.

La Nochebuena fue para aquellos asalariados quincenales un olvido del trabajo duro. Hubo mesas en el patio, faroles o sol de noche en los suburbios dignos, humearon las parrillas con el corte pistola a descontar en la próxima quincena y la sidra con el pan dulce con pasas y sin nueces.

En algunas cuadras se armaron bailes callejeros y esa noche la chimenea entró en un sueño profundo.
El bar de Arellano cerró y no hubo matanza, ni bicicletas colgadas con sus respectivos números. En la puerta de entrada, festejaba solo el guardia de turno.

Solo en una mesa hubo silencio. La bruja nunca llegó a su casa. La sidra y el pan dulce quedaron en el mercado y el desasosiego inquietó a la familia.
La voz recorrió como un dios alado llevando la noticia. Sus amigos empezaron a buscarlo cuando pasaron las fiestas.
Torrilla aseguraba haberlo dejado por la escuela Normal. Se ofreció para ayudar. Fue el que más lo buscó. Se unió a la policía. Registraron el río, la zona del Parque Unzué, el bosquecito Zabalet. La bruja Pérez no aparecía. Murmullos apenas audibles en el bar Arellano. La rutina continuaba y poco o nada quedaba del salario y aguinaldo en los bolsillos de los obreros. Don Arellano anotaba los tragos. La bruja le había quedado debiendo un saldito.” Era un buen pagador. Seguro que cuando apareciera lo primero que haría era ponerse al día”.

En bolsería, las mujeres se lamentaban ante el misterio porque quién no le tenía simpatía al pobre Bruja. Pedales y costuras rectas, arpilleras y rezos para que apareciera.
Con el correr de los días la investigación se intensificó. La policía entró al bar y todos dijeron lo que recordaban: la Bruja había salido con Torrilla. El ruso Emilio agregó que antes lo había invitado a él a subir al carro.
Torrilla, arañado de andar entre matorrales buscando “al amigo” fue llamado a declarar. “Lo dejé en la vereda de la escuela normal iba a comprar la cena para la Navidad”, repetía una vez más.

¿Dónde estaba la Bruja?
En el carro de Torrilla, atado cerca de la tranquera lateral sin proponérselo un compañero vio un trapo ensangrentado mezclado con unos cueros y porquerías que juntaba en la calle con el solo objeto de amontonarlas en el fondo.

Esa tarde comentó su hallazgo y decidieron dar parte al Comisario. El registro del carro no solo mostró un trapo donde unas grandes manos se habían limpiado la sangre sino también un machete escondido entre la paja biguá que llevaba para una escobería. Tenía otras changas, además de su trabajo.
Lo encontraron comido por las ratas, los ojos vaciados por los pájaros, los pies podridos en el arroyo y su sombrero atrapado entre las espinas de un cardo que abría sus ojos azules ante tanta injusticia. Los bolsillos dados vueltas, vacíos…

Esa noche Torrilla había abierto la sidra y el estampido había sido celebrado por toda la familia. Aplausos y carcajadas. Antes, varías horas antes, llegando a las chacras había descargado un solo golpe sobre la cabeza de la Bruja que distraído en el pescante iba con una bolsa, adentro la sidra y el pan dulce. Sonreía pensando en la linda reunión que se armaría en el alero de su casa.

Fue fácil deshacerse en el Gualeyán del cuerpo. La mesa de Torrilla tuvo más bebida que en otras Navidades pero él a las doce de la noche no brindó. La bruja Pérez miraba ya sin ojos la estrella del Dios naciente que no hizo nada para salvarlo.

“Noche de Paz, noche de amor,
todo duerme en derredor.
Entre los astros que esparcen su luz
yace la Bruja los brazos en cruz.

 

NA: Torrilla (cuyo apellido es ficcional) estuvo 20 años presos en la Penitenciaría de Gualeguaychú.

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