ANGELELLI: UN MARTIR CAMINO A LA SANTIDAD

El santoral de la iglesia católica se alimenta con muchos mártires que murieron por amor a Jesucristo y su identificación con el Evangelio. El 4 de agosto de 1976, a las 3 de la tarde, en Punta de los Llanos entre Chamical y La Rioja (ruta 38) un Grupo de Tareas persiguió y encerró el automóvil en el que viajaba el obispo Enrique Angelelli junto al sacerdote Arturo Pinto. Tras el inevitable vuelco, el prelado fue sacado del vehículo, arrastrado y su nuca molida a golpes, quedando su cuerpo tirado sobre el pavimento.

Luis María Serroels
(Especial para INFONER)

 

No fue un hecho fortuíto. En el rodado era trasladada una carpeta guardando pruebas y testimonios vinculados con el secuestro, tortura y asesinato de los curas Gabriel Longeville y Carlos de Dios Murias, por lo que la eliminación física de Angelelli no pudo ser ajena a ese episodio. Curiosamente, este material apareció días después sobre el escritorio de un alto funcionario del gobierno nacional.

Tengo miedo, pero no pienso ocultar mi mensaje debajo de la cama“, había confesado a sus feligreses apenas horas antes del atentado, en una actitud cargada de valentía y compromiso.

Este pastor no solamente debió luchar contra las injusticias de un régimen político oprobioso, sino también contra la incomprensión y el abandono de algunos de sus propios pares, que actuaron con tibieza casi funcional al encubrimiento.

El manto de silencio que el poder político y sus aliados procuraron tender sobre monseñor Angelelli, no sólo apuntó a robarle la vida sino también su muerte, al decir del obispo emérito de Viedma, Miguel Hesayne, quien lo llamó “el mártir prohibido”.

Merece recordarse que Angelelli había enviado en julio de 1976 una carta al entonces Nuncio Apostólico, Pío Laghi, informándole sobre las violaciones de los derechos humanos que sufría tanto él como sus compañeros.

Jorge Bergoglio le había entregado al Obispo de La Rioja, monseñor Marcelo Colombo, importantes informes referidos a la muerte de ambos curas de El Chamical, ocurrida el 18 de Julio de 1976.

 

 

Transcurridos 38 años, el Tribunal Oral en lo Criminal y Federal de La Rioja, integrado por los jueces José Camilo García Uriburu, Carlos Lascano y Juan Carlos Reynaga, condenó a prisión perpetua enviando a una cárcel común, al ex general Luciano Benjamín Menéndez y al ex comodoro Luis Fernando Estrella, como autores mediatos del “homicidio premeditado” del dignatario. Claro que los ejecutores directos de la muerte quedaron impunes.
La documentación que portaba Angelelli contenía importantes elementos que echaban luz sobre la tortura y asesinato de los sacerdotes Juan de Dios Murias y Gabriel Longeville, pero además, del laico Wenceslao Pedernera con datos relevantes, según consigna el abogado paranaense Miguel Bulos, en su libro Angelelli, los latidos de su corazón.

Quien se adelantó a denunciar el crimen el 29 de julio de 1983 luego de una dificultosa investigación, fue el Obispo de Neuquén, Jaime de Nevares. Pero la causa tropezó con innumerables inconvenientes hasta que el 19 de junio de 1986, el juez de Instrucción en lo Criminal y Correccional Nº1 de La Rioja, Aldo Fermín Morales, despejó todas las dudas instaladas aviesamente por el aparato militar y valiéndose de pericias y testimonios contundentes concluyó que se trató de “un homicidio fríamente premeditado y esperado por la víctima” (no de un accidente de tránsito como había instalado el régimen).

Recién en 2006 el Episcopado Nacional decidió reivindicar la figura de quien marchó hacia el martirologio consciente de su inminente y trágico final. También hizo lo suyo el juez Federal de La Rioja, Daniel Herrera Piedrabuena, ordenando las detenciones de los represores Jorge Rafael Videla y Halbano Harguindeguy (ya fallecidos). Asimismo se extraditó desde Paraguay al ex comandante de Gendarmería Eduardo Abelardo Britos, al que se relacionó no sólo con las muertes de Murias, Longeville y Pedernera, sino también del conscripto Roberto Villafañe. La labor de Herrera Piedrabuena resultó fundamental para hacer justicia con el “mártir prohibido”, perpetuado como un faro iluminador y un pastor que supo sembrar las ópimas semillas de la fe. Y que ante la sugerencia de irse del país para resguardar su vida, respondió que “el pastor no debe abandoner sus ovejas”. Apenas horas después emprendió el camino hacia la eternidad.

Días pasados el Papa Francisco firmó un decreto donde “reconoce el martirio en odio de la fe padecido por monseñor Enrique Angelelli, los padres Carlos Murias y Gabriel Longueville y el laico Wenceslao Pedernera”. Pasado medio siglo del inicio del ministerio pastoral riojano de Angelelli, se festeja su paso hacia su próxima beatificación, como también la de los demás mártires riojanos a manos de de grupos de tareas que se adueñaron de la vida y la muerte de quienes le venían en gana.

Francisco ha encomendado al obispado de La Rioja comenzar cuanto antes las tareas preparatorias y el proceso canónico que celebrará la Iglesia argentina, siendo probable que ello suceda el póximo 4 de agosto, a más de cuatro décadas de la triste pérdida.

Cuando se calla y se olvida a un mártir, se le está despojando del signo de su existencia y de su entrega generosa. Y en un país donde tanto han abundado las prohibiciones, se dio la paradoja de que un “mártir prohibido” siguiera esparciendo con mayor fuerza después de su muerte las verdades evangélicas.

Señaló sin eufemismos las miserias que deshumanizan a la sociedad y la necesidad de recuperar la dignidad personal; buscó la protección y preservación de la vida como bien supremo; denunció a los que se aprovechan de la desesperación ajena para ejercer prácticas económicas deshonestas; defendió al prójimo de todo tipo de sometimiento y explotación; atacó la venalidad en la justicia y condenó la degradación a que se somete a la mujer cuando se la convierte en un artículo comerciable.

La memoria de monseñor Enrique Angelelli alienta a apurar el paso para que los hombres se entiendan entre los hombres. Y allí siempre estará Dios como augusto mediador.

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