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Últimamente

Últimamente, empecé a tomar gusto por observar los atardeceres y el color que adquieren las nubes cuando el sol se pone entre los edificios.

Por Mateo Brignone (*)

Un rojo intenso, a veces anaranjado y con aspecto difuso, difícil de definir. No conforme con el simple hecho de observar, que aún así me despoja del vulgar mundo material, me dispuse a pintar mis propios atardeceres. Así que acudí a una librería. Conseguí todos los matices, excepto el necesario para pintar las nubes a la hora del atardecer. Recorrí todos los locales del barrio. Nada. Entré a innumerables pinturerías y sólo me ofrecían un blanco sin vida o un rojo bobo, colores vacíos en comparación a lo que yo necesitaba. Por último, visité una famosa galería de arte. Iba descartando cuadro por cuadro al notar que mi color no aparecía entre tanta pincelada a medida. Ni siquiera entre los artistas más reconocidos, ninguno pintaba con el tono que tanto deseaba. Llegué a casa cansado. Inundado de cólera, me deshice de mis dibujos y prometí nunca más pintar ni volver a contemplar los atardeceres.

Cesaron las lluvias. Decidí salir a caminar; sin un destino en mente, descansé en un banco de plaza. Fue ahí donde la conocí y no pudimos dejar de hablar. Cuando era mi turno, ella se dedicaba a escucharme con total atención y noté que no despegaba sus ojos de los míos. Al hablar ella, no escuchaba ni una palabra que su boca emitía. Sin embargo, me sentía aliviado con lo que comunicaban sus ojos azules, su pelo negro y el gesticular de sus manos. La culpa merodeaba en mi cabeza, pero nada podía hacer, era tan hermoso lo que estaba viviendo, lleno de sentimientos, lleno de color. Un beso sirvió de despedida, pero mejor aún, marcó un inicio. De regreso a casa y con una sonrisa tonta en la cara, alzo la mirada al cielo, y el asombro es tal que todo mi cuerpo quedó en suspenso, reducidos al mínimo los movimientos para contemplar: esa mujer, la de los ojos color océano, había conseguido mi color.

Claro que aquel día, el sol nunca se escondió y pude vivir abrasado por ese tono tan intenso, rodeado en un mar negro colmado de nubes.

(*) Gracias a Mateo Brignone por sumar sus colaboraciones a Infoner. Mateo tiene 20 años y estudia Ciencias Políticas en la Universidad Austral

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Capacitar, asesorar a mujeres y acompañar sus emprendimientos es clave en el largo camino de lucha contra la explotación y la esclavitud en la industria textil. Un programa que apunta a la inclusión laboral ya se implementa en el Gran Buenos Aires, tras la exitosa experiencia en el Bajo Flores porteño.

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Escribir, una forma de rezar…

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

 

En el bolso han quedado sus anteojos y la campera. Le ha dado un beso y ella le ha hecho la señal de la cruz en su frente arrugada. La puerta de Hemodinamia se cierra tras él. Adentro está solo con sus 86 años. Ha entrado con un jogging que jamás había usado y que la practicidad para radiarlo lo obligaron a vestir. ¡Él: hombre de camisa, corbata y zapatos se siente disfrazado, casi humillado!

A 300 km está su casa, su esposa anciana y sus ganas de vivir, a pesar de todo, a pesar de tanto…
Antes de ser llamado esperó pacientemente, sufriendo en sus carnes magras las incómodas tablas de una banquilla y el frío húmedo de una ventanilla abierta al sur.

La voz hizo eco en el pasillo… Era el momento. Con sus piernas entumecidas, apoyándose en su hija, vencido por el mal, fue hacia el enfermero que con una mano sostenía la puerta del quirófano.

En tanto, los infinitos pasillos que tejen un laberinto de dolor son transitados por sillas de ruedas, pacientes amputados, vendados, y el característico sonido de las cuatro ruedas de las camillas que anuncian la salida de algún intervenido.

Afuera, parientes y acompañantes, intentan ignorar el tiempo, hacer como si no pasara. Pero es inevitable. Miran constantemente el reloj; otros comentan sobre la lluvia que no ha cesado de caer con persistencia, casi con compasión. Nadie se conoce, pero las miradas se encuentran y entienden que todos están alertas, tensos. Las cuentas de un rosario van pasando por una mano. Las agujas del tiempo esférico giran también, los celulares nos envuelven en sus sonidos, todos distintos, todos desacompasados.

Junto al doliente, enfermo o paciente o “padeciente”- si nos ajustamos a su raíz latina- está el equipo médico. Aquellos que alguna vez eligieron salvar, curar, aliviar, que es una forma de amar.

Un triángulo de tensión se forma entre el afuera y el adentro: en el exterior,casi pegados a la puerta: los que esperan, ignoran y rezan; en el interior: dos vidas, una entregada a la otra. El dolor, la ciencia, Dios triangulan también.

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