Barcelona, la llena y la de todos… con tanto miedo

Me enamoró. De cabo a rabo. No tengo otra forma de decirlo. Sedujo mis ojos con su explosión de gaudíes y mirós, y grabó mis manos con las piedras góticas de sus muros; secuestró mi imaginación con su olor a sal marina y me susurró al oído “algún día volverás”. Barcelona, la de todos los colores, los negros, los aceitunados, los nórdicos pálidos y los latinos té con leche como yo.

Por Verónica Toller

Cuesta imaginarla ahora. Cuando la conocí, el enorme campanario de la Catedral tocaba a vuelo un mediodía. Dicen los viejos que hay un código en la forma de tocar las campanas: doblan cuando llaman a duelo (golpes secos, que permanecen); repican a vuelo haciendo fiesta (se tira fuerte de la cuerda que baja del campanario y suenan golpes cortos, muchos). También eran las campanas el llamado de alerta ante el peligro: golpeaban su aldabón, ¡vamos!, a volver del campo, a concentrarse en la plaza, todos atentos, todos uno.

No hubo campanas esta vez. Una camioneta enloquecida de odio los sorprendió y se colgó encima esta historia de muerte y heridas, enorme, agitada, furiosa. Atentado en la rambla de Barcelona. Qué lejos de mi amada. Hoy, hay doblar de campanas. Llaman a duelo. Y también se agitan, alertan: hay peligro. Hay terrorismo, el mayor problema global que enfrenta en común la humanidad hoy.

Pero no quiero hablar de cuerpos destrozados. No estuve allí. Ni hacer el recuento de víctimas: “no preguntes nunca por quién doblan las campanas,/están doblando por ti”, decía John Donne. No. Quiero hablar de ella, la ciudad donde, a pesar de todo, a pesar del ataque y del llanto, los seres humanos pueden prescindir hasta de las palabras y estar juntos. Convivir, aunque no entiendan las voces del otro. Comprender. La comprensión va más allá. Hay idiomas para el encuentro. Todos saben que, todos, estamos muy solos, si no.
A esa Barcelona quiero honrar.

A Barcelona la múltiple

Nudo de razas en la puerta de Europa, confluyen en ella gentes de nacionalidades inverosímiles, mal que le pese al extremismo. Allá van: conviven la típica tasca española (con sus jamones serranos colgando del techo, sus toneles de cerveza, cazuelas de barro y botellones de vino salpicando las largas mesas monacales donde en silla a silla, lado a lado, comparten los desconocidos) junto a las tiendas marroquíes (a todo árabe le llaman marroquí) o los locutorios y ciber atendidos por paquistaníes (que preparan sus comidas con arroz y condimentos en el mostrador del local, y viene la familia completa a comer allí, hablan en su idioma, escuchan su música, hacen sus señas). Chinos y coreanos sirven en restaurantes. Portugueses, británicos, teutones se cruzan en la calle. Eso, sin olvidar que los españoles… ¡hablan catalán!, y hasta a los nacidos castellanos nos cuesta entenderlos.

En la Calle de los Templarios o de Hércules o de Ferrante se puede encontrar un bar idish, un comedor “gaucho”, asado y “pizzas para llevar”, una “juguería” mexicana, un comedor con caipirinhas pegado a una marisquería española y a japoneses puro sushi y rollitos de palta. En cualquier calleja, africanos venden carteras y chalinas; musulmanas pasan con sus bebés y su cabeza cubierta; un joven ingeniero alemán conduce el carrito-taxi-bici y, en el bar, limpia las mesas un argentino de Pigüé.

Barcelona multicultural. Mágica. Donde nadie habla el mismo idioma pero todos se entienden.

Al lenguaje de la paz

Misa en catalán en la Catedral. El catalá es un idió que corta tó por la mitá, recuerdo que pensé. Porque sus voces parecen recortadas (plá de palau: plaza del palacio) con restos latinos (restituit y Dios e bon). Sin embargo, se entiende el idioma de la paz: apretón de manos bajo la bóveda del templo, o abrazo, o dos besos. Idioma del encuentro. A pocas cuadras, en la iglesia de Santa María del Mar, el cura -que antes fue médico- lleva en un bolsillo tarjetitas con las oraciones en distintos idiomas y le recita el perdón a cada uno en alemán, español, italiano, francés, inglés… Menos esperanto, todo vale. Porque aunque no captara lo que sus pecadores le decían, sí sabía algo: necesitaban reconciliación. Uno encuentro profundo se había hecho posible.

A la belleza que habla

Tal vez, el idioma que mejor entiende todo el que llega a esta ciudad es el de la belleza. Callejas estrechas, muy estrechas, antiguas, medievales en el barrio gótico; construcciones del siglo IV, XI, XVI… Un murallón romano. Todo es imperdible.
Sobre todo, imperdible la belleza de Gaudí, el arquitecto afectado en el alma de gigantismo incurable, que trabajó en su Sagrada Familia por 40 años. Y murió a los 80 y pico atropellado por un vehículo cuando se dirigía allí precisamente, por lo que quedó inconclusa. “Ahora, hay ordenadores, los cálculos se sacan con máquinas, es más fácil. Pero él, calculaba todo en papel y lápiz, en su cabeza… ¡Para esas dimensiones! ¿Se imaginan nada más en materia de cimientos lo que habrá tenido que poner?”, explica orgulloso un taxista. Esos vitreaux…, los ojos de luz al final de cada columna, los caracoles que fingen ser escaleras –porque no me digan: son caracoles, es el mar que se agita adentro del monumento-; la profusión inigualable de estatuas en las fachadas, las claves numéricas escritas en paredes… todo, todo, salido de la sola cabeza de este hombre que vivió gran parte de su existencia dedicado a construir para Dios.
Por algo llaman a Barcelona la “ciudad Gaudí”. Con su casa Batlló, su Pedrera, la Casa Milá que imita las olas del Mediterráneo custodiadas desde el techo por sus guerreros medievales.
Este lenguaje de la admiración por la belleza hace también que lleguen miles por día hasta el Arco de Triunfo (1889; reminiscencias romanas, moriscas y renacentistas mezcladas en su material rojo con toques de colores y símil almenas).
Y hay una sensación de calidez compartida en los paseos y placitas con sombrillas cuadradas en medio de la nada, sobre las veredas, tan París, tan cafés-Renoir.


A esa muchacha tocando el címbalo

Los músicos pueblan de sones el barrio gótico de Barcelona. Hablan un idioma que quien pasa, lo entiende.
Hay un pasadizo cercano al Patio del Rey. Entre la gente que anda, dos mujeres tocan el címbalo, con su chata caja de resonancia y las incontables cuerdas que se golpean con un toc-toc y retumban notas que quedan vibrando. Más allá, en el portal del palacio de los condes, un flautista vestido de negro, muy alto, sopla y su traversa suena como Bolling en el portal del palacio de los condes. Junto al musgoso muro trasero de la Catedral, un joven toca el hang, especie de metálico caparazón de tortuga con hendiduras. Una pareja interpreta “Malena” con guitarra y acordeón. Y otro músico suelto rasguea su guitarra: reconozco enseguida, es una zamba. Alguien, en alguna esquina, hace sonar “El cóndor pasa”, y una mujer mayor canta con voz soprano un aria triste de ópera, tan triste como su figura solitaria sentada en una silla a la sombra de un antiguo monasterio.

Al lenguaje de la calle

Hay un lenguaje que sí es común a todos. El regateo. “Para usté, un regalo, mire, un regalo; mire el precio, a 35, pero sale, sale, lo dejo a 30, a 20… Cuánto quiere pagar…, ¿15? 15, pues. 10. Mire que se lo rebajo musho, musho… Lleve, lleve”, dice el paquistaní que muestra abanicos pintados a mano. En la tienda de junto, un serio y callado indio vende el mismo abanico a 4 pesos. Y en Madrid, a 3.
Pero no sólo hay ventas. También está la picardía. Como la de ese catalán que se queja y pide ayuda con palabras incomprensibles, pero guiña el ojo y larga un “chuic-chuic” a la rubia que acaba de pasar mientras le grita “¡guapa!” en buen español.

Al idioma del pasado

Ruinas romanas. Columnas jónicas. Muralla fortificada. Salones de los señores condes de Barcelona y reyes de Aragón y Catalunya. De todo hay y se goza. Colón fue recibido en Barcelona por Fernando e Isabel, los Reyes Católicos, en el salón del Tinell, un lugar que por mucho tiempo se creyó que no existía y había sido destruido.
Pero está. Amplio y vacío. Y pegado al salón, la pequeña iglesia de Santa Ágata, particular de los condes de Barcelona, construida a principios del siglo XIV. Allí fueron bautizados los primeros 6 nativos del nuevo continente que Colón trajo a Europa. La policromía y dorados del impresionante retablo de 6 metros de altura cautiva con sus escenas de santos y de reinas (como correspondía a una capilla real). El techo abovedado muestra incontables franjas en madera policroma azul, verde inglés, bordó, maíz, negro, dorado, con estrellas de 8 picos y guardas moriscas. Y luego, el Patio del Rey, al ladito, famoso, el de los conciertos de verano, las exposiciones, el murmullo interminable de la gente encontrándose.

A la grandiosidad del mar

A todos une, además, la grandiosidad del mar. El Mediterráneo.
Por la noche, ese Mediterráneo trae hasta la playa su rumor de olas golpeando suaves y rítmicas contra la arena. La cadencia interminable del agua que llega sin prisa y rompe sobre la pendiente apenas insinuada; “… el mar, el mar y no pensar en nada”, diría Manuel Machado.
Esta vez, el mar fue testigo. La rambla de Barcelona conoció su cara, escuchó los gritos, recibió los cuerpos, contuvo a los heridos, se dejó pisotear por las corridas desesperadas de madres, niños, jóvenes, hombres, abuelos, policías. El horror del odio.
Y ocurrió lo que cantaba el Nano. O tal vez era Tarrés. Para 14, al menos, ocurrió. Aunque no fue una fiesta: “a mí enterradme sin duelo / entre la playa y el cielo. / Cerca del mar, porque yo / nací en el Mediterráneo”.

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