¡Bienvenidos al Teatro Gualeguaychú!

Una crónica de Eugenio Jacquemain, trabajador municipal, para La ReVista.

 

Era el mediodía del domingo, cita obligada de las pastas en familia. Un compromiso, que para nuestra corta edad, era ineludible. En nuestra ciudad, allá por los setenta, había dos cines, el Palma y el Gualeguaychú. El primero, el más pequeño, estaba casi descartado de antemano, esos quince minutos que excedían las trece para el comienzo de la matineé, eran totalmente insuficientes para poder terminar los últimos ravioles y el postre de la abuela Sara.

Intentamos mil y una tácticas: simular descomposturas, apurar el tendido de la mesa, poner al máximo las hornallas para acelerar el cocimiento de las pastas, pero una y otra fallaban cada fin de semana. Llegamos a pensar que quienes concurrían al Palma, o no comían lo suficiente, o sacrificaban su almuerzo familiar en pos de poder ver una película. Para nosotros -purretones de aquella época-, solo nos quedaba como salida dominguera el viejo edificio del Cine Teatro Gualeguaychú que comenzaba unos minutos mas tarde, los necesarios para hacer una rápida digestión “pastera dominguera” y hacer la cola para sacar entradas previa compra de la bolsa de pochoclos, ineludible en aquella época. Aún hoy, muchos de los viejos amigos de aquel entonces, nos preguntamos qué milagro de atracción tenían las tutucas o pochoclo que, pese a su forma totalmente irregular y su sabor insípido, nos atraían al kiosco a tal punto de sacrificar los avances iníciales con tal de entrar en su compañía.

La cola se formaba a lo largo de la Urquiza, si llegábamos y nos lográbamos ubicar a la altura de la antigua sandwicheria de Vargas, podíamos darnos por conformes, la cronometrización de los diferentes almuerzos familiares de cada uno de nosotros había sido perfecta y la aventura dominguera comenzaba.

Al llegar a la puerta, una vez que la cola comenzaba a moverse, no podíamos evitar elevar la vista, ese inmenso edificio, con un frente plagado de formas y arte nos llamaba la atención, nuestra corta altura nos convertía frente a él, en pequeños Gullivers, rememorando los viejos cuentos infantiles que solíamos leer o escuchar de nuestros padres o abuelos.

En la niñez o adolescencia, la historia nos pasa por el costado muchas veces. Desde aquellas siestas domingueras al día de hoy, mucho ha cambiado, el Cine Teatro Gualeguaychú sufrió los vaivenes económicos y decisiones empresariales de muchas épocas, su mantenimiento era escaso, solo lo necesario, pasaba en ocasiones incluso sin funcionar. La decisión de la estatización definitiva y todo el proceso de restauración no fueron fáciles. Había que respetar lo arquitectónico, era un Monumento Histórico, y ello además de tiempo, llevaba mucha inversión.
La decisión estaba tomada e íbamos a tener Teatro, los viejos fantasmas de los primeros artistas, volverían a recorrer su escenario recitando una y otra vez sus monólogos o diálogos, sus históricos camarines, volverían a albergar esos magos de la actuación que habían divertido o hecho llorar a nuestros antecesores, y en toda esa magia de la restauración, también intervinieron compañeros de nuestra municipalidad, algunos diseñaron, otros propusieron y otros pusieron su esfuerzo. Son hoy también, trabajadores municipales, quienes llevan adelante la difícil tarea de coordinar las murgas, talleres de danzas, obras teatrales o recitales que llenan su otrora sala vacía y descuidada. Son ellos quienes prolijamente y porque sienten pasión en su labor, quienes celosamente cuidan que el Teatro no decaiga nuevamente, son hoy trabajadores municipales, los celosos guardianes de nuestro Teatro recuperado.

 

 

El día era caluroso, sin embargo el Teatro nos abrió las puertas de su sala para charlar con nosotros. Tenía mucho para contarnos, y lo hizo por medio de su administradora Claudia y el resto de los compañeros que trabajan allí, Alejandra, Magdalena, Miguel y Néstor que hoy cumple funciones en el Centro de Convenciones.

“Para estar acá tenes que cumplir ciertos requisitos, en principio los horarios son a contramano del resto de la gente, mientras otros descansan, pasean o ven un espectáculo, a nosotros nos toca trabajar”. Nos cuenta Claudia que toma la posta en la charla, agregando que están en el Teatro desde el principio, que se reinauguró un 9 de abril allá por el 2011 y que si bien ese día ellos no estaban como empleados allí, se incorporaron rápidamente y nunca más quisieron irse. Nuestra compañera nos cuenta que Miguel y Néstor, trabajaron en la restauración del Teatro contratados por la empresa que estuvo a cargo, eso hace que el mantenimiento se facilita, al estar estos dos compañeros al tanto de cómo se hizo cada cosa, tratándose de que no decaiga nada, de reparar en la medida de las posibilidades en el momento cualquier problema.

Alejandra y Magdalena nos cuentan que no fue fácil el hacer cumplir al público los cuidados que nuestro Monumento Histórico Nacional necesita, pero que de las caras feas del principio de aquellos que eran observados por el personal, hasta el dia de hoy, se ha logrado mucho. “Se trabaja mucho con escuelas, desde chicos van aprendiendo no solo como comportarse con el Teatro o dentro suyo, sino el porqué deben hacerlo, eso ha servido un montón y ya los chicos cuando vienen no precisan se lo repitamos, incluso muchos de ellos se lo enseñan a sus padres” expresaba Alejandra, y cuando lo decía sus ojos adquirían un brillo especial, típico de aquel que ama lo que hace y trata de transmitirlo, quizás a ello también se refería Claudia cuando nos comentaba sobre la pasión que sienten los empleados del Teatro.

Nuestras compañeras relataban una y otra vez como tanto público como quienes solicitan el Teatro para expresar su arte, han ido madurando en el cuidado del mismo, insistiendo una y otra vez con la importancia que le daban a las visitas escolares, ya que los chicos, mas allá que se vayan formando en el cuidado y respeto de los edificios públicos, son excelentes transmisores de lo que aprenden e internalizan, “Creemos que ya todas las escuelas, desde que se reinauguró el Teatro, han pasado por acá” nos contaban.

Estábamos dialogando dentro de la sala con nuestros compañeros, completamente iluminada, sentados cómodamente en sus hermosos sillones aterciopelados, dentro del recinto el clima estaba fresco, fuera de el, los días de una semana calurosa mostraban sus dientes. El lugar y la charla eran agradables, cuando de pronto el clima cambió con algunas anécdotas, los famosos “fantasmas” de los viejos edificios también decían presente. Alejandra y Magdalena comenzaron a relatarnos algunas historias, no es descabellado decir que dichos cuentos plagados de inquietantes descripciones y con el tono de voz adecuado, comenzaron a producir en nuestra piel una rara sensación de escalofrío. El viejo pero restaurado Teatro Gualeguaychú, pese a su hermosa sala iluminada a pleno, comenzaba a inquietarnos. Historias de personajes que ingresaban a pleno día y nunca salían del Teatro, otros que salían y que nunca se había registrado su ingreso, ruido de silla o viejos escenarios completarían varias notas de La ReVista.

Preferimos seguir conversando de otros temas, de la pasión que le ponen los empleados del Teatro a su labor, del amor por lo que hacen, el mismo que hemos visto reflejado a lo largo de las notas en diferentes áreas municipales, esa era la idea original de esta nota, y que, a este cronista y al fotógrafo que lo acompaña, les vino bien para poner un giro en la charla, la piel ya se estaba poniendo demasiado tensa, mirábamos con curiosidad hacia los costados y hacia arriba mientras escuchábamos los relatos de esas presencias, comenzábamos a ponernos nerviosos aunque jamás lo íbamos a admitir frente a las sonrisas de Claudia, Alejandra y Magdalena, quienes una vez más nos decían “para trabajar en el Teatro tenes que ser muy especial, te tiene que gustar y mucho, tenes que amar esto”; y asentimos, como en cada charla que hemos tenido a lo largo de las ediciones de La ReVista con nuestros compañeros, donde veíamos esa pasión y ese gusto por el trabajo que nos toca en la Municipalidad, con nuestros errores y aciertos, con sus alegrías y tristezas, con sus momentos buenos y malos, pero nuestro.

Nos despedimos del Teatro y de su gente, el sol en la calle nos mostraba lo más cruel del verano, nosotros volvíamos a la casa municipal repleta de gente, y nuestros compañeros quedaban solos en el Teatro, aunque habíamos aprendido en estos minutos de charla que tenían la compañía de las historias del teatro y de sus visitantes, y quien sabe, para aquellos que prefieren creer un poco más, quizás la compañía también de otros “habitantes” de la vieja sala.

 

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