Bombitas de agua y desilusión

Había comprado bombitas en el almacén de don Anacleto. Un puñado de gomas que prometían ser grandes huevos llenos de agua y que con suerte no se reventarían en el grifo dejando su fugaz paso por la vida un anillo de color en el cuello de la canilla. Con dedicación las inflé. Una nidada de agua que explotarían contra el cuerpo de los niños de la cuadra.

─Cuando te levantes de la siesta, ─prometió mi madre

Esperé desde las dos de la tarde a las cuatro a que mis padres se levantaran. Pegada al zaguán escuchaba la algarabía y los pies corriendo por la vereda. Fue la siesta más larga de mi vida. A veces intuía el ruido de un baldazo cayendo sobre la calle de tierra. Ignoraba si el portador del balde o tarro de durazno había dado en el blanco. Al pomo que había que presionar para que expulsara un débil y corto chorrito de lástima lo había desestimado. Era una herramienta que no me salvaría en la batalla campal.

Creo que me dormité junto a la puerta. Me sobresaltó mi madre que se había levantado.

 

─Ahora sí, podes salir

─Con una alegría inmensa fui hasta el patio a buscar mis bombitas. Tuve la precaución de no mojar el piso encerado.

─El sol del verano me golpeó la cara. No había nadie. La fiesta barrial de niños sin siesta había terminado. Corrí hasta el final de la cuadra para ver si mis amigas aún estaban  en tregua para recomenzar.

─Se acabó. Ya terminamos de jugar ─me dijo Mónica, y adiviné un dejo de lástima por la niña que esperó en vano a que pasara la siesta.

─Regresé con las lágrimas agolpadas.

─ ¿Y? ─preguntó mamá.

 

No le contesté y creo que en ese momento la odié. Luego entré el balde que había quedado en la puerta y me reventé sobre la cabeza todas las bombitas. Como flores mustias se me quedaron las gomas de colores. El agua que chorreaba por mi cara disimuló las lágrimas.

Nunca supe lo que fue correr detrás de una presa o esconderme en un umbral o detrás de un tapial. Mucho menos rearmar una hueste de mujeres y darnos valor para enfrentar a los varones de puntería certera y que además inflaban pequeñas a las bombitas para provocar dolor.

Nunca experimenté perder una ojota o resbalarme en el juego purificador de un carnaval en una siesta de barrio.

Cuando mis hijos tuvieron edad hacía mucho que el barrio había entrado en el letargo de la siesta común. Entonces en el patio tuvimos nuestro juego privado de carnaval.

Ya no compré bombitas sueltas sino por bolsas. Caí en la cerámica colonial y pisé la gramínea cortada a máquina. Pude sola enfrentar dos varoncitos que me corrían por el gran patio.

Hoy solo me queda el recuerdo y el alivio de que tarde pero con espíritu de niña reivindiqué aquella siesta que esperé detrás del zaguán con unas bombitas que nunca dieron en el blanco.

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