Bruno Tommasi, el gualeguaychuense que se animó a cumplir el sueño de vivir viajando

Nació en Gualeguaychú, tiene 31 años, estudió Comunicación Social en La Plata y como periodista, no solo escribió en grandes medios sino que ganó un premio que le permitió trabajar en la sede de ONU en Suiza. Pero un día se cansó de todo y quiso cambiar su vida: sacó el pasaporte y empezó a viajar. Desde Manly, New South Wales, Australia, conversó con Infoner.

 

Por Sabina Melchiori

 

 

¿Cuánto tiempo llevás viviendo en Australia, en qué ciudad? ¿Por qué?

 

En realidad empecé a viajar como mochilero hace exactamente tres años, en Nueva Zelanda, que son vecinos. Puntualmente a Australia llegué hace un año y medio, siempre en el marco de visas llamadas Working Holiday, que te habilitan para trabajar y recorrer el país por un tiempo determinado. La dinámica es aprovechar para conocer ciudades a medida que te vas moviendo para trabajar. Claro, si uno mira sólo las redes sociales, pareciera que los mochileros viven tirados en la playa, pero en realidad implica otra relación con el trabajo, con etapas de esfuerzos grandes y después vacaciones un poco exóticas jaja.

Hace unos meses volví a vivir a un pueblo llamado Noosa, que queda en la provincia de Queensland, en la costa oriental del país. Es un lugar bien turístico por la belleza natural y la oferta gastronómica. En unos días me mudo de nuevo a Sydney, donde hay mejores oportunidades de trabajo. Si bien el continente es gigante, la mayoría son lugares muy inhóspitos, por lo que la gran mayoría de la población vive en grandes ciudades alrededor de la costa. Obviamente que acá las playas y la fauna salvaje son imponentes. En Noosa, por ejemplo, está el parque nacional, al que se accede caminando desde la calle principal y donde no es nada raro ver koalas en los árboles, delfines, ballenas, tortugas marinas. El color del agua tanto en el mar como en el río es cristalino, así que podés ver los peces alrededor tuyo cuando te metés a bañar.

Otro detalle no mejor: es prácticamente verano todo el año, con una gran mayoría de días despejados ideales para ir a la playa.

 

 

¿De qué has trabajado desde que llegaste?

 

Estos países anglosajones alientan la llegada de mochileros por una razón económica: necesitan mano de obra para la gran cantidad de trabajos duros de temporada que no les resulta atractivo a los locales. No es negocio para un neozelandés viajar a una ciudad para jugar kiwis durante tres meses, pero sí es divertido y redituable para un montón de jóvenes de todos lados del mundo que se lo toman como una especie de experiencia pasajera. Acá los sueldos, inclusive de los trabajos menos deseados, son muy buenos.

Entonces, uno agacha la cabeza y trabaja duro por un tiempo, pero después tiene plata suficiente para estar meses de vacaciones en lugares paradisíacos, fuera de toda rutina.

Desde que llegué he hecho de todo. Acá la clave es saber adaptarse rápido y no tenerle miedo a nada. Porque cuando comencé a viajar tenía un casi nulo inglés y lo tuve que aprender a la misma vez que descubría como desarrollarme en cada tarea. Que me acuerde rápido, entre Nueva Zelanda y Australia ordeñé vacas, lavé platos, trabajé en madereras, empaquetando y recolectando kiwis, arándanos, paltas, cerezas. También aprendí a usar un montacargas, manejar camiones, tractores y maquinaria pesada para fabricar cajas de cartón o envasar pastillas para la industria farmacéutica. He hecho figuras con globos al lado de Papá Noel en un shopping, de contador en una inmobiliaria y de repositor en un depósito de implantes mamarios. De mozo, de ayudante en una granja, de chofer y finalmente de barista.

 

 

¿Es difícil hacer arte en un café? ¿Hay modelos predeterminados de diseño, has explorado hacer algunos propios?

 

Básicamente, un barista es un especialista en café. Bastante más que un simple “cafetero”. Es toda una profesión respetada, especialmente en Australia, donde se consume en grandes cantidades y un nivel súper profesional. Este era un dato que tenía antes de empezar a viajar, por lo que hice un curso en Argentina, que a decir verdad, fue muy muy malo jaja… El otro detalle es que para desarrollarte como barista necesitás un nivel de inglés ya un poco más avanzado. Estás constantemente haciendo de a 4 o 5 cafés a la vez, por lo que obviamente tenés que comunicarte de manera efectiva con tus compañeros, en un ambiente medio caótico.

Acá el café es como para nosotros el asado. Y lo hacen igual de rico.

Absolutamente nada que ver a lo que uno puede consumir en Argentina. Más allá de las figuras que uno puede realizar con la téctica del “latteart”, que obviamente es lo primero que llama la atención, el desafío está en el gusto y en hacer grandes cantidades sin morir de estrés en el camino, jaja. De acá me llevo esta profesión, que te abre las puertas en muchos lugares del mundo. Creo que en Argentina cuando se empiece a conocer un poco más va a ganar muchos adeptos. Pero claro, ¡nunca va a destronar al mate!

 

Un Latte hecho por Bruno. A diferencia del Flat White, es decir, un café con leche con poca espuma, este tiene que tener espuma hasta donde está la marca del vaso

 

¿Cómo es tu día típico allá?

 

Como te decía, acá la adaptación es todo. Es un constante cambio de rutinas, por lo que claramente no hay un día al que le podamos llamar “típico”. Por ejemplo, en estos meses me he acostumbrado a despertarme temprano, tipo 6 de la mañana, ir a trabajar de barista y por la tarde ir al mar, juntarme con mis amigos o remar. En Gualeguaychú solía hacer canotaje en el club Pescadores, por lo que me saqué las ganas y me compré un kayak de competición acá y salgo a entrenar de vez en cuando en el río de la ciudad, que es de un azul imponente.

Pero claro, en el último mes he cambiado como tres veces de café y la semana que viene me voy a Sydney, por lo que todo eso cambia. Los amigos, el trabajo, la casa, todo es temporal. Ahí radica un poco la gracia: vivir el día a día intensamente. No saber qué vas a hacer la semana que viene puede ser muy estimulante si vivís en lugares como estos donde sabés que la parte económica no es una limitación. Además, si hay algo que no te gusta, simplemente lo cambiás y empezás de nuevo. A nivel social, obviamente te vas conectado con otros mochileros con los que de tanto en tanto coincidís en distintos destinos.

En el momento que estás junto en algún lugar, esa es tu familia.

 

También sos periodista ¿Ejercés de alguna manera?

 

Estudié Comunicación Social en la UNLP y desde chico arranqué trabajando en Radio Máxima por dos veranos, después ya formalmente en los diarios Hoy y El Día, de La Plata, gané un premio periodístico que me permitió trabajar un tiempo en la sede de la ONU en Suiza y después fui editor nocturno en Infobae por un par de años.

Me fue muy bien, pero en un momento dado me agotó y ahí fue donde decidí cortar por lo sano y cambiar completamente mi vida. Viajar era algo que siempre anhelé.

Además me especializo en la parte internacional, por lo que aprender inglés era prioritario. Justamente la barrera idiomática ha hecho que no intente conseguir algo de lo mío acá. También es porque creo que lo interesante de la experiencia es moverte en los círculos de mochileros, que implica otro tipo de trabajos totalmente distintos. De igual manera, el año que viene tengo pensado mudarme a España y retomar un poco la carrera. Hace unos meses atrás comencé a escribir un libro digital sobre el viaje, enfocado en ayudar a aquellas personas que lo están pensando pero necesitan información fidedigna, no sólo la que está a mano en los blogs de viaje, que suelen endulzar todo con tal de venderte algún productor relacionado.

 

 

La típica: ¿qué y a quiénes extrañás?

 

La comida, ¡obvio! Los lugares serán paradisíacos, los sueldos muy solventes y los amigos que te hacés en el camino son para toda la vida. Pero la comida es una mierda jaja… Hablando en serio, obviamente que a la familia, a mis amigos, el fútbol y el morfi. Extraño tener mi propio lugar para vivir (acá siempre alquilás la habitación de una casa o la cama en un hostel) y el idioma… Pero cada vez estoy más convencido de que estamos preparados para adaptarnos a lo que sea, lo bueno y lo malo. Obvio que uno no se olvida de nada, pero de a poco se hacen menos duras ciertas ausencias, te vas acostumbrando. De igual manera, creo que no es lo mismo inmigrar a un lugar que estar de paso. ¡Es todo tan intenso acá que no te da tiempo para ponerte nostálgico!

 

Por último, una duda: ¿cómo es posible que estés seco en la foto del árbol de Wanaka?

Ese es un misterio que no voy a revelar, jajaja.

 

Bruno en Sidney

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