Campañas sucias, nada nuevo bajo el sol

Los argentinos nos encontraremos con las urnas por vez definitiva dentro de un mes. Apelar a lo institucional de que habrá seis boletas en el cuarto oscuro sería ser poco realista. La competencia (si es que la hay) será entre el presidente incumbente (o saliente, la que quede mejor) Mauricio Macri y el justicialista Alberto Fernández. Dejando de lado lo que ya sabemos todos, hablaremos hoy sobre la campaña sucia.

Por Felipe Galli, estudiante de Ciencia Política


Todos hemos escuchado el discurso del oficialismo sobre cómo la victoria del PJ hundirá al país y nos convertirá en una copia de la Venezuela de Nicolás Maduro, tanto económica como institucionalmente. También sabemos lo que dicen figuras de la oposición, retratando a Macri como lo más cercano a la dictadura de los ’70 y un traidor a la Patria. Lo cierto es que, aunque ambas afirmaciones tienen un relativo sustento, muchos de los cruces forman parte de lo que podemos denominar la “campaña sucia”.

Muchos critican esto como algo nocivo para la democracia y no faltan otros que acusen de la misma a la famosa “grieta” entre Macri y Cristina. Sin embargo, la polarización actual no es la peor que hemos tenido, y Cristina y Macri no inventaron ni los discursos de odio y miedo, ni las campañas sucias. Son tan antiguas como la democracia misma.

Procederé a poner como ejemplo la primera campaña electoral polarizada de la historia mundial. Jamás investigué política estadounidense, pero hace unos días me interesé y decidí leer un poco sobre los primeros comicios después de la independencia de la superpotencia del norte.

Después de independizarse, los actores políticos en Estados Unidos se dividieron en dos bandos. Unos eran los Federalistas, con John Adams como uno de sus principales referentes; y los otros eran los Antifederalistas (que después en campaña se cambiaron el nombre a Demócratas-Republicanos, tal vez en una suerte de esfuerzo propositivo), liderados por Thomas Jefferson.

Los Federalistas, como su nombre lo indica, abogaban por la autonomía estatal y por tener buenas relaciones con la antigua potencia colonial, Gran Bretaña. Los Demócratas-Republicanos, por otro lado, eran fuertemente nacionalistas, rechazando la cercanía con los ingleses y defendían un gobierno federal fuerte, considerándose partidarios del proceso revolucionario que por entonces tenía lugar en Francia (1789).

El primer presidente estadounidense, George Washington, no estaba afiliado a ningún partido, y gracias a eso evitó una guerra civil, dando la mitad de su gabinete a cada uno y logrando un consenso en torno a su figura, garantizando una unidad nacional que ninguno de los experimentos posteriores del continente lograría. Sin embargo, la popularidad de Washington no evitó que apareciera la campaña sucia.

Washington había ganado dos elecciones sin oposición (1788 y 1792) y decidió no presentarse para un tercer mandato. Esa decisión provocó dos cosas que repercutirían en la política mundial. Primero, creó la noción de un “límite de mandatos” (a día de hoy, en todo estado republicano se considera extraño que el jefe de estado gobierne por más de dos períodos). Segundo, desató una feroz lucha partidaria por la sucesión.

En las elecciones de octubre de 1796, hace ya casi doscientos veintitrés años, se disputó la primera elección remotamente competitiva de Estados Unidos y, probablemente, de la historia mundial. Adams, el vice de Washington, fue candidato de los federalistas, y Jefferson de los demócratas-republicanos. Adams ganó la presidencia con el 53.45% de los votos y 71 electores (sistema de Colegio Electoral) contra el 46.55% y 68 electores de Jefferson. Cuatro años más tarde, desgastado por su escasa popularidad y el desgaste de los federalistas tras la muerte de Washington, Adams perdió la reelección ante Jefferson por un margen de 61 a 39%.

Las dos campañas, de 1796 y 1800, destacaron por la cantidad de insultos, agravios y difamación entre ambas partes. En 1796, los demócratas-republicanos acusaron a Adams de ser monarquista y oligárquico, y de apoyar a Inglaterra en su guerra contra la Francia revolucionaria. Los federalistas, por su parte, afirmaban que Jefferson era ateo y que era un radical demente que convertiría a Estados Unidos en Francia, por entonces un país convulsionado y en ruinas, inaugurando la estrategia de: “Si gana (inserte nombre del candidato indeseable) acabaremos como (inserte estado fallido más cercano)”.

Para 1800, los demócratas-republicanos afirmaron que Adams era poco menos que un dictador que reprimía a los inmigrantes (entonces había una ley que les prohibía acceder a la ciudadanía). Los federalistas distribuyeron por todo el país una supuesta carta del embajador de Francia apoyando a Jefferson.



Los demócratas-republicanos contraatacarían a esto más tarde, distribuyendo una carta de cincuenta y cuatro páginas en la que el líder y jefe de campaña del Partido Federalista, Alexander Hamilton, criticaba severamente la administración de Adams, provocando un quiebre interno justo antes de las elecciones (las escuchas del Siglo XIX). Aaron Burr, demócrata-republicano y compañero de fórmula de Jefferson, fue el artífice de esa jugada, y se le considera el arquitecto de la campaña electoral moderna.

Finalmente se impuso Jefferson, primero con el 61% de los votos y luego con el 72% en 1804, y ahora aparece en el billete de dos dólares. Adams, hasta la actualidad, no es recordado prácticamente por nadie. Tras su fracaso como jefe de campaña, Hamilton continuó compitiendo con Burr en cuestiones políticas, hasta que la cosa pasó a mayores y, luego de que una campaña sucia terminara en un reto a duelo, el flamante vicepresidente lo asesinó de un tiro en 1804, incidente que le costaría la reelección, gajes de combinar una democracia moderna con una época antigua.

En definitiva, los argentinos debemos dejar de creernos el centro del universo, al menos en lo que respecta a “La Grieta” y la “campaña sucia”. No la inventaron ni Cambiemos ni el PJ. Hace más de doscientos veinte años ya existían grietas y campañas sucias.

Si queremos que nuestras contiendas electorales sean intercambios de modelos serios y respetuosos, debemos empezar a dejar de echarnos la culpa, y empezar a proponer ideas concretas para sacar nuestro país adelante. Porque por encima de todos los eslóganes, después de estudiar esas campañas sucias antiguas y actuales, podemos estar seguros de que al país definitivamente NO se lo saca adelante difamando.

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