CANTO XXV. Un guiño para un lector atrevido

Suele decirse que lo clásico no pasa de moda. Quizá es una definición simplista, pero sirve. Muchísimas personas no han leído la Ilíada; sin embargo, han visto la película Troya. Y, si bien no se ajusta totalmente al poema, la interpretación de Brad Pitt entusiasmó no solo a las fanáticas del actor, sino también a muchos escépticos de los filmes épicos.

Marta nos presenta el canto XXV de un antiguo poema clásico. Recrea uno de los héroes más humanos de aquella legendaria guerra entre griegos y troyanos. Con los indicios que ofrece, podremos descubrirlo.

Liliana Broggi Spiazzi, escritora y Prof. De Castellano, Literatura y Latín.

 

Por Marta Ledri. Escritora y Profesora en Letras

Caminan abrazados por la orilla. La espuma revuelta les moja los pies. Ella, encanecida, ríe a carcajadas como una niña y recuesta su cabeza sobre el hombro de él. Se quita las algas, pegajosas tobilleras que tal vez lleguen del oriente. Ellos están del lado de la noche.

El amante, hace un tiempo que no usa corona, la cedió a su hijo en una íntima ceremonia. Juntos envejecen entre caracoles que apoyan en sus oídos buscando los secretos del mar. Algunas veces de uno de ellos han salido lamentos de tripulantes ahogados. Un día creyó reconocer las voces encantadoras y lo arrojó ante la sorpresa de ella. No se atreve a decirle que aún extraña el timón. Menos lo otro. ¡Ella tan fiel!

Ella lleva sobre sus hombros una manta tejida por sus manos. La lana es vieja, como si se hubiera ovillado y desovillado hasta el cansancio. Es lana sobrante. La otra está enterrada. Con los pies enarenados se dirigen hacia el huerto. Deben ascender por las rocas hasta la parte fértil. Allí hay árboles frutales. Higueras, viñedos, nogales, limones. Gotea el almíbar. Colibríes, abejas y mariposas y un par de palomas azules no se espantan ante la pareja. Desde lo alto de una rama una lechuza vigila. El antiguo hortelano que también llevó corona parecería deambular sobre la plantación. Tal vez tenga el asentimiento del oscuro rey para ascender durante la primavera.

En las cercanías quedan restos de la choza del cuidador de cerdos, el hombre más fiel- según él. Han erigido un túmulo y en la lápida se lee “Argos”. Se miran y no son necesarias las palabras. Ella se anima a decir: _Casi no hay hombres en este lugar. Es una suerte que la Confederación se haya disuelto. No estamos obligados a obedecer a nadie. Pero tampoco hay descendientes. Tu espada fue demasiado ambiciosa o vengativa.

_O justa- musita él. Ahora somos nosotros y este pequeño territorio de piedra y pastos duros, de arena y viento. Suficiente para vivir y morir.
_ Es fácil para ti que lo has visto todo. Yo jamás salí de aquí. El cinturón de agua me lo impidió. No conocí otras cortes.

Se paran y miran hacia el modesto palacio. En el atrio sus nietos juegan. En el megarón el nuevo rey decide asuntos de estado y reparte limosnas a las viudas. A su lado un lebrel hembra de nombre Nausicaa se adormece y custodia. Es delgada, distinguida.

_No lo viste crecer.
_No. Jamás se lo perdonaré al multiforme y cerúleo su obsesión
_ ¿Hay algo que no me hayas contado?

No necesita repasar la travesía de desventuras. La hechicera y la ninfa se les aparecen en sueños. Cuando los achaques de la vejez duelen piensa si eligió bien. Tal vez habría podido olvidar a aquella mujer que hoy camina abrazada a su lado. Ella tiene los dedos deformados por la artrosis. La constante labor de tejer le ha dejado nudos dolorosos. Las otras seguirán siendo bellas, resbaladizas, seductoras, lúbricas.
Los niños ven acercarse a la pareja. Caminan lento. Han envejecido. Cuando hay humedad la vieja cicatriz arde o le anuncia que caerá agua de los dioses.

Abandonan el pórtico y salen a su encuentro. Él sube sobre su espalda al más pequeño y le dice:
_ Soy un cíclope y voy a devorarte
_No podrás. Soy Outis (nadie)- responde el infante y se tiran al suelo. Sobre ellos una montaña de nietos. Rubios, piernas cortas y anchos hombros. La raza de la astucia en ellos.

A ella le gusta ver estos gestos que no tienen nada que ver con el timón, las velas y la espada. Sabe que un hombre no puede estar sin mujer 20 años. Tiene la esperanza de que él le cuente en el lecho de encina sus amoríos. Lo ha perdonado de antemano.

El humo hace espirales y el olor a pan horneado los llama al interior. Itaca es el lugar donde nací y donde elegí morir -piensa el envejecido Odiseo y le hace un guiño a la lechuza.

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