Informes especiales

El día después

¿Qué pasa con las comparas cuando se termina el carnaval?. ¿Qué se conserva, qué se recicla, qué se vende y qué se destruye de todo aquello que fue motivo de deleite, aplausos y sorpresas durante todo el verano?.

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La escuelita violentada

Valentino, Bianca, Juanita y Ornela son los únicos alumnos que tiene la escuela Nº57 General José de San Martín, de Rincón del Gato; y Nancy la única maestra. El viernes entraron a robar, y lo que para muchos fue una noticia más de la sección policiales, a ellos no se les olvidará.

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Marchar para romper el silencio

Por Agustina Melchiori* – “A una mujer no se la toca ni con el pétalo de una rosa”. Igual que la poesía de Bécquer, que en la infancia endulzó mis oídos con su elegante rima, esta aseveración me irritaba particularmente en la adolescencia.

Había rigideces y omisiones flagrantes en esa caballerosidad que no me interpelaban. Como yo, a tantas. Lo comprendí cuando estuve en la Universidad, porque tuve la posibilidad y el privilegio de educarme. Y la capacidad de analizar el contraste con niveles de prejuicio muy bajos. Existían mujeres que cuestionaban los preceptos de una sociedad que discursivamente nos persuadía de que éramos la reserva social, moral y estética y en los hechos nos alienaba, humillaba y burlaba. Una vez que la dejaban expuesta, como el emperador desnudo en la multitud, esa misma sociedad las trataba como a mujeres especiales. Pero por lo indignas de ser tales. Les colgaron el sambenito de machonas, soberbias, difíciles y pendencieras (todas cualidades consideradas masculinas, pero que en un hombre estaban bastante bien igual, o eso parecía).
Es que hasta hace apenas treinta años éramos pocas las que reaccionábamos a un supuesto piropo que en realidad era grosería con palabras soeces o una trompada en vez de agachar la cabeza y seguir de largo. Éramos nadie las que no fingíamos indiferencia cuando la mano de un desconocido nos buscaba, si ese amigo o familiar nos obligaba a tocar, a mirar, a escuchar cosas que no queríamos. Las indóciles, las rebeldes. Las que no se dejaban. Y recibíamos a cambio la reprobación de nuestras amigas, de nuestras propias madres. “No te resistas, que es peor”. “No te defiendas que te pueden matar”. “No digas nada”. “A todas nos pasa, así son las cosas”. “Así nunca vas a conseguir quién te quiera”.

En mi precocidad adolescente podía articular todos estos mensajes con la enorme pena y la profunda impresión por los casos de Jimena Hernández, Nair Mostafá, Alicia Muñiz, María Soledad Morales. Casos que no alcanzaron a conmover lo suficiente en su momento a una sociedad más acuciada por la penuria económica que por la cada vez mayor desigualdad social, que preanunciaba un esquema criminal perverso. En estos sistemas articulados por un pensamiento verticalista con anclaje moral, hay víctimas de primera, víctimas de segunda y víctimas en sordina. En este último grupo ubico a los que buscan su propia muerte, pero también a la mujer violentada o asesinada por alguna variable asociada a su condición de mujer.

Así son las cosas: A la mujer no se la toca ni con el pétalo de una rosa, pero al mismo tiempo está hecha para que se la degrade públicamente de forma natural, sin que nadie (ni ella) haga nada por impedirlo. Es débil, por lo tanto no se defenderá. Se la puede obligar a tener relaciones sin preservativo, a engendrar incluso si no quiere, a proseguir con un embarazo que no desea o que incluso puede costarle la vida. Si se vistió de forma provocativa es de pleno derecho que reciba su merecido en forma de insulto o violación. Si viaja sola, se expone a que cualquiera tenga la perversa idea de que puede disponer de ella como si fuera un objeto. En muchos de los casos, las condenas serán breves o el crimen quedará impune. En el peor de los casos, nadie se enterará de nada. Para que así sigan siendo las cosas.

Lo que acabo de enumerar son una serie de preconceptos con los que crecimos millones de personas en todo el mundo. Con su predominio, el silencio será más y más profundo, el refuerzo a la idea de la mujer indefensa y resignada continuará construyendo la base de todo abuso que hoy englobamos bajo la salvedad “de género”. Como si el solo atropello a la integridad de un ser humano no bastara.
El mensaje ha sido claro: mejor guardar silencio. Hombres y mujeres nos imponían silencio. Qué papelón, una mujer que reclama el derecho sobre su vida y su cuerpo. No era un papelón, en cambio, que el acoso callejero te dejara expuesta no sólo ante el desconocido que agredía, sino frente a los testigos pasivos que jamás (jamás) dijeron o hicieron algo. No era motivo de indignación suficiente que una niña de once años fuera abducida, violada y estrangulada con su propia mochila a pocas cuadras de su casa. La prensa parecía más interesada en el devenir personal de Monzón en la cárcel que en el hecho mismo que lo había llevado ahí: el crimen de su esposa durante una discusión conyugal.

Supongo que por eso el asombro ante las marchas de mujeres contra la violencia machista resulta enorme y la reacción generalizada de los viejos esquemas cruje con nuevos estigmas: qué exageradas, no es para tanto, un piropo es una cosa linda y mi preferido: Soy hombre y no soy violento.
Claro que sí, amigo. Yo misma vivo con un hombre de esos. El feminismo no es odiar la masculinidad, excluírla o estigmatizar a los hombres. La sororidad, esa hermosa palabra que implica que busquemos comprendernos y ayudarnos mutuamente entre mujeres, tampoco es una imposición extensiva a todas ni en todas las circunstancias. La legalización del aborto no implica una asistencia en masa a los centros de interrupción del embarazo… Aunque la cifra actual de un cuarto de millón de abortos al año en Argentina ya resulta escalofriante sin un marco legal que regule esas vidas y esas muertes. Y esta cifra invisibilizada es algo que a pocos importa. Hasta que toca a alguien muy cercano.

Como humanos y seres de derecho tomamos caminos en la vida que no siempre son los definitivos. Hay una sola violencia, sin embargo, de la que no se vuelve: la institucionalizada y repetida, la que se encarna en el sujeto hasta hacerle asumir que es una violencia lógica, natural y justificable. Las miles de muertes de mujeres en abortos clandestinos, de putas que nadie reclama en antros desolados del interior del país, de villeras estragadas por el abuso y la droga, son las bajas colaterales del sálvese quien pueda cultural. ¿Qué suelen decir las otras mujeres, las mimadas del sistema perverso? Algo habrá hecho. Ella se lo habrá buscado. Era su realidad y no podía escapar, qué pena.
Otra vez: las cosas son así. “Así es el mundo. Aceptalo, no te atrevas a cambiarlo. Queremos ser mujeres a quienes los hombres protejan. No queremos tener que defendernos. Necesitamos aprovechar todas las prerrogativas que este sistema nos da por ser sumisas y no cuestionar sus desiguales imposiciones”. Y yo las entiendo, claro que las entiendo. He convivido con ellas toda la vida. Algunas incluso me cuentan entre sus afectos, sabiendo que no voy a cambiar y ellas tampoco. Aunque duela aceptarlo. Qué quieren que les diga, para mí ser libre es eso. Aceptar las múltiples miradas.

El paro y marcha mundiales de las mujeres no llega tarde, pero sí con alguna demora. Definitivamente tarde para aquellas niñas y mujeres que nos faltan desde hace veinte, cincuenta años, sí. Pero no tan tarde como para que el conjunto de la sociedad despierte y se de cuenta de que nadie, ni hombre ni mujer, ni pariente ni amigo, ni institución ni fuerza política tiene derecho sobre la vida o muerte de una mujer que está configurando su identidad. Es un camino largo y difícil y algunas mujeres necesitan marchar junto a otras para empezar a transitarlo, pero ¿habrá algo más revolucionario que vivir bajo esa idea?

 

*  La autora nació en Gualeguaychú. Grafópata y lectora voraz, estudió Periodismo en la UNLP. Colaboró en radio y portales de noticias. La interpelan los fenómenos sociales, los productos culturales y la naturaleza, sobre todo la humana. Quiere escribir, viajar y criar perros en el Sur.

 

Foto: Clarín

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Zaira

Por Verónica Toller *

Zaira-voz-chiquita. Zaira5añosyojosbajos. Zaira “le-vendo-una-estampita”.

A las 6 de la tarde -piecitos cortos y piernas flacas-, entra a la tienda mirando el suelo. Tiene las manos llenas. Va ofreciendo sanjosés, virgencitas, santarritas. “Quiere una estampita…”, “tome…” Y uno tras otro, no… no… no… Zaira roza los estantes, deditos tímidos.

– ¿Cuántos años tenés?
– Cinco.
– ¿Estás sola?
– Con mi mamá…
– ¿Dónde está ella?
– Afuera.
– ¿Por qué no entra?
– Porque no quiere…
– Ok. Decile a tu mamá que si ella entra y viene a vender las estampitas, le compro.

Zairavergüenza. Zairadesprotección. Zaira-mascarón-de-proa, frontón de choque en un mundo donde los adultos se esconden y mandan a los hijos a despertar pena.

– Pongamos un banquito… para esperar que venga la madre…

Salgo a la calle. No hay Zaira, no hay madre. Es posible hasta que la golpearan por decir que no andaba sola.

Zairapuroriesgo. Aprendiendo a tripa y corazón cómo ganarles la vida a los desconocidos de siempre, que la mirarán de arriba a abajo, la tratarán como a una menos, la ignorarán, la usarán. Zaira-chiquita-de-5-años expuesta, con la niñez hecha un cuajo, con la escuela lejos y nunca prioritaria, con algún sueño imposible, con cero mañana. Zaira nuestra vergüenza (qué hicimos). Nuestra deuda (cuánto no hicimos). Nuestro pozo (“seguro, mirala, una avivadita más, no le compres, no le des, que trabaje, quién se cree, seguro está esperando que te des vuelta para robarte”).

Zaira. Sola. Chiquita.

Echada al mundo como quien arroja un cardo, que pincha, que tiene la flor más azul pero ningún perfume. Que nadie querrá poner en su sala principal. Que muchos preferirán pisotear. Que usarán para jugar, vender, golpear, sentirse fuertes, sentirse dueños, lavar conciencias.

Zaira. Sola. Chiquita.

Y tendrá miedo. Y ganará rabia. Y le dolerá tanto que, alguna vez, ya ni siquiera sentirá.

“Tome… una virgencita…”

 

La foto corresponde a un fragmento de la obra “Juanito Laguna aprende a leer”, Antonio Berni, 1961.

*La autora es periodista, escritora, profesora de Letras. Integrante de FOPEA, Foro de Periodismo Argentino. Especializada en Trata de personas.

 

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Mujeres 50-50: hombres, a cambiar pañales

Por Verónica Toller –

Uf. Cambiar pañales. Para algunas visiones sobre derechos femeninos, cambiar pañales es casi el anticristo. ¡Vade retro! La cuestión, sin embargo, es mucho más sencilla. Veamos estos carteles de baños. A uno, el celeste, lo encontré en el aeropuerto de Ciudad de México, al ladito de la escalera mecánica de arribo. Al otro, lo vi este verano en Chile. Ambos carteles hablan de igualdad. ¿Nimiedades? ¿Tal vez, algo demasiado pequeño…? ¡Nooo! Ese cartelito debajo del acceso al baño de varones significa que allí hay también para ellos cambiadores de pañales. Señores, a limpiar la colita del bebé. Igual que mamá. Igual que la mujer. Y la idea va más allá de una equiparación externa. Estos dos carteles conllevan la agudeza del sentido común y la claridad de la equiparación. Ojo. No se trata sólo de repartir cargas, y de que si ambos (mujer y varón) salen de la casa a trabajar, ambos también se ocupen de la casa, del hogar puertas adentro.

No. Estos cartelitos van más allá. Van a los derechos.
Las mujeres tenemos derecho a que ellos compartan nuestras tareas, y los varones tienen derecho a compartir los gozos. Ellos tienen derecho a cambiar pañales. Porque cambiar pañales es parte del gozo de mimar a tu bebé, de tener a tu hijo en brazos, vestirlo, sentir sus manitos gorditas y su mirada-pura-risa, sus gorjeos, sus piernotas blandas, piel a piel. Papá con el bebé. La sociedad le hizo creer a muchos hombres que esa tarea era de blandengues, “afeminados”, sometidos. O los convenció de que “no es mi trabajo; yo laburo afuera, vos laburás adentro”. ¿¿Whats?? Nooooo. Pobrecitos, cuánto se pierden de la mejor cara de la vida…
El cuidado repartido entre dos es amor y es respeto. El derecho de paternidad incluye el placer-deber de estar allí y hacer las tareas cotidianas que eso implica.

En el Día Internacional de la Mujer, me postulo partidaria de la RECIPROCIDAD. De asumir las igualdades y comprender las diferencias. Vivir la maravilla de la uni-dualidad, comunión de varón y mujer. Hoy, para liberar a la mujer, tenemos que hablarle al varón.

Este 8 de marzo de 2017, el tema central del Día Internacional de la Mujer es “Las mujeres en un mundo laboral en transformación: hacia un planeta 50-50 en 2030”. Mucho falta todavía para que la equiparación laboral mujer-varón sea una realidad. Existe una norma básica en el derecho del trabajo: a igual tarea, igual remuneración. Pues no. Las mujeres cobramos en nuestro país y en toda Latinoamérica (peor aún, en zona del Caribe) entre un 18 y un 25% menos que los varones, en trabajos de igual responsabilidad y exigencia. Y luego, adentro de casa, la mujer sigue teniendo en muchos casos el mayor peso del trabajo, incluso cuando vuelve de la calle tan cansada como el varón.
“Lo que ha pasado es que la mujer ha salido al mercado laboral y que el hombre no ha entrado en la casa”, decía hace unos años la doctora Nuria Chinchilla, directora del IESE de la Universidad de Navarra, e impulsora de las Empresas Familiarmente Responsables (un concepto diferente y en ciertos aspectos, superador de la RSE y de las empresas family friendly). Cierto: no todo es blanco o negro: hay aspectos donde el varón está plenamente comprometido dentro del hogar. Las nuevas generaciones de familias jóvenes, particularmente, viven con mucha libertad todo esto. Pero hay otros aspectos donde todavía la reciprocidad con la mujer pide unos pasos más. Y, a su vez, en el caso específico de la llegada de un bebé a casa, la legislación tiene una deuda con el varón. Necesitamos leyes que comprendan que son papá y mamá, juntos, en el hogar, los que están haciendo el nido para el nuevo integrante de la familia. Que papá tiene derecho a la ternura, a gozar de su nuevo hijo, a la par que tiene el deber de auxiliar a mamá es un momento donde la mujer (que recién dio a luz y cuyo cuerpo se reacomoda después de 9 meses, y encima puede tener a otros hijos a los que atender), mamá necesita de la ayuda, serenidad, presencia y apoyo emocional del esposo. Entonces, una licencia “paternal” más larga es un acto de justicia.

Hoy, en este Día Internacional, defender la dignidad de la mujer implica entre otras cosas hablar al varón, hacer que “ingrese a casa” en la práctica, en tareas, horarios, en bancarse el sostén emocional y laboral de todo lo pendiente. En otras palabras, implica reciprocidad.

Para que, ambos, en unidad, puedan construir una cultura más humana, más solidaria.

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Otra manera de parar

Por Sabina Melchiori –  Estela es maestra desde 1997. “Estudié de grande”, dijo. No sabemos su edad ni las razones por las cuales “de grande” quiso ser docente, pero sí sabemos -al menos algo- de su entrega y compromiso con los alumnos.

Era martes por la mañana, segundo día de clases del ciclo lectivo 2017. En la escuela Nº 2 Domingo Mathew, de Gualeguaychú, el silencio llenaba las aulas vacías. Patricia, la directora, se había adherido al paro y por eso había ido vestida de civil. Estaba allí sólo para cumplir con los turnos que establecieron a fin de recibir a los padres que pudieran llegar para hacer consultas.

En una de las primeras aulas de la galería de la derecha, Estela, que ya había terminando de barrer, dejó el montoncito de tierra al costado de la puerta para mostrarnos su trabajo terminado. Las herramientas sobre la mesa probaban que esa mujer había pasado ahí adentro gran parte de la mañana. Pintó el pizarrón, pero antes le pasó enduído en las rajaduras. Intentó clavar un panel en la pared, pero como se le descascaraba (si, la pared) optó por adherirlo con mucha cinta y tapar con papel las imperfecciones. También adornó el aula con dibujos nuevos, procurando que quedaran estéticamente impecables. Acomodó las mesas y las sillas. Lo único que le quedaba pendiente (además de juntar el montoncito de tierra) era colocar las cortinas que ella misma se había encargado de comprar.

Estela para. Había parado el lunes y estaba convencida de seguir adhiriendo a la medida propuesta por Agmer el resto de la semana, pero en ella (y en dos jóvenes maestras que estaban haciendo lo mismo en el aula de al lado) esa decisión no implica dejar de ir a la escuela. “Hay mucho por hacer acá”, decía mientras señalaba el lugar, “yo quiero que los chicos vuelvan y encuentren todo lindo”.

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Una nueva Infoner

El domingo 5 de marzo, Quique, el fundador de este sitio, hubiera cumplido 46 años. Sin embargo, poco antes de su cumpleaños 45 comenzó una loable batalla contra un cáncer de páncreas que se lo terminó llevando hace apenas cuatro meses.

Por acá lo extrañamos todos y nos parece mentira, un mal sueño, que ya no esté.

¿O está?

“Quique te banca (lo digo en presente)”, me dijo Fabián Magnotta cuando le comenté de las reformas que pretendía hacerle a Infoner. Es que tenía dudas, porque Quique dijo muchas cosas antes de irse, entre otras recomendaciones me dijo “a Infoner seguila, porque uno nunca sabe”, pero se olvidó de darme permiso para lavarle la cara.

No obstante me animé y acá estoy presentándola como una página donde la actualidad será una parte pero no el todo. Por eso el primer segmento se titula “Informes especiales” y más abajo hay notas elaboradas en “Sala de redacción”. En “Sin filtro” tendrán lugar las fotos casuales de momentos suspensivos, de aquello que nos cautivó y nos motivó a activar la cámara del celu y registrarlo.

Al logo lo hizo Lucía Sobrino, una joven diseñadora gráfica de Gualeguaychú. Marcelo Giménez diagramó la página y la dejó on line con esta pinta que le ven.

Verónica Toller se ofreció a escribir informes especiales, personalizados, con todo el ser escribiente sobre el texto y Santiago Parga tendrá a su cargo el segmento de actualidad, para no perder la costumbre de informar día a día.

Encontrarán columnas de opinión, como la que rompió el hielo y me emocionó hasta las lágrimas: “Primera”, de Fabián Otarán; y otros informes de generosos colaboradores de quienes tenemos muchísimo para aprender.

El humor estará a cargo Marbot (Mario Bottarlini), un gran amigo que me dejó el paso por la Universidad de Concepción del Uruguay. Desde allá, desde La Histórica, una vez por semana se las ingeniará para hacernos reír.

Somos un equipo de entrerrianos y todo lo que acá hagamos – y lo digo con honra- estará condicionado por eso.

Bienvenidos siempre, gracias por leer.

 

Sabina Melchiori – Directora.

 

 

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