Sin filtro

La hermosa frase de Don Tomás

La presencia de don Tomás de Rocamora, en 1782, permitió la elaboración del primer documento económico, informe que reviste enorme trascendencia para la región, pues auguraba el 11 de agosto de aquel año que “fuera pleitos, valga la razón y asegúrese Vuestra Excelencia que ejecutado como planteo, antes de muchos años será la de Entre Ríos la mejor provincia de esta América”.

En marzo, junio y octubre de 1783, el fundador de pueblos, materializaría la puesta en marcha de las villas de San Antonio de Gualeguay, Concepción del Uruguay y San José de Gualeguaychú, respectivamente.

 

Leer más sobre la historia de Entre Ríos: https://www.entrerios.gov.ar/portal/index.php?codigo=32&codsubmenu=34&menu=menu&modulo=

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Hazaña acuática

Por Eugenio Jacquemain

 

La costanera de Gualeguaychú es muy particular, una amplia avenida surcada al medio por pérgolas que suelen poblarse de enredaderas en el verano, extensos veredones que albergan a cientos de personas los fines de semana, que no distinguen al local del turista y permiten ser surcados por ambos apaciblemente, sin ninguna queja. A su lado, un suave recorrido de espejos baña su flanco, en épocas de creciente, ese andar se transforma, golpea fuertemente los gruesos murallones que resisten heroicamente desde hace muchísimos años.

Los obeliscos, paisaje obligado en el centro del paseo, se mantienen firmes con el paso del tiempo. Donde otrora moraba la figura de Francisco Ramírez, ahora vemos un pequeño camino que oficia de puente para acercarnos a un sitio panorámico y disfrutar un café. Hoy de la imagen corpórea y metalizada de Pancho se desconoce su paradero y muchos ya lo recordamos vagamente, quizás se encuentre durmiendo con aquellas imágenes de las dos pequeñas torres que se erigían a su lado, pero que para nosotros, púberes de tan solo 10 años, parecían más altas que el viejo ciprés del cementerio.

Allá lejos, al final del recorrido, se erige triunfante el viejo pero remodelado puente naranja, pocos recuerdan su real nombre, quizás por esa vieja costumbre pueblerina de cotidianizar los rótulos ostentosos con que se bautizan las obras en cada inauguración, Sobre ese puente se tejen mil y una historias, no faltan las de ahogados o pruebas de valor lanzándose al río, tampoco los candados que entrelazan corazones oxidándose en sus barandales o aquella vez de la asonada militar donde se amenazó con volarlo para evitar el paso rebelde.

Pero ese día era diferente, era nuestra prueba, nos sentíamos nadadores olímpicos disputando una final. No pasábamos los ocho o nueve años ninguno de los cinco que teníamos que demostrar, en tan solo cien metros, lo que durante dos meses habíamos aprendido.

“No puede ser que tengas un río al lado y no sepas nadar” me repetía una y otra vez mi padre, orgulloso de su trabajo en los Ferryboat que trasladaban los trenes por donde hoy se unen en un abrazo de cemento, Entre Ríos y Buenos Aires.

Y había que darle el gusto al viejo, el no estaba en la ciudad pero cuando volviera tendría la noticia tan esperada desde mamá “Tu hijo ya sabe nadar, tu hijo cruzó el río, desde el balneario hasta el Neptunia” y yo me iba a hacer el desentendido, minimizando la hazaña como cuando le mostraba el boletín de la escuela, en el cual nunca habitó un diez pero tampoco un cuatro.

Y sí, ese día era especial, para mí y para él, capaz también para la vieja, pero ella ocultaba sus emociones diariamente, daba clases de mañana y de noche, por ese entonces, la plata no alcanzaba. Ella volvía cansada al igual que los siete días que el viejo desembarcaba, cansados los dos, pero orgullosos de traer lo necesario al hogar.
Pero estamos perdiendo el hilo de lo que hablábamos, mi familia era una más de tantas de una pequeña ciudad. Lo que iba a contarles era otra cosa, era la hazaña de alguien, que con tan solo nueve años cruzaría el río a nado. Para alguien que solo intentaba, para aquel entonces, el básquet, era toda una epopeya, no por algo mis amigos me decían ojota, refiriéndose a que no servía para ningún deporte.

Y llegó el ansiado día, el frío del agua era solo una anécdota, nuestros cuerpos estaban dispuestos al sacrificio. El profesor, estricto y duro por el lapso de instrucción, no movía un músculo de la cara, su mirada estaba rígida en nosotros. No se veían gestos de aprobación o desaprobación, sus manos callosas y firmes sostenían los remos de la vieja canoa despintada. “Ahora al agua y a nadar, en línea, un metro entre uno y otro, al agua ya” se escuchó con voz firme y fuerte y ahí fuimos, en un pequeño espacio cinco corazones comenzaron a bracear para llegar a la meta.

Los gritos por el megáfono de latón nos guiaban desde la embarcación. El río era nuestro cómplice manteniendo una superficie lisa y llana para aliviar el desafío, se encontraba despoblado de otras embarcaciones. Ese era el momento para la hazaña, los planetas se alineaban a nuestro favor y no lo íbamos a desaprovechar.

Juan fue el primero en decir a mitad de camino “profe, no doy más” y ese fue el primer golpe. Juancito era el más resistente de nosotros, quizás un mal día o la chocolatada que se tomó antes de meterse al agua lo había complicado, pero…. Si él no llegaba…los demás podríamos?

No sé quien le siguió pero la frase la volví a escuchar segundos después, por unos minutos imaginé que llegaba solo y el resto en la canoa. Son esos momentos que tenemos los argentinos, aun chiquitos, de creernos superhéroes individuales, esos famosos cinco minutos de fama que nos caracterizan, convirtiéndonos en seres cuasi egoístas que especulamos con los errores del otro. No, no estoy siendo duro, así somos y así nos ven, ¿por qué un niño de 9 años sería diferente al resto? Otra vez me estoy yendo del tema, quizás sea intencional para evitar recordar el final y poder viajar en una máquina del tiempo y alterarlo.

Quedamos en que escuché por segunda vez la frase desesperanzada de agotamiento y fue instantáneo. Como si careciera absolutamente de personalidad, de un segundo a otro me sentí cansado, saqué mi cabeza del agua no solo para respirar, mire hacia adelante buscando la costa tan ansiada y aun faltaba un tercio del camino. Ahí miré a los costados, me sentí más solo que Sampaoli festejando un gol en Rusia 2018, el resto del grupo estaba abrazado a la canoa.

Ver esa triste imagen con los ojos de un niño es doloroso, mis lágrimas se diluían en el curso del río perdiendo importancia, las caras de mis compañeros denotaban sentimientos encontrados, trataban de darme fuerzas a la vez que expresaban una sana envidia, si es que puede existir eso.

No podía más, no iba a llegar ninguno si yo abandonaba, pensé en mis padres y en los de los demás. Lo habíamos charlado y les pedimos que no estén, que no nos vieran, queríamos darles la noticia de haber cruzado el río y ahora no podríamos. Levanté nuevamente la cabeza, pensé por un instante que nadaba al revés, creí ver aún más lejos que antes la costa a alcanzar y comencé a pensar en las excusas al llegar a casa.

No tardé mucho en tomar con mis pequeñas manos el borde de la embarcación, ya estábamos todos sostenidos de esas viejas maderas cual sobrevivientes de un naufragio. El profesor arriba, sin un gesto de desaprobación o reto, pero ya los iba a tener, habíamos fracasado.

Remó hasta la otra costa con el lastre que significábamos todos los expedicionarios sostenidos de la canoa. Cuando llegamos y nuestros pequeños pies tocaron la arena, nos miró, colocó los remos dentro con mucha paciencia como lo caracterizaba y nos dijo, exactamente con la misma voz firme que nos echó al agua y que nos alentaba cada brazada. “Llegaron, cumplieron, avisen en sus casas que lo lograron. No van a mentir, llegaron desde que se decidieron a intentarlo, desde que pensaron que podían, esto es un logro, no un fracaso”. De esta manera recibía una de las lecciones de vida más importantes.

Hace un par de años falleció mi viejo, mamá aún vive, nunca supieron la realidad. No he vuelto a ver a mis compañeros de aquella época y solo recuerdo el nombre de Juan. No sé si habrán dicho o no la verdad, para mí este era, antes de contarles, uno de los secretos mejor guardados del mundo, quizás porque me convencí que la verdad era que sí habíamos logrado nuestra meta, ¿el trecho que faltaba? Eso sí es anecdótico, no importaba ni va a importar.

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La que murió de amor

La dama de la imagen es Isabel Frutos, conocida en la historia de Gualeguaychú como “la que murió de amor”.

Fue hija de don Benito Frutos y de Doña Petrona Carmona.

Cuentan las crónicas de la época que Isabel se enamoró perdidamente de un forastero, un modesto empleado de comercio, pero su padre, arguyendo el escaso porvenir del joven, se opuso tenazmente al noviazgo.

Ofendido en su amor propio, el forastero se alejó de Gualeguaychú. Isabel enfermó de pesadumbre y murió con 19 años recién cumplidos.

Su muerte temprana inspiró a su primo, Olegario V. Andrade quien escribió un poesía que comienza así:

 

 Cual luz fugitiva que cruza la esfera

cual rosa marchita del viento al nacer

así se concluye tu triste carrera

mi joven amiga, mi tierna Isabel.

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Otoño de ocres y azules rojizos

Vero Toller

Otoño. Inhalaciones más frescas, respiración rojiza-ocre-azulsombra-maíz… Vienen los últimos verdes mezclados con sombras nuevas. Pircas que dibujan líneas de horizonte. “Hay que andar con el alma hecha un niño, / comprenderle el adiós a las hojas / y acostarse en su sueño amarillo”. Las montañas plantan su silueta oscura mientras la luz se cae detrás en iridiscencias naranjas, y pasan del gris al violeta, lejos, con campos brotados en frutos al pie. “Te recuerdo como eras en el último otoño”, escribió Neruda; “en tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo… hojas secas de otoño giraban en tu alma”. ¡Uf!  Y no es tristeza, para mí, el otoño; ¡es vida que se guarda! Para volver. Vientos que nos despiertan. Frescos que nos hacen volvernos hacia adentro. Quién dijo nostalgia. Suena un ala, muy cerca; crujen los pies en las hojas. Se van durmiendo las ramas… Reposo. Todo se lo va comiendo el atardecer. Y si el otoño es en Mendoza, hay que llenarse “la piel de tonadas”, como decían Jorge Sosa y Damián Sánchez. Porque…

No es lo mismo el otoño en Mendoza,
hay que andar con el alma hecha un niño
comprenderle el adiós a las hojas
y acostarse en su sueño amarillo

Tiene el canto que baja la acequia
una historia de duendes de agua
personajes que un día salieron
a poblarnos la piel de tonadas

La brisa traviesa se ha puesto a juntar
suspiros de nubes cansadas de andar
esta lluvia que empieza en mis ojos
no es más que un antojo de la soledad

Es posible encontrar cada nombre
en la voz que murmuran los cerros
el paisaje reclama por fuera
nuestro tibio paisaje de adentro

Ser la tarde que vuelve en gorriones
a morirse de abrazo en el nido
y tener un amigo al costado
para hacer un silencio de amigos

La tarde nos dice al llevarse al sol
que siempre al recuerdo lo inicia un adiós
para quien lo ha vivido en Mendoza
otoño son cosas que inventó el amor

 

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Autorretrato literario

El retrato de Miguel de Cervantes Saavedra pintado por su amigo Juan de Jáuregui es el único cuya autenticidad no se discute, ya que debajo del cuadro el mismo Cervantes escribió:

 

“Este que veis aquí, de rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, alegres ojos y la nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligera de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros…”

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El habitante del medio

Por Damián Lemes, cantante y compositor de música popular

 

El habitante del medio
Por la mitad de las cosas
Al vuelo de mariposas
Le envidia su libre cielo
Pero cuando va certero
Denunciando desatinos
Y en la cuenta del destino
Solo resta envejecer
Ya se va su pobre ser
Al encuentro del olvido

El que poco pisa en falso
Poco sabe del camino
Y es apenas un suspiro
Escondido en el ocaso
No conoce los abrazos
De las plumas con el viento
Cielorraso el firmamento
Un farol la claridad
Que alumbra la soledad
Del que se quema por dentro

Juéguesela por alguna
Animándose mi hermano
En la trinchera y su barro
Sangre su lastimadura.
En la trinchera y su barro
Deje hundida su estatura.

Arriba de fracasados
Se burla de soñadores
Y acicala sus dolores
Con su lengua en el pasado
En el medio se ha quedado
Con un miedo que lo habita
Con un zurdo que palpita
Solo sangres del ayer
Porque vió pasar su tren
Por la mitad de la vida.

Y yo te siento mi hermano
Porque me pasa lo mismo
Ni la cumbre ni el abismo
Solo un tiempo que es tirano
Soy un corso a contramano
Hago siempre lo que puedo
Pero haciendo lo que quiero
Voy pudiendo ser feliz
Y llegando a la raíz
Donde soy lo verdadero.

Juéguesela por alguna
Animándose mi hermano
En la trinchera y su barro
Sangre su lastimadura.
En la trinchera y su barro
Deje hundida su estatura.

 

 

 

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Ni Trump ni Al-Assad

Por Felipe Galli

Condeno los bombardeos a Siria, pero le pido a mucha gente que no sea tan extrema y deje de apoyar a Bashar al-Assad sólo porque es anti-norteamericano. Ser contrario a EE.UU no te vuelve demócrata, ni decente. Al-Assad es con diferencia uno de los dictadores más brutales y despiadados del mundo, con una horrorosa policía secreta (el Mukharabat) y un aparato represivo y genocida. Pertenece a una secta del Islam que tolera otras religiones, sí, pero dirige un gobierno de apartheid donde la mayoría de sus ministros son amigos y familiares suyos alauíes mientras que la población, de mayoría suní, se moría por la sequía.
Un estado democrático, estable y de derecho NUNCA entra en Guerra Civil. Jamás habría habido un conflicto armado si Assad hubiera sido elegido, realmente, por la gran mayoría de su pueblo.
Pueden denostar a EE.UU, yo estoy de acuerdo, pero dejen de endiosar y defender criminales de guerra. Le dan a Trump y su gobierno armas mediáticas para hacer lo que quiera.

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Otoño. Color que cruje

Por Verónica Toller

Otoño. Cielo en el suelo. El fresno ha comenzado a desvestirse: calideces ocres y rojizas y marrones lo llenan todo, resistiéndose…, resistiéndose al desabrigue, como si quisieran guardar un poco de tibieza antes del frío que se anuncia. Y en ese derramarse de la “rudeneja”, llenan todo de una luz extraña, como si inventaran un color que se oye (cobre-crujiente en el suelo) o un color que palpita (un puro rojo-tajo-bermellón).

Y no puedo dejar de prendarme cada vez.

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Liebig, un pueblo singular sobre el río Uruguay

Nació como pueblo fábrica tras la llegada de una compañía inglesa dedicada a la elaboración de extracto de carne, motivo por el cual su diseño urbanístico, inspirado en el modelo ciudad jardín, es muy diferente al del resto de las ciudades entrerrianas. 

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