Sin filtro

Hay gente a la que…

Hay gente que te la hace fácil. Que te allana el camino. Que te corre las piedras que vos no viste, porque estabas demorada en otro pantano. Gente que festeja tu sonrisa. Que te pone una manta, porque como tiene frío, se adelanta al tuyo. Gente que te escucha con el corazón y mirándote a los ojos. Gente a la que no le importa gastar un minuto en discutir algo que no le suma a ninguna de las dos partes. Gente que te cuida. Te valora y te respeta, sobre todo cuándo estás ausente. 

Es gente que te quiere sin vueltas. Sin enrosques. Sin pedido de facturas ni reproches. Gente que te elige por tu compañía. Por quién sos. Porque acepta tu herida y tu belleza.

Gente buena. Gente que vuela con tu vuelo y te recuerda los tres deseos que te tocan para tu cumpleaños.
Gente que alimenta tu alma. Sana. Cura. Salva.

Esa gente se vuelve imprescindible. Se cuida como oro. Esa gente es necesaria y uno tiene que valorarla cuándo está, no cuándo hace falta.

A esa gente se la ama. Y punto.

Autora: Lorena Pronsky 

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Un amor sin palabras

Por Jamison Hill – The New York Times

Después de salir con Shannon durante varios meses, necesitaba decirle algo, pero no podía. El problema no era que estuviera nervioso o inseguro de cómo decirlo, sino que no podía hablar. Mis pulmones y mi laringe no podían generar la presión de aire y las vibraciones necesarias para decir las palabras que rondaban en mi cabeza.

Esta es nuestra realidad. No puedo hablar con Shannon de nada: ni del clima ni de su día ni de lo hermosa que es. Lo peor de todo es que no puedo decirle que la amo.

Eso nunca fue un problema en mis relaciones pasadas con mujeres que yo pensaba que amaba o que quizá no quería. Esas mujeres conocían mi voz, la escuchaban a diario. Sin embargo, nunca supieron lo que pensaba realmente.

Nunca se enteraron de lo mal que me sentía físicamente, porque en ese entonces podía actuar como una persona casi normal y ocultaba mi enfermedad lo suficientemente bien como para lucir saludable. Podía salir con chicas, hablar por teléfono e incluso conducir hasta la casa de mi novia para pasar la noche.

No obstante, con el paso del tiempo mi salud empeoró. La enfermedad de Lyme había exacerbado mi caso previo de síndrome de fatiga crónica, una enfermedad inflamatoria que puede dejar a los pacientes sin poder hablar o comer durante años.

Tengo 29 años y he estado enfermo durante ocho; he pasado los últimos tres postrado en mi cama, prácticamente mudo e incapaz de comer sólidos. Solía ser un fisicoculturista que se ejercitaba durante varias horas al día y el rápido deterioro de mi salud me tomó por sorpresa. No podía hacerme cargo de mí mismo. Tuve que poner el amor y otras cosas en pausa mientras esperaba a que mi salud se estabilizara.

En ese momento, Shannon llegó a mi vida.

Vive en Ottawa, a más o menos 3200 kilómetros de mi casa en California. Nos conocimos en línea, algo común, pero por lo demás nuestra relación no tiene precedentes ni directrices. Somos dos personas muy enamoradas, pero también muy enfermas.

Shannon padece la misma enfermedad que yo. Ha estado enferma más tiempo, desde la adolescencia, pero por suerte jamás ha perdido la capacidad de hablar. En lugar de eso, batalla con náuseas constantes y tiene problemas para digerir la comida. Casi siempre está desnutrida y su peso baja a menos de 45 kilogramos, demasiado para una persona que mide 1,67 metros.

Ambos tenemos un volumen sanguíneo bajo, lo que dificulta que caminemos sin desmayarnos y, en mi caso, resulta imposible que me siente en la cama sin sentir un dolor intenso y mucha debilidad.

Como estoy confinado a mi cama, la única manera en que podemos estar juntos es que ella atraviese el continente para verme. Pero incluso con su disposición para poner en peligro su salud por viajar tan lejos, es común que estemos separados durante meses entre cada visita.

Cuando estamos juntos pasamos semanas en cama, principalmente abrazándonos, nuestros cuerpos alineados como dos piezas de un plato roto unido con pegamento. Debido a que no puedo hablar, muchas veces recurrimos a la comunicación mediante mensajes de texto mientras estamos acurrucados en la cama.

Es como una fiesta en pijama que dura un mes y parece irreal, pues estás atrapado en una situación tan terrible que podría asustarte en serio, pero al mismo tiempo encuentras consuelo sabiendo que tu alma gemela está junto a ti.

No obstante, nuestras experiencias no son iguales. Shannon se puede parar brevemente para ir al baño, bañarse o, en un buen día, prepararse algo de comer. Yo, por el otro lado, tengo que hacer todo en cama: cepillarme los dientes, bañarme e ir al baño (tengo una bolsa de plástico para evacuar y, para orinar, un recipiente de plástico de dudosa apariencia conectado a una manguera que se dirige a una cubeta en el piso). Estas no son cosas seductoras, pero son parte de la vida: de mi vida y de nuestra vida juntos.

Al principio me sentía avergonzado cuando le pedía a Shannon que apartara los ojos y evitara pensar que yo estaba orinando a pocos centímetros de donde nos habíamos besado unos segundos antes. Sin embargo, me he dado cuenta de que se trata de compartir todo en nuestras vidas. Puede ser muy distinto a la diversión en la cama que cada uno había experimentado antes de la enfermedad, pero saber que nada de mi vida hace que Shannon se sienta incómoda provoca que me encariñe con ella.

En contraste, tuve relaciones con mujeres que se enojaban a la primera señal de cualquier inconveniente. Una novia me amenazó con romper conmigo porque consideraba que las puntas que cortaba de mi barba estaban tapando el drenaje del lavabo; otra culpaba a mi insomnio de nuestros problemas. Estos romances fallidos me recuerdan las desconcertantes incompatibilidades que dos personas pueden tener, pero también cómo el amor puede trascender incluso los obstáculos más infranqueables cuando encuentras a la persona correcta.

Antes de comenzar nuestra relación, cuando solo éramos dos amigos con la misma enfermedad que se enviaban mensajes de texto durante horas, le pregunté a Shannon: “¿Crees que dos personas enfermas pueden estar juntas?”.

“Sí”, me contestó. “Creo que cuando los dos están enfermos es más fácil y más difícil al mismo tiempo”.

“Supongo que la desventaja”, dije, “es que no hay una persona sana que te cuide”.

“Pero cuando estás solo tampoco hay una persona sana que te cuide”, dijo.

Nunca había pensado en la posibilidad de que dos personas enfermas pudieran tener una relación exitosa. Siempre asumí que al menos un miembro de la pareja debería estar sano. Dos personas enfermas no pueden cuidarse mutuamente.

No obstante, Shannon y yo nos cuidamos de maneras que nunca imaginé. Quizá no puedo prepararle una comida, pero puedo pedir a domicilio. Tal vez ella no puede ser mi cuidadora, pero puede poner un anuncio para solicitar una. Hemos hecho estas cosas y muchas otras por el bien del otro, desde extremos opuestos de Norteamérica.

Tenemos una empatía que solo dos personas con el mismo padecimiento pueden sentir. Sabemos qué siente la otra persona cuando está pasando por un mal día; sabemos lo exasperante que es explicarles a los doctores síntomas invisibles ante los que solo muestran escepticismo y también sabemos muy bien cómo es estar inmóvil en un mundo que no se detiene.

Aun así, no nos conocemos del todo. No sabemos cómo éramos cuando estábamos sanos. No sabemos cuáles son las diferencias entre quienes somos actualmente y la gente que éramos antes de enfermar, ni cuánta madurez y fortaleza emocional hemos adquirido durante esta transformación. Pero lo básico es que no sabemos cómo es tener una conversación en voz alta entre nosotros.

Shannon nunca ha escuchado mi voz. Nunca me ha escuchado reprender a un vendedor telefónico ni murmurar después de cometer un error de dedo. Nunca me ha escuchado arruinar un brindis o contar un chiste malo. Nunca me ha escuchado susurrarle al oído o responder con una frase ingeniosa. Nunca me ha escuchado hacer una pregunta o dar mi opinión sobre nadie.

Y quizá nunca pueda escucharme hacer ninguna de estas cosas, pero no importa. Aquí tengo a esta adorable mujer, libre de prejuicios, que me ama por las palabras que le tecleo en mi teléfono.

Nunca amé a mis antiguas novias como amo a Shannon. Quería decirle lo mucho que su compañía significaba para mí. Lo había intentado antes, muchas veces, sin éxito. De todos modos, sentía que tenía que intentarlo de nuevo. De alguna manera, tenía que verbalizar, sin teclear, lo que estaba sintiendo. Mis mensajes de texto eran inadecuados y pensé en usar lenguaje de señas, pero la seña en forma de corazón me pareció todo un cliché.

Así que intenté usar mi voz. Para mi sorpresa, por primera vez en meses, escuché sonidos reales saliendo de mi boca. Con la mandíbula cerrada, susurré a través de mis dientes apretados, “Te… a…mo”.

“¿Qué?”, dijo sorprendida.

Respiré profundo y peleé contra el casi insoportable dolor en mi garganta y mi mandíbula. Las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos. Susurré de nuevo, esta vez usando toda la fuerza que me quedaba: “Te… a…mo”.

“Ay, mi amor”, dijo. “Perdón, pero no sé qué estás diciendo”.

No sabía qué era lo peor: el tormento emocional de no poder hablar o el dolor físico por intentarlo. Después de todo lo que he pasado, los meses de batalla para mantenerme vivo en cama y finalmente encontrar al amor de mi vida, no podía decirle a Shannon que la amaba.

Por suerte, no tenía que hacerlo. Como si se tratara de una conmovedora escena de Historia de amor, Shannon me tomó de la mano, me dio un beso suave y dijo: “No tienes que decir nada. Te amo”.

Ahora, meses más tarde, aún es cierto: para nosotros, el amor significa no tener que decir nada.

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La venganza de mi ex

Por Eugenio Jacquemain.
Historia basada en hechos reales

 

Jorge era un laburante común. Se levantaba temprano por la mañana, trabajaba durante el día y noche por medio se juntaba con sus amigos.

En junio 2014, los encuentros prometían incrementarse debido al Mundial de fútbol que se realizaba acá nomas, en Brasil. Los sueños que Jorge tenía de ir a presenciarlo se truncaron enseguida, el Real estaba caro, se necesitaba mucha plata y autorización del trabajo.

De modo que él y sus amigos se juntarían a ver por televisión todos los partidos de Argentina y de sus posibles rivales según el cuadro que le tocaba, una cábala que en 1990 dio resultado, salvo durante la final cuando el gordo Raúl se empachó con una sobreingesta de salchichas, faltó a la definición, y perdió Argentina.

La cosa venía bien aquel junio, 2 a 1 a Bosnia y 1 a 0 a Irán… Tocaba Nigeria, acá nomás: en Porto Alegre, ciudad que a Jorge no le resultaba desconocida ya que había ido junto con Roberto, su amigo dueño de una empresa de turismo, un par de veces antes.

Pero unos días antes surgió problema que llevaría a Jorge a romper la cábala. Roberto lo invitó a ver Nigeria -Argentina en Porto Alegre. “Tengo un lugar en el micro y todo allá, no tenes que poner un peso, dame los datos que los paso porque hay admisión previa en aduana” fue el claro mensaje que recibió.

Al principio encontró resistencia en la barra, mezcla de superstición por no romper la costumbre y de envidia. Se juntaron con unas pizzas y gaseosa, prohibieron ese día la cerveza para evitar que copa más copa menos, las palabras suban de tono. Era entendible, una cábala no se debe romper ni aún corriendo riesgo de divorcio.

Raúl, el gordito, fue el que marcó el debate: “Loco, es el mundial, nosotros no podemos ir pero él sí, no seamos egoístas, hacemos una bandera con los nombres de los pibes, el escudo de San Lorenzo, y que la lleve”. Y así fue como autorizaron su partida.

El sábado siguiente, Sara, la hija del afortunado viajero cumplía años. Él se encargó del asado para los amigos de la joven y también se sumó a la comida que, si bien fue moderada, el abuso de los picantes le produjo a Jorge un agudo dolor de cabeza durante la mañana del domingo. Nada que dos pastillitas no puedan arreglar, pensó.

Esa tarde, cuando Jorge volvió a encontrarse con su hija, ella le dijo: “Papi, estás un poco verde en el cuello”. Él imaginó que era producto de su hígado y dejó pasar el comentario, total, ya se iba a ir, el miércoles era el partido, e iba a poder ver el Mundial de Fútbol por primera vez en la cancha y no a través de una pantalla.

Al día siguiente, a las siete menos cuarto ya estaba en el trabajo. Nunca llegaba antes pero era tal la ansiedad de charlar sobre el viaje que iba a emprender que casi no durmió. Ni bien llegó sus compañeros exaltados le preguntaron “¿Qué te pasó? Estás verde, el cuello… las manos…”. Jorge comenzó a a asustarse y decidió ir a la emergencia, el médico mostró un gesto de extrañeza al verlo y le preguntó “Che, ¿te volviste marciano?, “Hace  urgente estos análisis, puede ser cirrosis o pancreatitis”. Jorge, preocupado, pensó en los asados donde tomaba pero nunca en exceso.

En el laboratorio lo atendió el bioquímico de siempre. Durante la extracción de sangre, charlaron sobre el inminente viaje de Jorge y el profesional le recomendó que lo anulara. Fue lapidario: “Pancreatitis. Un mes de reposo y cero comidas compuestas, ni loco hagas el viaje”. Un tanto impactado, Jorge emprendió el regreso a su oficina para esperar el resultado que estaría al mediodía. En el camino habló con su amigo, el de la empresa de Turismo, para suspender el viaje. Vanos fueron los intentos de Roberto para que su amigo postergue la decisión. “Hasta la medianoche puedo avisar que no viajas”,  le decía, sin embargo, no pudo convencerlo. Así que, chau sueño mundialista.

Llegó a la oficina, se sentó frente a su computadora y escribió en el buscador de Google los nombres de las dos enfermedades posibles. A medida que se enteraba de los síntomas que adquiriría, de una y de otra, su cabeza ya internalizaba cuánto tardaría en curarse y las prohibiciones de ahí en más en la forma de alimentarse. Sus amigos apenas lo contenían. Uno le dijo que si se bañaba, el cuerpo se refrescaría: ·El color se te pone más tenue, no es amarillo verdoso, sino más suave”. Fatal descubrimiento, eso mismo había notado la noche anterior luego de bañarse, pero al despertar estaba más verde que nunca.

Llegaron las doce y el frustrado Jorge se dirigió al laboratorio. Su conocido lo calmó: “No hay nada que indique ninguna, pero sí tenés un problema hepático”. De ahí, literalmente, voló hacia el médico que lo esperaba, sus palabras fueron tranquilizadoras: “Cuidate, no hay nada importante pero es raro el color, quizás una alergia a ropa nueva o a algo más”. Jorge lo miró y le preguntó si podía ser alguna enfermedad que viniera de un animal, ya que su perra Panda, que solía dormirse a veces a su lado, también estaba con mechones verdosos. “No creo”, fue la sintética respuesta que tampoco lo dejó tranquilo.

El trayecto hacia su casa añorando el viaje inconcluso, se hizo corto. No paraba de pensar en lo que le había dicho el médico… ropa nueva… hacía meses que no compraba… y si era por la ropa, ¿por qué Panda también tenía esa coloración azulada verdosa?

Cuando abrió la puerta de su casa, notó que la pequeña y saltarina compañera, que había quedado dentro del domicilio por el frío, había cambiado sus manchas blancas ya por un azul intenso. La cabeza trabajaba a mil, el viaje perdido, la alergia, los análisis, los médicos, el viaje perdido nuevamente, todo eso en el camino a la pieza para asegurar algo recordando las palabras del médico que resonaban en sus oídos. “Alguna ropa nueva”.

La puerta de la habitación estaba entreabierta y en la cama una especie de hundimiento semicircular, clásico donde momentos antes ha dormido un perro. Y allí, además de la prueba del delito canino estaban las sábanas nuevas, regalo reciente de su ex esposa, de un fuerte color azul que brillaba más que nunca.

Ene se momento vinieron a su memoria las clases de Plástica, en la secundaria, “azul más amarillo: verde”. Su ataque hepático se había aliado en un cruel pacto con las sábanas nuevas con el solo objetivo de impedirle ver el mundial.

 

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Mundial 2030: un evento modernizado

Las calles estaban despobladas, un extraño silencio reinaba en cada rincón de la Argentina. Las modernas pantallas digitales con imágenes 4D, se habían vendido como nunca. A los clásicos visores individuales de cinco años atrás, se les habían agregado pequeños rociadores, que diseminaban agua en micro partículas sobre los televidentes cada vez que un jugador era enfocado por las cámaras robóticas mientras se esforzaba en una jugada.

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La hermosa frase de Don Tomás

La presencia de don Tomás de Rocamora, en 1782, permitió la elaboración del primer documento económico, informe que reviste enorme trascendencia para la región, pues auguraba el 11 de agosto de aquel año que “fuera pleitos, valga la razón y asegúrese Vuestra Excelencia que ejecutado como planteo, antes de muchos años será la de Entre Ríos la mejor provincia de esta América”.

En marzo, junio y octubre de 1783, el fundador de pueblos, materializaría la puesta en marcha de las villas de San Antonio de Gualeguay, Concepción del Uruguay y San José de Gualeguaychú, respectivamente.

 

Leer más sobre la historia de Entre Ríos: https://www.entrerios.gov.ar/portal/index.php?codigo=32&codsubmenu=34&menu=menu&modulo=

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Hazaña acuática

Por Eugenio Jacquemain

 

La costanera de Gualeguaychú es muy particular, una amplia avenida surcada al medio por pérgolas que suelen poblarse de enredaderas en el verano, extensos veredones que albergan a cientos de personas los fines de semana, que no distinguen al local del turista y permiten ser surcados por ambos apaciblemente, sin ninguna queja. A su lado, un suave recorrido de espejos baña su flanco, en épocas de creciente, ese andar se transforma, golpea fuertemente los gruesos murallones que resisten heroicamente desde hace muchísimos años.

Los obeliscos, paisaje obligado en el centro del paseo, se mantienen firmes con el paso del tiempo. Donde otrora moraba la figura de Francisco Ramírez, ahora vemos un pequeño camino que oficia de puente para acercarnos a un sitio panorámico y disfrutar un café. Hoy de la imagen corpórea y metalizada de Pancho se desconoce su paradero y muchos ya lo recordamos vagamente, quizás se encuentre durmiendo con aquellas imágenes de las dos pequeñas torres que se erigían a su lado, pero que para nosotros, púberes de tan solo 10 años, parecían más altas que el viejo ciprés del cementerio.

Allá lejos, al final del recorrido, se erige triunfante el viejo pero remodelado puente naranja, pocos recuerdan su real nombre, quizás por esa vieja costumbre pueblerina de cotidianizar los rótulos ostentosos con que se bautizan las obras en cada inauguración, Sobre ese puente se tejen mil y una historias, no faltan las de ahogados o pruebas de valor lanzándose al río, tampoco los candados que entrelazan corazones oxidándose en sus barandales o aquella vez de la asonada militar donde se amenazó con volarlo para evitar el paso rebelde.

Pero ese día era diferente, era nuestra prueba, nos sentíamos nadadores olímpicos disputando una final. No pasábamos los ocho o nueve años ninguno de los cinco que teníamos que demostrar, en tan solo cien metros, lo que durante dos meses habíamos aprendido.

“No puede ser que tengas un río al lado y no sepas nadar” me repetía una y otra vez mi padre, orgulloso de su trabajo en los Ferryboat que trasladaban los trenes por donde hoy se unen en un abrazo de cemento, Entre Ríos y Buenos Aires.

Y había que darle el gusto al viejo, el no estaba en la ciudad pero cuando volviera tendría la noticia tan esperada desde mamá “Tu hijo ya sabe nadar, tu hijo cruzó el río, desde el balneario hasta el Neptunia” y yo me iba a hacer el desentendido, minimizando la hazaña como cuando le mostraba el boletín de la escuela, en el cual nunca habitó un diez pero tampoco un cuatro.

Y sí, ese día era especial, para mí y para él, capaz también para la vieja, pero ella ocultaba sus emociones diariamente, daba clases de mañana y de noche, por ese entonces, la plata no alcanzaba. Ella volvía cansada al igual que los siete días que el viejo desembarcaba, cansados los dos, pero orgullosos de traer lo necesario al hogar.
Pero estamos perdiendo el hilo de lo que hablábamos, mi familia era una más de tantas de una pequeña ciudad. Lo que iba a contarles era otra cosa, era la hazaña de alguien, que con tan solo nueve años cruzaría el río a nado. Para alguien que solo intentaba, para aquel entonces, el básquet, era toda una epopeya, no por algo mis amigos me decían ojota, refiriéndose a que no servía para ningún deporte.

Y llegó el ansiado día, el frío del agua era solo una anécdota, nuestros cuerpos estaban dispuestos al sacrificio. El profesor, estricto y duro por el lapso de instrucción, no movía un músculo de la cara, su mirada estaba rígida en nosotros. No se veían gestos de aprobación o desaprobación, sus manos callosas y firmes sostenían los remos de la vieja canoa despintada. “Ahora al agua y a nadar, en línea, un metro entre uno y otro, al agua ya” se escuchó con voz firme y fuerte y ahí fuimos, en un pequeño espacio cinco corazones comenzaron a bracear para llegar a la meta.

Los gritos por el megáfono de latón nos guiaban desde la embarcación. El río era nuestro cómplice manteniendo una superficie lisa y llana para aliviar el desafío, se encontraba despoblado de otras embarcaciones. Ese era el momento para la hazaña, los planetas se alineaban a nuestro favor y no lo íbamos a desaprovechar.

Juan fue el primero en decir a mitad de camino “profe, no doy más” y ese fue el primer golpe. Juancito era el más resistente de nosotros, quizás un mal día o la chocolatada que se tomó antes de meterse al agua lo había complicado, pero…. Si él no llegaba…los demás podríamos?

No sé quien le siguió pero la frase la volví a escuchar segundos después, por unos minutos imaginé que llegaba solo y el resto en la canoa. Son esos momentos que tenemos los argentinos, aun chiquitos, de creernos superhéroes individuales, esos famosos cinco minutos de fama que nos caracterizan, convirtiéndonos en seres cuasi egoístas que especulamos con los errores del otro. No, no estoy siendo duro, así somos y así nos ven, ¿por qué un niño de 9 años sería diferente al resto? Otra vez me estoy yendo del tema, quizás sea intencional para evitar recordar el final y poder viajar en una máquina del tiempo y alterarlo.

Quedamos en que escuché por segunda vez la frase desesperanzada de agotamiento y fue instantáneo. Como si careciera absolutamente de personalidad, de un segundo a otro me sentí cansado, saqué mi cabeza del agua no solo para respirar, mire hacia adelante buscando la costa tan ansiada y aun faltaba un tercio del camino. Ahí miré a los costados, me sentí más solo que Sampaoli festejando un gol en Rusia 2018, el resto del grupo estaba abrazado a la canoa.

Ver esa triste imagen con los ojos de un niño es doloroso, mis lágrimas se diluían en el curso del río perdiendo importancia, las caras de mis compañeros denotaban sentimientos encontrados, trataban de darme fuerzas a la vez que expresaban una sana envidia, si es que puede existir eso.

No podía más, no iba a llegar ninguno si yo abandonaba, pensé en mis padres y en los de los demás. Lo habíamos charlado y les pedimos que no estén, que no nos vieran, queríamos darles la noticia de haber cruzado el río y ahora no podríamos. Levanté nuevamente la cabeza, pensé por un instante que nadaba al revés, creí ver aún más lejos que antes la costa a alcanzar y comencé a pensar en las excusas al llegar a casa.

No tardé mucho en tomar con mis pequeñas manos el borde de la embarcación, ya estábamos todos sostenidos de esas viejas maderas cual sobrevivientes de un naufragio. El profesor arriba, sin un gesto de desaprobación o reto, pero ya los iba a tener, habíamos fracasado.

Remó hasta la otra costa con el lastre que significábamos todos los expedicionarios sostenidos de la canoa. Cuando llegamos y nuestros pequeños pies tocaron la arena, nos miró, colocó los remos dentro con mucha paciencia como lo caracterizaba y nos dijo, exactamente con la misma voz firme que nos echó al agua y que nos alentaba cada brazada. “Llegaron, cumplieron, avisen en sus casas que lo lograron. No van a mentir, llegaron desde que se decidieron a intentarlo, desde que pensaron que podían, esto es un logro, no un fracaso”. De esta manera recibía una de las lecciones de vida más importantes.

Hace un par de años falleció mi viejo, mamá aún vive, nunca supieron la realidad. No he vuelto a ver a mis compañeros de aquella época y solo recuerdo el nombre de Juan. No sé si habrán dicho o no la verdad, para mí este era, antes de contarles, uno de los secretos mejor guardados del mundo, quizás porque me convencí que la verdad era que sí habíamos logrado nuestra meta, ¿el trecho que faltaba? Eso sí es anecdótico, no importaba ni va a importar.

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La que murió de amor

La dama de la imagen es Isabel Frutos, conocida en la historia de Gualeguaychú como “la que murió de amor”.

Fue hija de don Benito Frutos y de Doña Petrona Carmona.

Cuentan las crónicas de la época que Isabel se enamoró perdidamente de un forastero, un modesto empleado de comercio, pero su padre, arguyendo el escaso porvenir del joven, se opuso tenazmente al noviazgo.

Ofendido en su amor propio, el forastero se alejó de Gualeguaychú. Isabel enfermó de pesadumbre y murió con 19 años recién cumplidos.

Su muerte temprana inspiró a su primo, Olegario V. Andrade quien escribió un poesía que comienza así:

 

 Cual luz fugitiva que cruza la esfera

cual rosa marchita del viento al nacer

así se concluye tu triste carrera

mi joven amiga, mi tierna Isabel.

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Otoño de ocres y azules rojizos

Vero Toller

Otoño. Inhalaciones más frescas, respiración rojiza-ocre-azultarde-maíz… Vienen los últimos verdes mezclados con sombras nuevas. Pircas que dibujan líneas de horizonte. “Hay que andar con el alma hecha un niño, / comprenderle el adiós a las hojas / y acostarse en su sueño amarillo”. Las montañas plantan su silueta oscura mientras la luz se cae detrás en iridiscencias naranjas, y pasan del gris al violeta, lejos, con campos brotados en frutos al pie. “Te recuerdo como eras en el último otoño”, escribió Neruda; “en tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo… hojas secas giraban en tu alma”. ¡Uf!  Y no es tristeza, para mí, el otoño; ¡es vida que se guarda! Para volver. Vientos que nos despiertan. Frescos que nos hacen volvernos hacia adentro. Quién dijo nostalgia. Suena un ala, muy cerca; crujen los pies en las hojas. Se van durmiendo las ramas… Reposo. Todo se lo va comiendo el atardecer. Y si el otoño es en Mendoza, hay que llenarse “la piel de tonadas”, como decían Jorge Sosa y Damián Sánchez. Porque…

No es lo mismo el otoño en Mendoza,
hay que andar con el alma hecha un niño
comprenderle el adiós a las hojas
y acostarse en su sueño amarillo

Tiene el canto que baja la acequia
una historia de duendes de agua
personajes que un día salieron
a poblarnos la piel de tonadas

La brisa traviesa se ha puesto a juntar
suspiros de nubes cansadas de andar
esta lluvia que empieza en mis ojos
no es más que un antojo de la soledad

Es posible encontrar cada nombre
en la voz que murmuran los cerros
el paisaje reclama por fuera
nuestro tibio paisaje de adentro

Ser la tarde que vuelve en gorriones
a morirse de abrazo en el nido
y tener un amigo al costado
para hacer un silencio de amigos

La tarde nos dice al llevarse al sol
que siempre al recuerdo lo inicia un adiós
para quien lo ha vivido en Mendoza
otoño son cosas que inventó el amor

 

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Autorretrato literario

El retrato de Miguel de Cervantes Saavedra pintado por su amigo Juan de Jáuregui es el único cuya autenticidad no se discute, ya que debajo del cuadro el mismo Cervantes escribió:

 

“Este que veis aquí, de rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, alegres ojos y la nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligera de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros…”

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