Sin filtro

Amor constante más allá de la muerte

¿Cómo escribir un artículo desde el dolor profundo? Sin embargo hoy he ido a la casa de mi madre. Soy huérfana de padre y ella viuda desde hace una semana. La colonia fresca y los papeles están por toda la casa. Las cosas no saben de su partida. En la inercia de sus cuerpos tal vez lo esperan, como nosotros…

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Teatro vacío, por Mariela Charadía

A veces, hace falta el vacío para poder ver.

Era una noche de invierno. Sin saber por qué, de pronto me encontré sola, parada en el escenario de un teatro vacío. No estaba el director de la obra, ni los productores, ni los actores, los utileros y mucho menos los espectadores.

Tengo que actuar…, tengo que actuar… pero no sé en qué ni cómo.

Pasaron horas; no encontraba una respuesta ni sabía tampoco si era un sueño o pura imaginación. Sólo sabía que debía actuar lo antes posible. Para mi sorpresa, mi vida comenzó a transcurrir en ese escenario. Aturdida, comencé a recorrer  lo que habían sido mis años hasta ahora. Entendí entonces…

No hace falta actuar, sólo contar…

Aparecía de a poco aquella novela  cargada de sueños, alegrías,  frustraciones, cargada de vida, de mi propia vida. Y fue en ese momento en el que me di cuenta de que el teatro no estaba vacío. Que las alegrías, tristezas, aciertos y desaciertos nunca se correrán. Cómo estar vacío el teatro si sólo con los sueños ya lo llenaba, cómo estar vacío si las risas fueron muchas y ni hablar de las lágrimas, las decepciones, los fracasos.

De pronto, había una protagonista. Una joven charlatana, bailarina, soñadora; se la veía amiguera y escritora, lista para llevarse el mundo por delante. Y me vi allí, y sentí que fue el mundo el que se la había llevado a ella.

La obra comenzó, los actores entraron a escena y el director estaba allí, frente a mí.

Dios, mi gran protector, el que dirige mi vida aunque a veces no lo escuche, el que guía mis pasos aunque a veces no lo vea.

Estaba allí, Él, sosteniendo a mi personaje, sosteniendo la obra que será el éxito de mi vida. El teatro ya no estaba vacío. El público iba entrando hasta llenar la sala. Gente querida, mis hijas amadas, mi amado incondicional, mis padres. Y mi hermano, el gran ausente de la noche.

Mariela Charadía, 2017

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Ejercer la palabra, por Elena Villemur

Por Elena Villemur

Me encantan las palabras raras, las difíciles y las sonoras.

Me atraen la tautología, los juegos de palabras y la capacidad que tienen algunas de ellas para contener, por sí solas, una definición, por compleja que sea o que parezca.

Me fascinan las frases susurradas, la calma que puede transmitir una mirada directa al corazón y esa sensación de estar en el cielo que provocan mis hijos, el hogar y las buenas compañías.

Siento placer cuando las posibilidades se conjugan con el amor y la capacidad, y otorgan el poder de abrazar a las personas y a las cosas, ya no con el cuerpo sino con el corazón.

Las palabras estrepitosas y gritadas, esas que sacuden y provocan dolor, me inmovilizan. Son como un no rotundo, como el riesgo de que nunca sea para siempre.

Resultan tan contundentes el silencio y la hostilidad como el odio y la traición.

Las palabras son como algunas personas: tanto pueden impedir como  hacer callar; abrir y dar vida como permitir o invalidar.

Algunas veces, siento que son como una oración pagana que suplica ayuda para superar la soledad.

Creo en el poder de la palabra, en su fuerza y contundencia. La palabra no expresada, en cualquiera de sus formas (me parece) es una deuda con la vida.

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DESIERTO, por Verónica Toller

Una luna de obsidiana le recorre los ojos,

se agita y se despeña por su piel oliva.

Huyen silencios morados destejidos al aire.

Empozadas de espanto,

miradas errantes tallan cuevas deformes.

La noche es enemiga,

noche-enemiga-dolor-y-llanto-y-pueblo-desgarrado,

noche premonitora de fiebre y de silencio.


Cuerpos que tiemblan, muy cerca.

Cuerpos partidos, muy negros.

Cuerpos que acechan.

 

Cuando llegue el alba

destaparán sus rostros y lanzarán al aire su mordedura de fuego.

 

Mujeres sin espera.

Mujeres secas.

Hombres.

Lluvia de odio

quebrará la espina dorsal del desierto.

 

Falta.

Cuando asome el alba.

Casi nada.

 

La luna de obsidiana está partida en cuatro.

 

Verónica Toller

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Luz macerada, por Alba Giacopuzzi

Por Alba Giacopuzzi

 

¿Y si plantáramos albedrío?

Para desandar amaneceres

y atardeceres en armonía.

Descargando en nuestros pasos

las contradicciones que nos inundan

cuando el silencio, el desamor, el llanto

nos hieren.

 

Sólo un color tierra otoñal

parecido al aromo

puede rescatar este atardecer desarraigado

y devolverlo en alba.

Luz macerada. Natural humildad

que ya se acerca.

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¡Chau!

Los alumnos del primer grado de la Escuela Nº 1 Gregoria Matorras de San Martín le dijeron “chau” a la cámara de Infoner, pero también al primer año de la etapa que están apenas comenzando. Junto a la seño Miriam aprendieron a leer, a escribir y a contar “hasta cien”, según nos aseguró Bautista, con su sonrisa brillante y desportillada y sus ojitos achinados producto de la intensidad del sol en el muelle.

 

 

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Ítaca, la nostalgia del regreso

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

 

Ítaca es la isla natal de Odiseo. Isla de tierra empobrecida donde apenas rebaños de cabras y ovejas pastan duros pastos entre las rocas. Solitaria, está del otro lado del continente. No pertenece al archipiélago del Egeo donde cortes aristocráticas pasan sus días en el convivio del banquete y dando origen a la mélica.
En Ítaca se trabaja duro. Hasta su propio rey, Odiseo, talla en una encina su lecho nupcial, lecho inamovible, arraigado al suelo, como su amor por Penélope.
Su viejo y antiguo padre cuida de los frutales, y unas pocas criadas entre las que se destaca Euriclea bastan para atender el palacio
Al ser llamado para participar de la guerra de Troya por pertenecer a la Confederación liderada por Agamenón solo aporta pocas naves. Ítaca se halla del lado de la noche. Después de que la argucia de Odiseo idea el armado del caballo, después de la caída de la Troya priámida, Odiseo regresa, su nostos será largo y plagado de peripecias. Los vientos adversos le impedirán llegar a Ítaca. Allí, Penélope asediada por pretendientes teje una mortaja para su suegro Laertes y desteje por la noche la labor del día. Su pretexto es que elegirá al futuro rey cuando termine la tarea. El ovillo rueda de día y con él los pensamientos de Penélope traman las ilusiones del arribo después de 20 años, a la noche se desarman sus esperanzas y el ovillo de la angustia vuelve a formarse con las marcas de sus entretejidos. Aguja que va y viene, como el pensamiento, como el mar que se llevó a su esposo. Agujas que no acaban la mortaja porque Laertes no puede morir sin ver llegar a su hijo.
En Ítaca se hornea el pan. Ítaca es la madre universal que se ve desde la lontananza por el humo que despide la chimenea. Ítaca es el destino del hombre que renuncia a la seducción de la inmortalidad y se elige como mortal para envejecer junto a su esposa.
Ítaca es el hijo, el heredero, Telémaco, (tele: distancia, maӽos: guerra) el que creció cuando su padre estaba en la guerra contra la murallas de Troya.
Nada hará cambiar la decisión de Odiseo de poner pie en la “rocosa Ítaca”. A diferencia de Helena, Penélope es un ejemplo de amor conyugal. Aun así pondrá a prueba a su marido antes de aceptarlo. Los veinte años transcurridos y la metamorfosis de su daimón: Palas Atenea lo han transformado para que lleve a cabo la venganza contra los que han devastado la economía de su reino. Ítaca es la casa, el arco que reconoce solo la mano de su dueño, el perro fiel que muere cuando ve llegar a su amo, la honradez de Eumeo y Euriclea. Ítaca es la llave que abre las puertas al mundo cotidiano. La que nos ha visto crecer y que seduce más que los lugares fabulosos. Es el vientre y será sepultura. Ítaca es también el destino del hombre que debe emprender el viaje, cuanto más largo mejor, para volver enriquecido al hogar. Ítaca es la añoranza de los perdidos en las grandes urbes, en los espacios del anonimato. Ítaca es el huerto, el árbol, la raíz, la matriz. Un viaje hacia el inframundo y los pecados y un ascenso victorioso para ser un héroe doméstico capaz de poner la casa en orden.
Ítaca son doce aros y una flecha en el blanco. Doce el resultado del cuatro, número terrestre porque en él están los cuatro puntos cardinales multiplicado por un número divino y trino. Ítaca asentada en la tierra con todas sus ventanas a los cuatro vientos deja entrar el aliento cósmico. Por eso cuando algún navegante, o un peregrino, o simplemente un hijo se va debemos decir como los antiguos griegos:” Que los vientos te sean propicios pero no olvides que Ítaca aunque flotante te espera con el pan recién horneado y un ovillo que teje la esperanza del regreso”.

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Fernanda Portela: el despuntar de la poesía

NADA

Entre estrellas y desiertos,
la vida palpita.
Con cada paso plateado
respiro vientos de fuego.
Son las campanas que marcan el ritmo,
son los atardeceres
testigos de mi desolación.

Quizá venga un pájaro
y cante en mi presente.
O sea yo
la que le enseñe a volar.
Puede venir un relámpago
y quebrarlo todo,
o unirlo.

Ya no distingo
si estoy entera
o soy esa pequeña nada.

(Fernanda Portela lleva la letra en la sangre. Es hija y familiar de escritores. Hoy publica por primera vez. Muy pronto, veremos aparecer su primer libro). 

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Ñandubaysal, donde el cielo y el río se confunden

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

 

Era tanto el azul que creí ser un alma
nadando eternidades.
Abierta ante lo abierto yo fui ave.
Sobrevolé el inmenso cielo de aguas.
Las alas de espíritu crecieron.
Etérea y leve remonté del suelo
ya no hubo más tiempo.
Vacía de recuerdos
me llené de infinito.
El ser era un latido que flotaba
arrastrado al antojo de las olas
pretendía arribaren esa línea
que es solo una ilusión y no se alcanza.
Hice pie en la arena profanada
Llegaba de un paisaje de aguas claras
No tenía firmeza, no arraigaba
en la historia del hombre que no es nada.

Poema inspirado en el Balneario Ñandubaysal. Un verdadero paraíso natural a pocos kilómetros de la ciudad de Gualeguaychú. Ubicado frente a la ciudad hermana de la República Oriental, Fray Bentos, constituye antes del verano un refugio de belleza apto para la meditación y el descanso. El hombre parado ante el río puede ver la curvatura del mundo y también la afrenta a la inocencia del medio ambiente cuando la chimenea de la pastera Botnia lanza su bufido de humo. Sauces, ceibos, coronillos, espinillos, pinos, laureles, senderos, flores naturales rastreras y colgantes se acercan hasta la costa. El cielo y el río se reflejan, se miran, se espejan…. Y ante tanta inmensidad está el hombre: hambriento de preguntas y consciente de su pequeñez.

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Crimen y venganza

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

El pudoroso barrio de trabajadores se sorprendió cuando aparecieron. Para sus discretas costumbres verlos abrazados era casi un escándalo que se alimentaba entre escobas y veredas. .Habían llegado con ropas transgresoras, tatuajes y peircing que a principios de los 90 eran toda una novedad. Uno era corpulento, destilaba una fuerza animal; el otro de figura delgada, ojos claros tenía algo de ángel y demonio. Usaban botinetas a pesar de aquel diciembre tórrido donde la sombra de los paraísos no alcazaba para mitigar el ardor del barrio con cortinas corridas para dar a la penumbra un pretexto al espío. Al mediodía, los perros se echaban contra las casas, alargándose, afinándose para evitar los rayos del sol.

Ellos entraban y salían constantemente de la casa de uno de los vecinos más queridos y antiguo del barrio. Don Coria era el resabio de un histórico modo de vivir, el último arriero que quedaba. Había renunciado al nomadismo cuando las tropas fueron trasladadas al matadero en camiones jaulas y se asentó en su casa. Sentado en una banquilla de junco, bajo el paraíso en flor, cebaba mate con la pava que Luisita, la nieta que él y su esposa habían criado, tenía que calentar con frecuencia.

Verlo caminar era para mí el asombro, un personaje salido de libro. Su sombrero de paño y ala ancha, su rastra ornamentada con monedas que destellaban al sol , el facón atravesado , el pañuelo de seda al cuello, bombacha amplia rematada en un puño donde nacían sus impecables alpargatas habían hecho de él un patrimonio del vecindario que todos apreciábamos y respetábamos. Los niños le decíamos abuelo. Los ojos celestes se fueron aclarando con la nostalgia y la quietud y el paraíso le dio la levedad del mito. La ceguera le devolvió los caminos de tropero…

Ellos se alojaban en su casa. Hubo alegría cuando reconocieron que uno era el hijo de una de sus hijas tragada por la gran ciudad y que había perdido el rumbo de las costumbres conservadoras de ese hogar extremadamente limpio. La abuela y Luisita barrían con esmero el patio con parral y aljibe. Más al fondo una glicina colgaba su aroma violeta azulado y entre las juntas del ladrillo quedaban apresados los pétalos que las hormigas no tardaban en recoger. Seguir la trayectoria de obreras con mochilas de cielo era para Luisita y yo uno de los juegos preferidos.
La extraña pareja ocupó uno de los cuartos vacíos y la abuela tendió la cama con sus mejores sábanas, aquellas que envolvía en un papel azul para que no se pusieran amarillas.

El extraño nieto y su amigo recorrían la ciudad, hacían vida de turistas y solo regresaban para los horarios de la comida y a altas horas para dormir. El abuelo, en la matera, los sentía alejarse por la calle de tierra y sacudía la cabeza. Una vergüenza afrentaba su honor de hombre de intemperies.

La Navidad se acercaba y la abuela puso sobre la mesa la harina y en el nido echó la tibia levadura y la esencia de naranja y vainilla. En el otro extremo Luisita le quitaba los cabos a las pasas y molía algunas nueces que un vecino le había acercado en una bolsita. Todo el barrio recibía la porción de Ángel, el albañil que vivía enfrente. Tenía un nogal. Ángel presentía que aquellos muchachos traían al barrio un olor oscuro y pecaminoso.

La pareja de ancianos había tenido tres hijas. Las tres se habían ido a buscar suerte a Buenos Aires. La mayor entre lágrimas dejó a Luisita cuando apenas contaba un año y cuando pudo llevársela, la niña no quiso dejar a sus abuelos. Cada tanto dos de las tres hijas venían unos días de visita y se encontraban con amistades de una juventud que creían olvidada. Solo la más chica después de haber tenido tres hijos, había huido del hogar y pasada la pasión por el responsable, transitó la calle. Sus hijos quedaron con el padre. El rostro de Rita, la madre que los abandonó había quedado grabado a fuego en el alma de ese joven que venía a reconocer sus orígenes perdidos. La levadura aumentada tres veces su tamaño se incorporó a la masa para seguir leudando.

Enmantecado el molde, la abuela vertió la mezcla y Luisita hundió prolijamente los frutos secos. Secos como los sentimientos del joven, masa leudada, como la necesidad de venganza que no dejaba de desbordarlo, un horno encendido caldeando aún más la temperatura del hogar, como el fuego del odio ante el abandono. Su vida era un infierno. Fue tal vez la falta de amor maternal lo que lo inclinó a temerles a las mujeres.

El destino, las causalidades inexplicables tejieron los hilos para que la hija perdida, la oveja descarriada, apareciera tres días después. Venía a reconciliarse con sus padres, a brindar por el regreso que ya no esperaban. Avejentada y fláccida era una máscara de maquillaje matutino que se diferenciaba de las caras lavadas y el pelo recogido de aquellos vecinos “que se habían quedado en el tiempo”. El olor a noches la envolvía junto al humo del cigarrillo.

Cuando salió del cuarto de Luisita donde dormiría y donde había dejado el equipaje y se topó con el hijo menor no hubo necesidad de palabras. Ninguno de los dos había planeado este encuentro. Ella lo abrazó llorando de arrepentimiento, él la abrazó con su odio de años.

Las fiestas pasaron bajo una aparente paz. Pero el tranquilo hogar de los abuelos respiraba por las pequeñas ventanas lo que se estaba leudando. Del pan dulce solo quedaban migas. El odio recalentado estaba intacto. Una noche Ana, la vecina de al lado escuchó una discusión. Los perros ladraron. Enero y el carnaval anticipado en esa ciudad tapaban todo sonido, todo ruido. Enero abría a la noche sus cornetas y tambores y los platillos golpeaban corazones metálicos, corazones golpeados, cuchillos afilados que repercutían en los movimientos de la pasista de la batucada.

Luisita había ido al corso y se quedaría a dormir con Silvi, su amiga de siempre. Yo era una amiga ocasional a la que le gustaba más la casa que su amistad. Fue ella la que tardíamente me despertó el amor por los muñecos.
Al otro día, la mañana amaneció nublada. Enero daba una tregua y muchos aprovecharon para dormir. Ángel vio como la pareja cerca de las diez de la mañana subía a un auto de alquiler. La lluvia se descolgó y hubo un penetrante olor a tierra mojada, las grietas ablandaron sus bordes, las glicinas se revistieron de lágrimas y la cuneta arrastró papeles de helados y colillas de cigarrillos. Llovió todo el día. El cuerpo del barrio extenuado se relajó en una larga siesta. La nana del zinc lo arrullaba.

Al atardecer había cesado la lluvia y una brisa fresca barría las nubes, tornasolado apareció el arcoíris.
Luisita regresó. Golpeó la puerta principal y la de chapa que daba al patio pero nadie le abrió. Los abuelos jamás salían. Entonces se apresuró a buscar la ayuda de Ana. Tal vez la dejara pasar por el muro bajo donde trepaba la hiedra. Ana -contó después- sintió en su cuerpo una electricidad que le hizo chispear los dedos.

─¡Néstor!, subí al tapial y fijate si ves a los abuelos─, gritó a su sobrino que estaba en el fondo arreglando un macetero.

Néstor pegó un salto y ayudado de los codo se puso a ahorcajadas. En la casa las luces de todas las habitaciones estaban encendidas. Los vidrios mojados y empañados apenas dejaban ver el interior. Algo, no obstante le hizo entrecerrar los ojos y concentrar la fuerza de su vista: una sábana blanca cubría algo en el piso de la cocina. Llamaron a Ángel y tiraron abajo la puertita endeble de chapa. En la cocina, bajo una sábana blanca estaba la abuela. Degollada, apenas una arteria sostenía la cabeza al cuerpo frío, en sus manos había sangre. Había luchado contra el asesino. En el comedor, estaba Rita. Tenía en su vientre 20 puñaladas, veinte como la edad del hijo, vientre expulsor abría 20 puertas para seguir echando hijos después de muerta. En la cama, con sus claros ojos celestes, estaba Don Coria, lo habían sorprendido en mitad de su sueño plácido de hombre en paz con la vida. Su mirada muerta tenía el color de las glicinas.

Sacudido el barrio ante el triple crimen se avergonzó. No estaba acostumbrado a ser escenario de violencias, era un tablado de trabajo y de gente de siempre. La policía, las ambulancias, la prensa, el aparato judicial invadieron la casa del arriero. Su facón descansaba limpio en la mesa de luz. Luisita, abrazada a Ana, vio cómo se llevaban a sus abuelos y a esa tía casi desconocida en un atardecer que abrió las madreselvas del barrio para despedir al último arriero con el dulzor de la pena. Los asesinos fueron encontrados tres días después en el norte del país tratando de cruzar la frontera. Han pasado treinta años y a la casa la seguimos llamando la casa de Don Coria. El paraíso resiste y en nochecitas de enero me parece ver su sombrero y una bombilla que relumbra bajo la luz de la primera estrella.

 

“Crimen y venganza” es un cuento basado en un hecho real.

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