CELULAR Y LITERATURA. Una mujer con lanza

Camino por Cabildo. El aire de marzo anuncia el otoño y aunque el sol es cálido siento una agradable sensación de liviandad. Llego a Olleros, estación del subte D. desciendo junto a otras personas que adiestradas en la repetición de sortear peldaños pronto me dejan atrás con esa impresión de que desciendo al Hades donde rugen dragones.

Por Marta Ledri, escritora y profesora en Letras

 

Enrarecido el aire se me pega a la nariz que hasta hace unos instantes había gozado de la frescura de la brisa. Me quito el abrigo y sigo bajando  hasta esa ciudad de pasadizos que indican “Salida”, a Congreso de Tucumán o Catedral.  Hay salida – pienso con alivio, no estoy custodiada por Caronte-  es que desde hace un tiempo preferí vivir en el mito que es mucho más real que  lo que se dice realidad. Busco mi Sube. El molinete gira y en el andén veo en la pantalla que aún faltan tres minutos para el próximo tren.

A lo lejos se vislumbran los ojos de la humeante fiera que se detiene y abre sus puertas. Apresuramiento, choques entre los que bajan y los que pretenden subir; yo entre ellos soy una anónima más, pero soy yo.  Al cerrarse las puertas advierto con agrado que hay aire acondicionado. No hay butacas libres. Casi todas están ocupadas por hombres. “Eso te pasa por feminista- pienso- ahora no te quejes. Resignada me tomo de un pasa manos.

La epidemia de la Gripe A me dejó la saludable costumbre de llevar en mi cartera alcohol en gel. Es entonces cuando advierto que los tres vagones, cada uno con seis butacas enfrentadas llevan pasajeros ensimismados en el celular. Los que van de pie también, saben manipular  los pulgares y hacer equilibrio mientras que entre las piernas sostienen un portafolio o mochila.

Yo observo porque de la visión nace la escritura. En mi vagón solo un hombre lee. ¿Qué pasa para que once pasajeros estén tan absortos en la pantalla diminuta de este aparato que cambió  las formas de comunicarse.? ¿Tan urgente es la necesidad de enviar un mensaje? ¿Tan irresistible es el sonido o vibración que no puedan esperar para abrir el mensaje? No existe la alteridad. Ni siquiera hay curiosidad  por las diferentes maneras de vestirse, de teñirse los cabellos, de asombrarse ante la diversidad…

Ya nadie dormita como hace unos años. Los vendedores pasan de largo  y ya no dejan sobre las rodillas limas de uñas, estampas, lapiceras. No, el pasajero va embrujado, va hipnotizado en un rectángulo que lo conecta con alguien lejano. Seguramente mandando banalidades.

Es entonces cuando mis locas preguntas aparecen: ¿qué hubiera sido de Don quijote y Sancho en el camino de Montiel hacia Sierra morena si el ama, la sobrina, el cura o Maese Nicolás hubieran tenido un celular?

_Alonso, ¿por dónde vas? ,¿cómo se encuentra Rocinante?, ¿sabías que Teresa Panza le ha dicho a sus vecinos que estás loco y que  has enloquecido a su marido?

De haber sucedido esto creo que el ingenioso hidalgo hubiera arrojado a los campo el encantado aparato de Frestón o hubiera regresado. El celular roba tiempo. Roba instantes de visión irrepetibles. No deja ver gigantes, no nos deja a ver a nosotros mismos. Hemos trocado la lanza por un Android o Ipod.

También pensé en Romeo: “Julieta estoy en Mantua, no te desanimes, finge estar muerta que llegaré a media noche para huir juntos” Claro, no hubiera existido una historia de amor trágica, ni los espectadores del teatro isabelino hubieran salido del Teatro El globo satisfechos.

¿Y Santiago Nazar, la víctima ignorante de Crónica de una muerte anunciada. “No entres por la puerta delantera, allí están los Vicarios para matarte. Huye o ven a casa que mi hermana Margot te esconderá”. No hubiera habido una nouvelle tan atrapante donde el empecinado destino logra burlar al propietario del Divino rostro.

Roberto Arlt qué hubiera escrito de esta conducta en sus Aguafuertes porteñas.

“De la calle Florida y de sus petimetres; de la calle donde siempre hay «un día convalesciente» de claridad, con sus vidrieras que retuercen de deseos el alma de las mujeres, y con sus mujeres que se llevan los ojos de los hombres que pasan en busca del amor inesperado”

Hoy los hombres van con sus ojos en una pantalla y tal vez el amor de sus vidas ha pasado al lado y no lo vieron.

¿Y Ómnibus de Julio Cortázar?. Los pasajeros no llevan flores, llevan celulares. Yo me sentí hoy como esa muchacha. Era diferente a los demás.

 

 

—Tanta gente —dijo él, casi sin vos—. Y de golpe se bajan todos.

—Llevaban flores a la Chacarita —dijo Clara—. Los sábados va mucha gente a los cementerios.

—Sí, pero…

—Un poco raro era, sí. ¿Usted se fijó…?

—Sí —dijo él, casi cerrándole el paso—. Y a usted le pasó igual, me di cuenta.

—Es raro. Pero ahora ya no sube nadie.

El coche frenó brutalmente, barrera del Central Argentino. Se dejaron ir hacia adelante, aliviados por el salto a una sorpresa, a un sacudón. El coche temblaba como un cuerpo enorme.

—Yo voy a Retiro —dijo Clara.

—Yo también.

Yo era la muchacha pero no tenía con quién hablar. No me bajé en Retiro. Cuando escuché “Pueyrredón” pedí permiso me acerqué a las puertas del lado derecho y bajé en Facultad de medicina.

Dentro de mi cartera la vibración era constante. Crucé la av. Córdoba sin abrir el cierre, con mi lanza y buscando gigantes.

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