Centenario de la Reforma Universitaria: conquistas y desafíos en un contexto complejo

Próximos a cumplirse 100 años de la Reforma Universitaria, la discusión por la educación pública superior vuelve a re-editarse.

 

Por María Agustina Díaz (*)

Especial para INFONER

 

La oleada de respuestas que despertaron en todo el país las declaraciones de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, alzó la voz de docentes y estudiantes en un contexto de permanentes embates a las universidades a través del recorte presupuestario y el vaciamiento de programas educativos, de investigación y de ciencia.

Cierto es que del espíritu reformista lo que más ha trascendido fueron los principios de autonomía universitaria (frente a la Iglesia y al Estado) y de cogobierno (gobierno universitario conformado por los distintos claustros). Pero la Reforma Universitaria fue un movimiento social y político mucho más profundo, que bregó por una universidad popular y latinoamericanista. Movimiento que tuvo lugar en un contexto de fortalecimiento democrático nacional y de ascenso social de los sectores medios. Recordemos que fue en 1916 cuando, tras la sanción de la Ley Saénz Peña que transparentó el sistema electoral, el radicalismo se impuso frente al conservadurismo.

El golpe al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen detendría el proceso abierto por la Reforma de Córdoba. Pero sus principios serían retomados durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Fue entonces cuando se consagró la gratuidad de la enseñanza superior y se crearon las universidades obreras. Así fue como la universidad argentina fue mutando su perfil elitista y aristocrático hacia un perfil popular, de sectores medios y medios bajos.

El desarrollo del sistema universitario nacional, la ciencia y la investigación, continuarían un camino de crecimiento a pesar de los golpes militares a la institucionalidad democrática, la proscripción de partidos políticos y el incremento de la violencia. Pero esta situación alcanzaría su fin en 1966 cuando en el marco de la dictadura de Onganía, las universidades serían intervenidas, los laboratorios destruidos y la literatura crítica censurada. La violenta “Noche de los Bastones Largos” inauguraría un doloroso proceso de fuga de cerebros y destrucción de la soberanía científica nacional que se profundizaría diez años más tarde con el Terrorismo de Estado. Cientos de docentes, estudiantes, científicos y artistas engrosarían las dolorosas filas de los detenidos desaparecidos de la última dictadura militar.

El neoliberalismo quiso terminar con la gratuidad de la enseñanza superior argentina pero no lo logró gracias a la movilización del sector universitario y el acompañamiento de otros sectores sociales que ven en el acceso a la educación universitaria un derecho del pueblo. No era posible que el país que había dado al continente la más importante Reforma Universitaria de su historia, caminara sobre sus pasos.

En pleno auge neoliberal y a pesar de las presiones de los organismos multilaterales de crédito que en toda la región exhortaban a implementar reformas educativas tendientes a volcar los contenidos académicos hacia las demandas del mercado internacional, la gratuidad continuó siendo un principio en la Argentina. En 1995 fue sancionada la Ley de Educación Superior o Ley 24.521 (vigente en la actualidad) que consagra, entre otras cosas, como uno de los objetivos principales de la educación universitaria “profundizar los procesos de democratización en la Educación Superior, contribuir a la distribución equitativa del conocimiento y asegurar la igualdad de oportunidades”.

Desde el año 2003, la universidad argentina tomaría nuevos bríos. Esto se debió no sólo a la creación de nuevas universidades sino, especialmente, al financiamiento de proyectos de investigación, desarrollo científico y extensión universitaria a través de los cuales las instituciones de educación se hacían presentes en los barrios, de la mano del Estado, para co-gestionar políticas públicas. Se impulsó al CONICET con nuevas y mejores becas y se estimuló la repatriación de científicos exiliados en el exterior durante fines de los 90 y principios de los 2000 ya no por motivos políticos sino por motivos económicos.

Al contrario de las afirmaciones de la gobernadora Vidal, las universidades tienen en sus aulas, pasillos y laboratorios a jóvenes provenientes de sectores medios y medios bajos que son la primera generación de profesionales de sus familias. En la mayoría de las universidades del conurbano, así como en la universidad pública provincial de Entre Ríos (Universidad Autónoma de Entre Ríos) las cifras de primera generación de universitarios entre los estudiantes rondan entre el 70 al 90 por ciento.

Cabe señalar que, además, actualmente la población estudiantil y docente de mujeres es mayor a la masculina pero que, no obstante, usualmente los cargos jerárquicos más altos están ocupado por hombres. Sólo a modo de ejemplo, el Comité Ejecutivo del Consejo Interuniversitario Nacional (organismo que nuclea a las universidades públicas del país) está conformado por 17 miembros siendo 15 de ellos varones y sólo 2 mujeres.

Somos muchos y muchas, miles, los y las profesionales que hemos podido alcanzar un título superior viniendo de familias humildes, trabajadoras y con niveles socio-educativos bajos. De hecho, somos la mayoría. Es por ello que para nosotros, para nuestros padres, madres, abuelas, vecinos, amistades del barrio y del club, para nuestros docentes y para muchísimas familias que aspiran a que sus gurises lleguen a tener un título, la universidad pública argentina es un motivo de orgullo.

Nadie niega el esfuerzo personal y familiar detrás de un título pero no hay trayectoria exitosa si no es un proyecto de país inclusivo el que nos convoca y nos contiene. No hay mérito propio que alcance si el país que te parió te da la espalda.

También es cierto que son miles de jóvenes que no están accediendo actualmente a la educación superior o a un trabajo digno (entendiendo como trabajo digno aquel que promueve la realización humana y es justamente remunerado) pero esto no se resolverá cerrando ni desfinanciando universidades. La discusión acerca de educación inicial y media versus la educación superior es una falsa dicotomía que persigue un solo propósito político: legitimar el desfinanciamiento que se está llevando adelante. Y se hace de la peor manera, utilizando un lenguaje clasista, excluyente prejuicioso y condenatorio.

El modelo de universidad aristocrática en la Argentina perdió razón de ser hace exactamente 100 años atrás. La juventud que hoy la habita proviene de los barrios y los suburbios. Transita sus pasillos con dificultades y esperanzas. Persevera. Esto es una realidad que la gobernadora Vidal no podrá desmentir ni tergiversar.
Como dijo un gran líder latinoamericano, argentino y continental, “que la universidad se vista de pueblo” para que el pueblo sea más feliz y nuestra nación más grande y soberana.

 

 

(*) Licenciada en Ciencia Política egresada de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Docente Universitaria. Miembro de la Fundación para la Integración Federal y de la organización de Patria Justa Gualeguaychú.

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