Crimen y Castigo. La piedad por el animal de carga

Para entender la esencia de la nota será necesario leer el fragmento del mejor novelista ruso del S. XIX, Fedor Dostoievski. En su antológica novela Crimen y Castigo, de la cual Freud dijo: “El psicoanálisis se hinca ante Dostoievski”, el protagonista antes de cometer el doble crimen, en su estado febril, se dormita en un banco de plaza.

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

Vienen a él, desde su inconsciente, sueños donde se ve de la mano de su padre y las visiones están plasmadas en este fragmento del Cap. I, primera parte.

-“¿Dónde se ha visto enganchar a un animalito así a una carreta como ésa?
-¡Lo vas a matar! vocifera un tercero.
-¡Id al diablo! El animal es mío y puedo hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid, subid todos! ¡He de hacerlo galopar!
De súbito, un coro de carcajadas ahoga la voz de Mikolka. El animal, aunque medio muerto por la lluvia de golpes, ha perdido la paciencia y ha empezado a cocear. Hasta el viejo, sin poder contenerse, participa de la alegría general. En verdad, la cosa no es para menos: ¡dar coces un caballo que apenas se sostiene sobre sus patas…!
Dos mozos se destacan de la masa de espectadores, empuñan cada uno un látigo y empiezan a golpear al pobre animal, uno por la derecha y otro por la izquierda.
-Pegadle en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! vocifera Mikolka.(…)
Rodia se acerca al caballo y se coloca delante de él. Así puede ver cómo le pegan en los ojos…, ¡en los ojos…! Llora. El corazón se le contrae. ¡El diablo te lleve! vocifera Mikolka, ciego de ira.(…)
Arroja el látigo, se inclina y coge del fondo de la carreta un grueso palo. Sosteniéndolo con las dos manos por un extremo, lo levanta penosamente sobre el lomo de la víctima.
-¡Lo vas a matar! grita uno de los espectadores.
-Seguro que lo mata, dice otro.
-¿Acaso no es mío? ruge Mikolka.
Y golpea al animal con todas sus fuerzas. Se oye un ruido seco.
-¡Sigue! ¡Sigue! ¿Qué esperas?, gritan varias voces entre la multitud.
Mikolka vuelve a levantar el palo y descarga un segundo golpe en el lomo de la pobre bestia. El animal se contrae; su cuarto trasero se hunde bajo la violencia del golpe; después da un salto y empieza a tirar con todo el resto de sus fuerzas. Su propósito es huir del martirio, pero por todas partes encuentra los látigos de sus seis verdugos. El palo se levanta de nuevo y cae por tercera vez, luego por cuarta, de un modo regular. Mikolka se enfurece al ver que no ha podido acabar con el caballo de un solo golpe.
-¡Es duro de pelar! exclama uno de los espectadores.
-Ya veréis como cae, amigos: ha llegado su última hora dice otro de los curiosos.
-¡Coge un hacha! sugiere un tercero . ¡Hay que acabar de una vez!
-¡No decís más que tonterías! brama Mikolka . ¡Dejadme pasar!
Arroja el palo, se inclina, busca de nuevo en el fondo de la carreta y, cuando se pone derecho, se ve en sus manos una barra de hierro.
-¡Cuidado! exclama.
Y, con todas sus fuerzas, asesta un tremendo golpe al desdichado animal. El caballo se tambalea, se abate, intenta tirar con un último esfuerzo, pero la barra de hierro vuelve a caer pesadamente sobre su espinazo. El animal se desploma como si le hubieran cortado las cuatro patas de un solo tajo.(…)
El animalito alarga el cuello, exhala un profundo resoplido y muere.
-¡Ya está! dice una voz entre la multitud.
-Se había empeñado en no galopar.
-¡Es mío! exclama Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y como lamentándose de no tener otra víctima a la que golpear.”

Un episodio penoso, que conmueve las fibras del corazón de lector. La yegua arbitrariamente muere para la diversión de los campesinos borrachos de una taberna. El niño nunca olvidará este acto cruel.
No obstante el repudio que nos causa este maltrato por un pobre animal, hoy he visto un pobre carro y un caballo en buen estado.

El hombre es hemipléjico, vaya a saber de dónde saca fuerzas pese a su incapacidad motora para cargar escombros y trasladarlos con su caballo. No puedo pasar por alto interrogarlo. Con dificultad porque su enfermedad le afectó el habla me dice que es oriundo de La estopona, que el destino lo acercó a los suburbios de la ciudad y que actualmente reside en calle Tropas.

Tiene tres hijos para alimentar y su único medio de vida es esel caballo al que acaricia y ha pasado todos los análisis de anemia. Es un caballo sano.

El equino es su compañero de desdichas. El hombre de ritmo lento y de andar desesperanzado se deja llevar por el caballo. Ese animal, como el gallo de “El coronel no tiene quien le escriba”, novela de García Márquez, es un miembro más de su familia y come mejor que sus hijos. El carro verde es grande, pero prefiere hacer dos viajes para no cansar al caballo.

No puede tener un rodado porque lo que gana no alcanzaría para cubrir el gasto del combustible. Hombre y caballo. Una asociación que confundieron a los aztecas cuando vieron arribar a los españoles saqueadores. Hombre y caballo, es el flete, el pingo, el moro de nuestro gaucho Martín Fierro:

“ !Ah,tiempos!… !Si era un orgullo
ver jinetear un paisano!
cuando era gaucho baquiano,
aunque el potro se boliase,
no habia uno que no parase
con el cabresto en la mano.

Y mientras domaban unos,
otros al campo salían
y la hacienda recogían,
las manadas repuntaban,
y ansí sin sentir pasaban
entretenidos el día”

Hernández, José, Martín Fierro, Primera parte C.2

 

Sin él no habría podido escapar del fortín donde fue maltratado, estaqueado y llevado por la fuerza, ni del desierto donde los pampas hacían de ellos cautivos. Hombre y caballo es el arriero Don segundo Sombra que devora caminos y enseña al reserito cuándo debe dejar la jornada para que el caballo descanse y beba.

“-Vamos pingo… Vamos, vamos pingo… Luego el trote y el galope chapalearon en el barro chirle. Inmóvil, miré alejarse, extrañamente agrandada contra el horizonte luminoso, aquella silueta de caballo y jinete. Me pareció haber [24] visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea que un ser; algo que me atraía con la fuerza de un remanso, cuya hondura sorbe la corriente del río.” (…)-
“Muy bien. Después de la siesta dele el petizo Sapo. Que ate el carrito’e pértigo y vaya sacando esa paja’e los pesebres y la eche en los zanjones de la puerta blanca.”

Gúiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra

 

Tirando un carro el caballo hace menos de medio siglo, nos acercaba la leche, las frutas y verduras de las huertas cercanas y en una jardinera: el pan.
Este hombre es descendiente de aquellos gauchos nobles y además de ser responsable ama a su caballo que es parte de su empobrecida familia. Un plato de comida junto a un morral, una cama de sábanas raídas y un pesebre o piquete para el caballo. Casi no hay diferencias entre ellos y el animal. Los dos son seres de carga. Seres con destino de tirar “por la misma senda”.

Este caballo no conocerá la figura del petisero, del veterinario, del herrero. Jamás será clonado. Solo conoce las manos de su dueño que le acaricia la cabeza y piensa con preocupación qué será de sus hijos cuando el animal se agote con el correr del tiempo.

No tiene caballeriza, pero tampoco rejas. No conoce el confinamiento, ni las reuniones cool. Es una animal de hábitos sencillos: mastica hierbas y come la ternura roja de las margaritas. Sabe de atardeceres y de lunas llenas, de crines al viento, de frías garúas…. A pesar de ser de carga, también acepta el cojinillo y pasea a los niños del pobre dueño que sentado en el alero de su precaria vivienda piensa cómo alargar la vida útil de ese caballo. Hoy solo consiguió $220 pesos. Con suerte habrá leche, pan y fideos para dos días.

La desesperanza a veces lo voltea, mira en el alambre la ropa tendida de sus hijos y conseguida por lástima. Ni fuerzas para sublevarse le quedan o no se le ocurre. Cree en ese orden pre establecido donde algunos han nacido condenados a la suerte de un caballo que carga escombros, leña y la pena de su dueño que es la que más peso tiene. Va el caballo sin apuros, comulgando la desdicha con los que menos tienen.

 

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