Crimen y venganza

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

El pudoroso barrio de trabajadores se sorprendió cuando aparecieron. Para sus discretas costumbres verlos abrazados era casi un escándalo que se alimentaba entre escobas y veredas. .Habían llegado con ropas transgresoras, tatuajes y peircing que a principios de los 90 eran toda una novedad. Uno era corpulento, destilaba una fuerza animal; el otro de figura delgada, ojos claros tenía algo de ángel y demonio. Usaban botinetas a pesar de aquel diciembre tórrido donde la sombra de los paraísos no alcazaba para mitigar el ardor del barrio con cortinas corridas para dar a la penumbra un pretexto al espío. Al mediodía, los perros se echaban contra las casas, alargándose, afinándose para evitar los rayos del sol.

Ellos entraban y salían constantemente de la casa de uno de los vecinos más queridos y antiguo del barrio. Don Coria era el resabio de un histórico modo de vivir, el último arriero que quedaba. Había renunciado al nomadismo cuando las tropas fueron trasladadas al matadero en camiones jaulas y se asentó en su casa. Sentado en una banquilla de junco, bajo el paraíso en flor, cebaba mate con la pava que Luisita, la nieta que él y su esposa habían criado, tenía que calentar con frecuencia.

Verlo caminar era para mí el asombro, un personaje salido de libro. Su sombrero de paño y ala ancha, su rastra ornamentada con monedas que destellaban al sol , el facón atravesado , el pañuelo de seda al cuello, bombacha amplia rematada en un puño donde nacían sus impecables alpargatas habían hecho de él un patrimonio del vecindario que todos apreciábamos y respetábamos. Los niños le decíamos abuelo. Los ojos celestes se fueron aclarando con la nostalgia y la quietud y el paraíso le dio la levedad del mito. La ceguera le devolvió los caminos de tropero…

Ellos se alojaban en su casa. Hubo alegría cuando reconocieron que uno era el hijo de una de sus hijas tragada por la gran ciudad y que había perdido el rumbo de las costumbres conservadoras de ese hogar extremadamente limpio. La abuela y Luisita barrían con esmero el patio con parral y aljibe. Más al fondo una glicina colgaba su aroma violeta azulado y entre las juntas del ladrillo quedaban apresados los pétalos que las hormigas no tardaban en recoger. Seguir la trayectoria de obreras con mochilas de cielo era para Luisita y yo uno de los juegos preferidos.
La extraña pareja ocupó uno de los cuartos vacíos y la abuela tendió la cama con sus mejores sábanas, aquellas que envolvía en un papel azul para que no se pusieran amarillas.

El extraño nieto y su amigo recorrían la ciudad, hacían vida de turistas y solo regresaban para los horarios de la comida y a altas horas para dormir. El abuelo, en la matera, los sentía alejarse por la calle de tierra y sacudía la cabeza. Una vergüenza afrentaba su honor de hombre de intemperies.

La Navidad se acercaba y la abuela puso sobre la mesa la harina y en el nido echó la tibia levadura y la esencia de naranja y vainilla. En el otro extremo Luisita le quitaba los cabos a las pasas y molía algunas nueces que un vecino le había acercado en una bolsita. Todo el barrio recibía la porción de Ángel, el albañil que vivía enfrente. Tenía un nogal. Ángel presentía que aquellos muchachos traían al barrio un olor oscuro y pecaminoso.

La pareja de ancianos había tenido tres hijas. Las tres se habían ido a buscar suerte a Buenos Aires. La mayor entre lágrimas dejó a Luisita cuando apenas contaba un año y cuando pudo llevársela, la niña no quiso dejar a sus abuelos. Cada tanto dos de las tres hijas venían unos días de visita y se encontraban con amistades de una juventud que creían olvidada. Solo la más chica después de haber tenido tres hijos, había huido del hogar y pasada la pasión por el responsable, transitó la calle. Sus hijos quedaron con el padre. El rostro de Rita, la madre que los abandonó había quedado grabado a fuego en el alma de ese joven que venía a reconocer sus orígenes perdidos. La levadura aumentada tres veces su tamaño se incorporó a la masa para seguir leudando.

Enmantecado el molde, la abuela vertió la mezcla y Luisita hundió prolijamente los frutos secos. Secos como los sentimientos del joven, masa leudada, como la necesidad de venganza que no dejaba de desbordarlo, un horno encendido caldeando aún más la temperatura del hogar, como el fuego del odio ante el abandono. Su vida era un infierno. Fue tal vez la falta de amor maternal lo que lo inclinó a temerles a las mujeres.

El destino, las causalidades inexplicables tejieron los hilos para que la hija perdida, la oveja descarriada, apareciera tres días después. Venía a reconciliarse con sus padres, a brindar por el regreso que ya no esperaban. Avejentada y fláccida era una máscara de maquillaje matutino que se diferenciaba de las caras lavadas y el pelo recogido de aquellos vecinos “que se habían quedado en el tiempo”. El olor a noches la envolvía junto al humo del cigarrillo.

Cuando salió del cuarto de Luisita donde dormiría y donde había dejado el equipaje y se topó con el hijo menor no hubo necesidad de palabras. Ninguno de los dos había planeado este encuentro. Ella lo abrazó llorando de arrepentimiento, él la abrazó con su odio de años.

Las fiestas pasaron bajo una aparente paz. Pero el tranquilo hogar de los abuelos respiraba por las pequeñas ventanas lo que se estaba leudando. Del pan dulce solo quedaban migas. El odio recalentado estaba intacto. Una noche Ana, la vecina de al lado escuchó una discusión. Los perros ladraron. Enero y el carnaval anticipado en esa ciudad tapaban todo sonido, todo ruido. Enero abría a la noche sus cornetas y tambores y los platillos golpeaban corazones metálicos, corazones golpeados, cuchillos afilados que repercutían en los movimientos de la pasista de la batucada.

Luisita había ido al corso y se quedaría a dormir con Silvi, su amiga de siempre. Yo era una amiga ocasional a la que le gustaba más la casa que su amistad. Fue ella la que tardíamente me despertó el amor por los muñecos.
Al otro día, la mañana amaneció nublada. Enero daba una tregua y muchos aprovecharon para dormir. Ángel vio como la pareja cerca de las diez de la mañana subía a un auto de alquiler. La lluvia se descolgó y hubo un penetrante olor a tierra mojada, las grietas ablandaron sus bordes, las glicinas se revistieron de lágrimas y la cuneta arrastró papeles de helados y colillas de cigarrillos. Llovió todo el día. El cuerpo del barrio extenuado se relajó en una larga siesta. La nana del zinc lo arrullaba.

Al atardecer había cesado la lluvia y una brisa fresca barría las nubes, tornasolado apareció el arcoíris.
Luisita regresó. Golpeó la puerta principal y la de chapa que daba al patio pero nadie le abrió. Los abuelos jamás salían. Entonces se apresuró a buscar la ayuda de Ana. Tal vez la dejara pasar por el muro bajo donde trepaba la hiedra. Ana -contó después- sintió en su cuerpo una electricidad que le hizo chispear los dedos.

─¡Néstor!, subí al tapial y fijate si ves a los abuelos─, gritó a su sobrino que estaba en el fondo arreglando un macetero.

Néstor pegó un salto y ayudado de los codo se puso a ahorcajadas. En la casa las luces de todas las habitaciones estaban encendidas. Los vidrios mojados y empañados apenas dejaban ver el interior. Algo, no obstante le hizo entrecerrar los ojos y concentrar la fuerza de su vista: una sábana blanca cubría algo en el piso de la cocina. Llamaron a Ángel y tiraron abajo la puertita endeble de chapa. En la cocina, bajo una sábana blanca estaba la abuela. Degollada, apenas una arteria sostenía la cabeza al cuerpo frío, en sus manos había sangre. Había luchado contra el asesino. En el comedor, estaba Rita. Tenía en su vientre 20 puñaladas, veinte como la edad del hijo, vientre expulsor abría 20 puertas para seguir echando hijos después de muerta. En la cama, con sus claros ojos celestes, estaba Don Coria, lo habían sorprendido en mitad de su sueño plácido de hombre en paz con la vida. Su mirada muerta tenía el color de las glicinas.

Sacudido el barrio ante el triple crimen se avergonzó. No estaba acostumbrado a ser escenario de violencias, era un tablado de trabajo y de gente de siempre. La policía, las ambulancias, la prensa, el aparato judicial invadieron la casa del arriero. Su facón descansaba limpio en la mesa de luz. Luisita, abrazada a Ana, vio cómo se llevaban a sus abuelos y a esa tía casi desconocida en un atardecer que abrió las madreselvas del barrio para despedir al último arriero con el dulzor de la pena. Los asesinos fueron encontrados tres días después en el norte del país tratando de cruzar la frontera. Han pasado treinta años y a la casa la seguimos llamando la casa de Don Coria. El paraíso resiste y en nochecitas de enero me parece ver su sombrero y una bombilla que relumbra bajo la luz de la primera estrella.

 

“Crimen y venganza” es un cuento basado en un hecho real.

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