Crónicas de octubre

Desde la semana anterior al fin de semana carrocero, muchos miran el cielo de reojo mientras los pronósticos online reciben miles de ingresos. Cada octubre en Gualeguaychú se repite la historia, la Fiesta Nacional de Carrozas Estudiantiles concentra las miradas, las especulaciones de lluvia, viento o frío son cotidianas, cada habitante comprometido con el Desfile, se transforma por un par de semanas en meteorólogo.

 

Por Eugenio Jacquemain

 

“No sé porqué no la cambian de fecha, octubre siempre es lluvioso” se escucha, la respuesta no tarda en llegar una y otra vez “¿te imaginas mil quinientos chicos que se pierdan el paseo si es antes o que no rindan sus materias si es después?” Y todo vuelve a la normalidad, el Desfile, la única Fiesta nacional de la ciudad, queda fija en octubre, aunque llueva, truene o haga frío.

Este año, dos días antes parecía que el cielo no dejaría de llorar, si bien todo era optimismo, esto conspiraba contra el secado de las carrozas que empezaban a teñirse de colores diversos.

Los galpones del puerto que otrora albergaban los granos y mercadería que luego saldrían hacia mercados diversos por el río, alojaban hoy a cientos de estudiantes, padres y profesores que estaban terminando de dar forma a payasos, búhos, tucanes o flores. Bien dicen que los creadores juveniles de hoy son los carroceros del Carnaval del mañana, justamente una fiesta que se distingue a nivel mundial por la majestuosidad de sus carrozas.

Dos meses de trabajo están llegando a su fin, la última noche de viernes no es como cualquiera de las anteriores, es diferente. Los clásicos tachos de 200 litros que se utilizan como gigantescos quemadores no cesan su trabajo, las llamas que acarician envolviendo a las latas con engrudo desafían el frío nocturno. El cielo comienza a abrirse, tibias luces de estrellas piden permiso para desafiar cualquier amenaza de tormenta, las caras adolescentes comienzan a dibujar sonrisas que ya no se borrarán, los pronósticos no han mentido, el sábado nos regalará un sol radiante.y chorizos.

Las ollas con guisos empiezan a llegar de las manos de los padres, los chulengos, al igual que los tachos de engrudo, desafían la noche cubiertos de hamburguesas o chorizos que ayudarán a mantenerse trabajando, desde hace mucho tempo el alcohol no está permitido en los galpones, desafiando el clásico axioma de que no hay guiso o carne asada si no se lo acompaña con una bebida.

El aire dentro está enrarecido, las soldaduras se mezclan con los últimos cortes con amoladoras manejadas por adolescentes sin importar el sexo, porque eso tiene galpones, desafía los principios básicos de nuestra sociedad, los chicos cosen y las niñas sueldan sin importar quién los mire.

El aroma de los guisos y los chorizos nos invade ni bien llegamos a metros de las puertas, nos hace extrañar nuestra adolescencia carrocera, pero solo son segundos, al momento una madre se acerca con un plato rebosante de color y sabor al cual es imposible resistirse, mientras otra trata de convencernos de probar los “choripanes mas ricos del mundo, y puro cerdo”.

La última noche es difícil caminar dentro del recinto creativo, pequeños trozos de hierro, alambres colgando o soportes de luces que amenazan nuestras rodillas nos advierten del peligro. Milagrosamente ese millar de adolescentes semidormidos y agotas que pulula dentro, los esquiva de memoria mientras come su sándwich o un pastel de postre.

Quien no conoce nuestras costumbres no va a entender nunca los códigos de los galpones, una rara simbiosis de competencia y colaboración, ¿ Sino cómo explicar que quienes disputarán horas más tarde un lugar en el podio, estén ayudándose para terminar el producto que va a representarlos luego en la disputa de los premios?

A la izquierda un enorme búho amenazante con su gran pico, a la derecha una serie de chozas chaná mezcladas con un maizal, de frente un par de enormes payasos de sombreros cuadriculados. Queremos avanzar pero una de las estudiantes nos advierte que van a comenzar a pintar y nos ofrece un barbijo, lo rechazamos porque decidimos buscar refugio en dos enormes sirenas con escamas de lentejuelas azules. Las luces brillantes nos muestran que las soldaduras de último momento son muchas, nos preocupamos hasta que divisamos un enorme carro de bomberos que horas más tarde circulará a la par de mamuts y camellos de papel y engrudo por el circuito del Desfile.

 

Dice una vieja leyenda urbana de la ciudad que en las carrozas hay magia, que viejos chasis se convierten, cual calabazas en cuentos de hadas, en hermosos carruajes, que en los galpones habitan duendes creativos que llenan de color y energía a cientos de adolescentes durante dos meses y que luego deciden dormir por un tiempo, para despertarse nuevamente en agosto del año siguiente. Nunca sabremos si eso es cierto, pero es un mito que lleva casi sesenta años en nuestra ciudad, el milagro de creatividad y color no pareciera salir solo de adolescentes, padres y asesores, debe ser cierto. Si el engrudo es solo masa y el papel es solo papel, entonces ¿cómo explicar el milagro de la creación?

 

Tibios rayos de sol empiezan a entibiar la mañana, la noche pasó entre engrudo y pintura, el milagro se produjo nuevamente este año, los carruajes de doce metros de largo en un rato se dirigirán al circuito del Desfile empujados por un puñado de utopías y sueños alcanzados, una nueva edición de la Fiesta Nacional de Carrozas Estudiantiles está en marcha, a la noche un manojo de ilusiones recorrerán los setecientos metros de pasarela detrás de una quimera, luego, la sonrisa y alegra de algunos contrastará con la tristeza y el llanto de otros, y así ha sido y será a lo largo de los años, porque ello también es parte de la magia de las carrozas, como las máscaras que simbolizan el teatro.

 

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