Cuando el brulote se estaciona en una banca

Un hecho incomprensible –por lo injusto y arbitrario- tuvo como protagonista a la legisladora ultra kirchnerista Gabriela Cerruti (Unidad Ciudadana) cuyas posaderas no enaltecen su banca. Muy repudiable resulta su brulote (dicho ofensivo, indecente o grosero) al aludir a la inmigración venezolana en nuestro país con términos que agravian nuestra vocación acogedora, plasmada en nuestra Ley Suprema y la señera ley 817 del presidente Avellaneda. La llamada “tierra de promisión”, debe generar orgullo y respondió a una política poblacional inteligente y visionaria.

 

Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

Basta con revisar un trabajo realizado por el historiador y catedrático de la Universidad de Luján, Alejandro Fernández, cuya labor sobre la inmigración, minuciosamente documentada apelando a múltiples colegas, se remite a una antigua vocación nacional por abrir las puertas y el corazón a quienes llegaban con sus familias ilusionados y prestos a trabajar y ser partícipes del desarrollo en el país que los acogiera.

En 1874, el diputado Onésimo Leguizamón presentó un proyecto destinado a desarrollar la colonización, pero fue el 6 de octubre de 1876 –presidencia de Nicolás Avellaneda- cuando se plasmó la Ley Nº 817 de Inmigración y Colonización, a la que no pocos pensadores han considerado como “uno de los pilares legislativos de la modernización de la Argentina, tanto en el plano de la economía como en el de la sociedad”.

El narrador, novelista y ensayista ucraniano de origen hebreo y radicado en nuestro país, Alberto Gerchunoff (1884-1950). Fue un lúcido descriptor de la representación del inmigrante judío y el proceso de inmigración. En 1890 se produjo el desembarco de las primeras familias, fundando colonias en Entre Ríos y Santa Fe que se dedicaron inicialmente a la producción agrícola. Considerado el arquetipo de la literatura judío-latinoamericana, Gerchunoff escribió Los Gauchos Judíos (obra luego llevada al cine nacional), que además de las tareas rurales, abordaron tareas comerciales de los más diversos rubros. Claro que con el correr de los años, herederos de quienes encabezaron aquella corriente inmigratoria, se educaron y aportaron valiosamente al desarrollo productivo pero también a las ciencias, las artes y, en definitiva, todo aquello que contribuyera a engrandecer a su país, otrora patria adoptiva de sus ancestros.

¿Qué fue lo que dijo en definitiva la legisladora K? Al introducirse en el drama de los hermanos venezolanos que llegan a diario no en busca de los planes sociales de los que el kichrnerismo hiciera uso y abuso con un innegable propósito proselitista, sino con la intención de hallar trabajo digno y dejar atrás la violencia, el atropello, la intolerancia y la falta de respeto al ciudadano que ocurre con el régimen oprobioso del chavismo totalitario, incurrió en un triste brulote.

Cerruti, a través del Twitter, cuestionó a los venezolanos que manifiestan estar mejor desde que vinieron a la Argentina, generando fuertes rechazos.

Es comprensible que la diputada cometa estos tropiezos, porque el kirchnerismo que hizo grandes negociados por fuera de la ley con el vociferante ya fallecido Hugo Chávez y cuyo derrotero continúa Nicolás Maduro con desmedida violencia y desapego por las leyes venezolanas, necesita zafar de situaciones límites. ¿Cómo abandonar a su suerte a los mejores socios en la corrupción continental? La huida de opositores (su arribo a nuestro país se incrementó un 1.600 % en cinco años), da cuenta de la situación ya intolerable que se soporta. Un vocero autorizado del FMI informó que este año la tasa inflacionaria venezolana superará el 10.000.000 por ciento (Sic).

Con indisimulado sarcasmo, la legisladora –irritada por las referidas expresiones- lanzó un desafortunado mensaje: “vení a vivir a Buenos Aires ganando el salario mínimo. Si tenés suerte y conseguís trabajo”. Hay que hacer una mirada amplia sobre la nueva colonia venezolana, donde no llegan para pedir dádivas, sino trabajo honesto. No aceptan integrar los grupos de kirchneristas incursos en el vergonzante rótulo de “ñoquis” mal entretenidos y soldados de la corrupción cristinista. Quieren trabajar y ser protagonistas de su destino, no descartando el retorno a su patria cuando la tiranía reinante sea desalojada por vía del voto popular sin trampas ni fraudes. ¿Olvida acaso la impertinente legisladora la gran cantidad de compatriotas que debieron abandonar nuestro país en salvaguarda de sus vidas durante la más sangrienta dictadura que se recuerde?

Han llegado a nuestro conocimiento ejemplos contundentes de inmigrantes de Venezuela que sólo piden trabajo y algo tan preciado e innegociable como pretender la paz y la libertad. Hay destacados profesionales de esa nacionalidad arribados a nuestro país y formados en diversas tareas, que contribuyen al desarrollo global, con un alto nivel académico. Hay historias de sacrificio lejos del país de nacimiento que conmueven, refrendadas por datos comprobables que muestran de qué modo centenares de familias reconstruyen sus vidas y se recuperan del trauma del desarraigo.

Está claro que el kichnerismo apoyó a Maduro como continuidad de un modelo de totalitarismo, persecución, corrupción y hambre. No sorprende que desde aquí se le envíe una abierta solidaridad, repudiando el supuesto “intento de golpe de estado militar”.

¿Qué dice la legislación argentina? En el artículo 25º de nuestra Carta Magna, se lee: “El Gobierno federal fomentará la inmigración europea: y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada sobre territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes”. No hace falta aclarar que este espíritu generoso se extiende a todos los inmigrantes del mundo que lleguen con deseos de trabajar honradamente, vivir en paz y contribuir al desarrollo nacional.

Hubo otras expresiones irónicas de Gabriela Cerruti que ofenden al buen sentido y despiertan más lástima que enojo. Frases tales como “mi TL se ha llenado de cientos de compatriotas venezolanos que cuentan cómo llegan a Argentina, consiguen trabajo al día siguiente, ganan fortunas, compran departamentos, se reciben en pocos años, sostienen a su familia acá y en Caracas. Me alegro mucho, Argentina es un gran país”. Seguramente lo es mejor aún para quienes robaron a mansalva de las arcas del Estado (del pueblo), se enriquecieron ilícitamente y están libres sólo por el paso de tortuga de la justicia.

El inmigrante es una suerte de hijo adoptivo que anhela ser abrazado por quienes le abren no sólo las fronteras del país sino también las puertas de sus corazones. El narrador estadounidense John Dos Passos expresó que “puedes arrancar al hombre de su país, pero no puedes arrancar el país del corazón del hombre”.

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