Cuando las palabras destruyeron el mundo

Las palabras pueden destruir al mundo. Mucho de lo que se dijo de un lado y de otro, destruyeron un mundo de fraternidad, buena vecindad y cariño que existía entre Fray Bentos y Gualeguaychú.
El libro de Sabina habla de eso y mucho más; por eso es tremendamente valioso.

 

Por Eduardo Irigoyen – Periodista de Fray Bentos y agitador cultural

Sabina Melchiori, junto a su marido Damián Lemes, ingresó a territorio enemigo.
O sea, cruzó el río y llegó a Fray Bentos.Ese miércoles a la noche en la Biblioteca Municipal, en oportunidad de presentar su libro “Babel”, estuve tentado de decirle con tono dramático: “¡Están rodeados!”, pero el mal chiste no iba a causar efecto porque nadie iba a creer que una horda de fanáticos le había plantado un piquete en la puerta de la Biblioteca.
Sin embargo, Sabina estaba rodada, no solo por Eduardo Irigoyen y Martín Rostán en una mesa, frente al público que fue a escucharla, sino que estaba rodeada de la historia y la identidad del Uruguay.

Me explico:

La Biblioteca Municipal está ubicada en la Terminal de Ómnibus y la bordean las calles Rincón (batalla fundamental para librarnos de Brasil y que nos dio fuerzas para independizarnos a cualquier otro dominio); 18 de Julio (Jura de la primera Constitución y que mostró al mundo que no éramos ni españoles, ni portugueses, ni brasileros, pero tampoco porteños, a pesar de haber formado parte de un mismo territorio con lo que luego se llamaría Argentina); Juan Manuel Blanes, el primero en pintar a Artigas y en darle un rostro a un héroe patrio cuando no lo teníamos, pero también fue el pintor del Palacio San José en Concepción del Uruguay) y José Pedro Varela (el padre de la escuela laica, gratuita y obligatoria -que se inspiró en Sarmiento- y nos dio valores y principios que nos hicieron diferentes al resto de nuestros vecinos).

Bien puede decirse que aquí todo es símbolo. Los nombres de esas cuatro calles forman parte de nuestra identidad, porque había que diferenciarse de los demás, sobre todo de Argentina, pues marcando las diferencias, existíamos. Así fue y así ha sido siempre.

Ese pedazo de tierra con gente encima llamado Uruguay, tiene o contiene un país que no figura en los mapas: la República del Río Uruguay, conformada por los pueblos y ciudades ubicados en las dos orillas del río Uruguay y que no conoce las fronteras porque sus habitantes deben ser son los más parecidos entre sí en el Mundo, pero sin embargo, somos tan iguales como diferentes.
¿Dónde estamos? En la Terminal, desde donde salían los ómnibus que conectaban todos los días a Fray Bentos con Gualeguaychú. ¿Dónde estamos?, vuelvo a preguntar y respondo: en una biblioteca, en un templo laico de la cultura.
Nada es casualidad, diría un amigo.
Creo que la cultura puede salvar el mundo.
Hace algún tiempo Sabina -a quien no conocía- me envió un mensaje, me explicó la idea de su libro y me invitó a conversar. Accedí, vino a mi casa, tomamos unos mates, conocí a su maravillosa familia, descubrí que preguntaba y escribía muy bien, pero sobre todo que era increíblemente talentosa.

(Hay libros sobre el conflicto fronterizo entre Fray Bentos y Gualeguaychú, pero ninguno tiene este enfoque. El libro es muy bueno y tienen la obligación de comprarlo.¡Cómprenlo y no lo presten!).

A los primeros minutos de charla descubrimos que los dos estuvimos enfrentados; cada uno en su trinchera y casualmente en el momento más álgido del conflicto, cuando Sabina trabajaba en la radio que para mí era el enemigo a destruir y lo hacía con otros amigos, a través de una especie de guerra de guerrilla virtual, apuntando nuestros filosos teclados en dirección a los medios de Gualeguaychú, a quienes buscábamos hacerles la vida imposible mediante una catarata de comentarios, mensajes y respuestas.
El año pasado me encontré con Fabián Magnotta, director de Máxima, y me presenté: “Soy el enemigo, pero ya no quiero ser tu enemigo”.

Fue una guerra de palabras y de odios que estaban dormidos. Ambos sacamos de las entrañas lo peor de nosotros.
Yo que contribuí a esa guerra desde mi trinchera, me cansé de la guerra y descubrí que el coraje se demuestra en quienes comienzan, con paciencia, a construir, silenciosa y trabajosamente el entendimiento y la paz, en quienes buscan ser buenos arquitectos y constructores de puentes a través de las palabras y la racionalidad.
Es fácil pegar un grito destemplado, insultar y repetir una consigna porque es más atractivo el relato épico y emocional, como si fuera una epopeya heroica; es más deslumbrante el heroísmo, la gente ganando las calles y las multitudes fanáticas gritando atrás de una bandera.
Sin embargo, prefiero a los que se sientan a conversar, sin levantar el tono, escuchándose y reconociendo que el otro puede que tenga algo de razón; y si no la tiene, que se fundamente y argumente con palabras desprovistas de rencor para ponerse en el lugar del otro.

Las palabras pueden destruir al mundo. Mucho de lo que se dijo de un lado y de otro, destruyeron un mundo de fraternidad, buena vecindad y cariño que existía entre Fray Bentos y Gualeguaychú.
El libro de Sabina habla de eso y mucho más; por eso es tremendamente valioso.
En el Talmud, libro que recoge las tradiciones y relatos del pueblo judío, hay una breve historia que me conmovió y que habla de las palabras, tal como el libro de Sabina y sobre todo, de la forma en que se escribe y se usa la tinta, pero especialmente como se elabora, porque si se empleaba vitriolo en demasía, el texto se arruinaba.

Cuenta Rabí Meír: “Cuando estudiaba con Rabí ‘Akiva, yo acostumbraba poner vitriolo en la tinta, y él nada decía. Pero cuando fui a ver a Rabí Ishmael, él me preguntó: ‘Hijo mío, ¿cuál es tu profesión?’ Respondí: ‘Escriba soy’. Y él me dijo: ‘Hijo mío, ten cuidado con tu trabajo porque es la labor de Dios: si omites una sola letra, o escribes una letra de más, destruirás el mundo’”.

Si las palabras recargadas pueden destruir el mundo, reitero que la cultura puede salvarlo.
Finalmente, quiero creer que en cualquier momento, entre quienes estamos acompañando a Sabina, se escuchará la voz de Aníbal Sampayo quien nos comenzará a cantar “Río de los pájaros”, acompañado por Damián Lemes por supuesto, y quiero creer que por acá anda Jorge Luis Borges, quien con su voz cascada nos recitará su “Milonga para los orientales”, especialmente el último verso, ese que dice:

Milonga para que el tiempo
vaya borrando fronteras;
por algo tienen los mismos
colores las dos banderas.

 

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