Cuestión de fondo

La economía debe entenderse desde un punto de vista de equilibrio general, es decir a nivel sistémico, buscar interpretar cada dato como una parte de un problema complejo. Tendemos a analizar cifras aisladas y compararlas con el periodo anterior pero la realidad es que tenemos que evaluar si verdaderamente hay cambios estructurales, de fondo, que determinen modificaciones permanentes en los índices y que nos permitan proyectarnos a largo plazo apoyándonos en un incremento de la confianza.

 

Por Marisol Gonzalo – Lic. en Administración y contadora pública nacional

 

Me gustaría plantear la situación económica actual de nuestro país como un enfermo crónico con múltiples síntomas de su dolencia que son los que nos van a permitir medir y definir el diagnóstico de nuestra enfermedad y así encarar la misma desde un enfoque integral y no de manera relativa.
Para citar algunos de los indicadores que nos van a permitir arribar a un diagnóstico adecuado:

1- Estancamiento:

El crecimiento de la economía es una variable endógena que depende de múltiples factores que deben analizarse en conjunto y no aisladamente. La actividad económica en términos per cápita, la pobreza y el empleo del sector privado están estancados. Argentina casi no crece desde el 2010 y solo muestra ciclos ascendentes y descendentes en torno a un rango cuasi estacionario.

2- Inflación:

Es un fenómeno monetario. El Gobierno ha establecido metas de inflación, algo así como un nivel que ha presupuestado para este año y los siguientes. Para que éste nivel se haga efectivo debe manejar con mucha cautela el mercado monetario, que, como todo, se regula por la simple oferta y demanda del bien que estemos hablando, en este caso el dinero. Si emitimos deuda o moneda estamos alimentando esa oferta de dinero, la cual no debería de crecer por encima de la demanda del mismo si queremos mantener una estabilidad en términos monetarios, esto  impactará de lleno en la inflación.

 

3- Política Fiscal:

Acá nos referimos a cómo maneja el Gobierno su caja, es decir ingresos menos gasto publico. En el Estado, como en una economía individual y familiar, no se debería de poder gastar más de lo que se gana, y dependiendo del resultado de esta simple sustracción obtendremos un superávit o déficit fiscal. Desde 2009 en adelante la tendencia del déficit fiscal es creciente. Seguimos utilizando un impuesto inflacionario como mecanismo de financiamiento de los desbalances fiscales. Esto significa que para solventar nuestro exponencial gasto público incurrimos en deuda (interna y externa) la cual genera a su vez más inflación. La presión impositiva, que vendrían a representar los ingresos de los que se nutre en mayor medida el estado, está al tope y estamos perdiendo de vista que nuestro principal problema radica en buscar bajar el gasto para así lograr un equilibrio fiscal y salir del déficit permanente que nos está condicionando a su vez cualquier intento de estabilización monetaria.

4- Deuda:

Se ha incurrido en un endeudamiento, el cual, tomando en cuenta los intereses, ya alcanza un 18% de la recaudación tributaria. Es decir que, a casi un 20% de los ingresos ya lo tenemos condicionado al pago de la deuda además del gasto público corriente que tenemos que afrontar que, como ya dijimos, está muy por encima de los ingresos del estado.

5- Cuenta Corriente:

Este indicador clave representa lo mismo que la política fiscal pero a nivel externo. Son nuestros ingresos por exportaciones menos las importaciones. En un contexto donde las exportaciones han disminuido entre 2011 y 2017 un 35,6% en términos reales mientras que las importaciones lo han hecho en un 17,2%. Quiere decir que, las exportaciones (ingresos) han disminuido en mayor proporción que nuestros gastos por importaciones profundizando así el déficit de cuenta corriente (Balanza Comercial), el cual no es más que el reflejo del financiamiento del déficit fiscal (política fiscal) con la emisión de nuevos instrumentos de deuda.

 

Las variables económicas exhiben un inevitable deterioro en 2018, frente al salto cambiario que no nos da tregua y nos tiene a todos muy en alerta y desconfiados, la inflación que se acelera, una política monetaria y fiscal más contractiva y la gran sequía sufrida (menor cosecha), Argentina, atraviesa así su séptimo año de “estanflación”, es decir, inflación alta con economía estancada. Este magnífico combo es lo que está haciendo que se degraden las expectativas de crecimiento hasta llevarlas apenas por encima del 1% para este año, frente a un 3,5% que se había presupuestado.

Esta enfermedad es crónica y no podemos atacar un síntoma de manera parcial sin analizar el impacto que va a causar necesariamente en el resto de los indicadores de la economía.

La magnitud del déficit fiscal heredado y el alto desequilibrio externo en una economía que no crecía mostraban con claridad que era necesario mejorar las cuentas. Haber apostado a que el crecimiento (vía consumo y obra pública) resolvería el problema por sí sólo resultó en un grave error de diagnóstico.

Para concluir con el panorama, a la caída de los ingresos reales (la aceleración de la inflación superará por varios puntos a los aumentos de salario acordados por la mayoría de los gremios en paritarias), se le suma el fuerte incremento del costo del financiamiento, el deterioro de las expectativas (de inversión y del mercado laboral), y nuevos recortes en el sector público (obra pública y gastos de funcionamiento).

Con todo esto se puede anticipar una caída del nivel de actividad que se va a extender hasta fines de este año 2018, mientras se espera una expansión del nivel de la misma para el año 2019 (2,2%), y para el 2020 (2,8%). Esto coincidiría con la teoría de que para recuperar la confianza deben correr seis meses. Va a ser fundamental para esto la clara comunicación por parte de la dirigencia política de los próximos pasos a seguir en materia política-económica en pos de encarar el correcto tratamiento de la enfermedad diagnosticada.

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