De barrio, de ultraje, de serpentinas (basado en una historia real)

Volvíamos los cuatro de los corsos céntricos. De la mano de mi padre sentía en los ojos el dolor de las estrellas que me quemaban de sueño, en la otra mano colgaba la bolsa de papel picado que no me había animado a echar sobre las cabezas a causa de mi timidez.

 

Por Marta Ledri – Escritora, Profesora en Letras.

 

Mi hermanito caminaba apenas unas cuadras y al llegar a la Escuela Normal mi madre lo levantaba en brazos. Esa larga calle por la que dejábamos la ficticia alegría de un corso triste nos hundía en la noche y el misterio. Nos adentrábamos en la raíz de la nocturnidad. Solo silencio y unas enfermizas bombillas de luz amarillenta colgadas en las esquinas. Me gustaba ver el aura de polillas e insectos que revoloteaban como una galaxia en estado de histeria.
Las veredas dormidas no despertaban a nuestro paso y tal vez esa íntima penumbra hacía que mis padres casi susurrasen.

Yo miraba la mancha de helado en mi vestido de plumetí y los zapatitos blancos de mi hermano que colgaban inertes a la altura de la cintura de mi madre. Dormía aferrado a una serpentina que se arrastraba como residuo de la noche o como queriendo atar nuestras sombras…

Siempre sucedía lo mismo después de cruzar la avenida que en días de lluvia se convertía en un río desconcertado que no encontraba la salida para escurrirse y enloquecido se colaba por debajo de las puertas. Era el cruce hacia un territorio con una mitología de barrio, de honor y de deshonras. Sin compadritos, sin esquinas rosadas pero donde el coraje estaba en mantener una familia y la mujer, acompañar la gesta cotidiana.

Siempre sucedía que al pasar por aquella casa mi padre se compadeciera de alguien “de cuyo nombre no quiero acordarme”. La historia era casi la letra de un tango. De un tango que mi padre cantaba con emoción y sabiendo que yo lo escuchaba atentamente, tal vez lo sobreactuara para que yo terminara llorando. De ese tango solo recuerdo desde mi aquí y ahora el estribillo” Pero una Noche de Reyes, //cuando a mi hogar regresaba //comprobé que me engañaba// con el amigo más fiel…(…) De qué vale ser bueno…”

Sobre esa casa había caído la deshonra. El escándalo a fines de los sesenta se desató y voló sus lenguas filosas para decir, aumentar, mentir, pervertir la historia, filtrarse en todos los hogares.

La mujer del hombre de bien lo había abandonado dejándole los hijos. Si eso bastaba para que cundiera a media voz la desfachatez de la mujer por la cual el esposo trabajaba hasta desvivirse en el frigorífico que humeaba a pocas cuadras, se sumaba el desamor por sus hijos. “Ni los animales hacen eso”, condenaban entre escobas y veredas, entre ruleros y secadores de pie las escrupulosas mujeres. Lo peor era que había huido con su cuñado: “Una perra en celo” fue la expresión más suave para explicar la urgencia de la carne o un amor a destiempo que duró hasta que ambos murieron.

Lo cierto es que el abandonado no los mató -no sé si los perdonó- como en el tango en el que el niño deja su zapatito en la Noche de Reyes y “no sabe que la madre por falsa y por canalla su padre la mató”.

No, no los mató. Ultrajado su honor al otro día subió a la bicicleta y enfiló hacia el sur. La chimenea del frigorífico llamaba. Cuando llegó se produjo un silencio, se cortaron a un mismo tiempo todas las voces y él enfrentó las miradas compasivas. Se hizo cargo de los niños y lo conocí cuando ya la madurez le había devuelto la sonrisa.

La historia la reconstruí mucho tiempo después. Cuando repechábamos el terraplén de la vía la conversación había desviado su curso, una sinfonía de grillos nos recibía y el aire se volvía más fresco. Entonces mi padre me levantaba y yo, apoyada en su hombro, seguía mirando la casa que se alejaba mientras mis ojos arenados de estrellas se cerraban. Lo último que veía era el zapatito de mi hermano con papel picado y le pedía a Dios que los cuatro siempre avanzáramos juntos hacia nuestra casa. A lo lejos se escuchaban las últimas cornetas de un carnaval que no lograba alejar de mis pensamientos infantiles el estribillo del tango y la historia real. En el umbral de mi casa se caía la serpentina y el papel picado.

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