De regreso a Vietnam

Después de más de un mes de ausencia todo parece seguir igual en Ciudad Ho Chi Minh. La chica que hace cinco semanas atrás me preparaba unos exquisitos sándwiches, sonríe al reconocerme cuando me acerco a su puesto de comidas. El mecánico al que le había comprado la moto, mientras le revisa las luces y los frenos, me pregunta cómo fue mi viaje por Camboya. Me alojo en el mismo barrio, ceno en el mismo restaurante y hago compras en el mismo supermercado. Ciudad Ho Chi Minh sigue en su frenético vaivén de motos, con conductores que usan barbijo para protegerse de la polución, y que tocan bocina por cualquier razón.

Por Martín Davico

Una fugaz y vaga sensación me hace sentir como en casa. Al final de cuentas el hombre es un animal gregario.

Es domingo y salgo hacia Vung Táu, una ciudad ubicada a orillas del Mar de la China Meridional. En el camino pincho la rueda trasera dos veces. El gomero, riéndose, me dice que es por la cubierta gastada cuando -indignado- le pregunto cómo es posible. El tiempo en Vung Táu es malo. El cielo está oscuro y el viento sacude a los árboles amenazando con una tormenta.

En un templo católico se celebra una misa. Está atestado de gente, lo cual es otro indicio de los más de seis millones de vietnamitas católicos que viven en el país.

Paso la noche en un hostal y, ansioso por la larga travesía que me espera, decido que al día siguiente continuaré mi ruta hacia el norte.

Siguiendo el litoral llego a Mui Né, otra ciudad costera. Madrugo para visitar las Dunas Blancas, un atractivo típico de la zona, y esperar la llegada del amanecer. Para protegerme de la tierra que vuela, y pasar inadvertido ante los policías que ven en los extranjeros una fuente de dinero, me pongo un barbijo. En las dunas, las camionetas 4×4 trepan los médanos cargadas de turistas que gritan alocadamente. Los primeros rayos de sol dan al paisaje un tono anaranjado que permite sacar buenas fotos.


En el restaurante que hay en las dunas, justo detrás de un galpón, me encuentro con unos quince gallos de pelea que están encerrados en unas jaulas. Dos vietnamitas los bañan uno por uno con cierto cuidado y delicadeza. Eligen dos y los meten en un corral para hacer un ‘entrenamiento’ (van sin las espuelas metálicas que les suelen colocar en los combates por dinero). En pocos minutos se acercan más vietnamitas que celebran las estampidas que los animales se van dando. Ha pasado más de un cuarto de hora y los gallos comienzan a verse agotados. Los separan y cada uno es llevado otra vez a su jaula. Es evidente que el dolor y el sufrimiento de estos animales (los gallos) no es tenido en cuenta.



Viajo hacia la fría y lluviosa Da Lat, una pintoresca ciudad de montaña con casas y edificios que tienen un aire europeo. Paseo alrededor de un lago ubicado en el centro, famoso por su atmósfera romántica y por ser el lugar en donde se hacen fotografías los recién casados. Visito la ‘Crazy House’, una laberíntica casa inspirada en el modernismo de Antonio Gaudí, el arquitecto catalán al que tantos favores le debe Barcelona. Tres días lluviosos, que apenas me permiten visitar una granja de café arábica, me vienen bien para disfrutar del placer de leer un poco, mirar algún documental o simplemente no hacer nada.

Desde Dalat, atravieso un paisaje montañoso que es un espectáculo de vistas panorámicas. Me detengo en una catarata que hay al lado de la ruta para sacarle alguna foto. Llego a Ninh Van, un pueblito de pescadores ubicado en la bahía de una península. Me hospedo en un hostal lleno de turistas angloparlantes que apenas salen del complejo. Recorro el pueblo y los niños, con la envidiable alegría que los caracteriza, me saludan sonriendo: “¡Hello hello!”. El ritmo de la gente, los niños jugando en las calles, y el clima veraniego de la tardecer me recuerdan a Enrique Carbó, el pueblo entrerriano en donde pasé muchos veranos de felicidad durante mi infancia.


En el centro de Ninh Vanhay un tinglado con mesas y sillas de plástico. Cada noche una mujer llega con una gran olla llena de caldo, carne, verduras frescas y fideos de arroz. Los lugareños se acercan rutinariamente y compran pequeñas raciones que llevan para sus casas o las comen ahí mismo. Mientras ceno entre ellos (por casi un dólar) la cocinera hace bromas que no entiendo y que seguramente me tienen como protagonista. Todos me miran y se ríen. Me da la sensación, y por eso me gusta el país, de que los vietnamitas no necesitan aparentar nada ante la mirada de los foráneos.

Termino mi cena y me despido de los autóctonos que ya se van yendo a dormir. Doy un paseo nocturno y decido regresar al hostal. Al llegar, me encuentro con una fiesta a puro karaoke, bebidas y gente bailando en la piscina. Son los contrastes entre dos mundos diferentes que, sin haber víctimas ni victimarios, se ignoran mutuamente. Prefiero guardarme para mañana y decido irme a dormir. Porque a cierta altura de la vida hay que saber retirarse a tiempo.

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