Descubriendo a George Town

Es una mañana de junio en Malasia y sin querer llegar a ninguna parte deambulo por Little India, el barrio indio de George Town.

Por Martín Davico

La jornada está empezando, y la mezcla de extraños olores combinados con la música hindú que suena por las calles estimulan los sentidos. Los comerciantes queman los inciensos para espantar las malas energías y atraer a los primeros clientes. Apenas más adelante, en el Chinatown, el barrio chino de la ciudad, los devotos entran a los templos budistas para encender sahumerios y pedir, además de salud y dinero, que se cumplan todos sus deseos.

Asombrado y con entusiasmo, sigo caminando hasta llegar a la zona en donde se establecieron los ingleses cuando George Town fue colonia de la Inglaterra imperial. Entre los bajos edificios de arquitectura europea, me pierdo fotografiando los famosos murales pintados en las paredes o las esculturas de hierro forjado que relatan los hechos más curiosos en la historia de esta metrópoli.

Almuerzo en un restaurante indio un té Tarik acompañado con una Paratha (una pequeña torta de hojaldre) y los clientes, sin usar cubiertos, comen con sus manos todo tipo de comidas. Salgo a pasear para disfrutar de este espectáculo urbano, ubicado geográficamente en la isla de Penang sobre el Estrecho de Malacca, cuyo casco histórico es considerado como Patrimonio de la Humanidad por su gran riqueza arquitectónica y cultural.

En el camino, veo a un que hombre reza en el interior del Banco Público Islámico, junta sus manos y mira al cielo a través de una ventana ¿Pide ayuda a Alá o piedad a los banqueros? Una de las avenidas más famosas en este emporio de etnias, religiones y gastronomía es la llamada Calle de la Armonía, donde conviven en escasos metros la Iglesia Anglicana de Sant George, construida por los británicos hace 200 años; el Templo taoista chino Kuan Ying Teg; La Mezquita Capitán Keeling, el templo musulmán más antiguo de la zona; y el templo Hinduísta Sri Mahamariamman construido en 1833.


En un bar con mesitas en la calle, donde por fin la cerveza es barata, converso con dos jóvenes descendientes de inmigrantes de la India. Uno tiene 20 años y dice que, al igual que su madre, es cristiano católico pero que su padre es hinduista. “Todos los domingos voy a la iglesia” declara sin complejos. El otro, que habla castellano, se define agnóstico y me cuenta que, en caso de irresistible flechazo, para casarse con una chica musulmana estaría obligado a convertirse al islamismo. Me explican que tienen amigos chiindios, como llaman a los hijos de los matrimonios entre chinos, en general budistas, e indios, casi siempre hinduistas. Mientras los escucho con atención y apuro mi cerveza, uno continúa: “Vivimos en armonía, pero los que tienen los grandes negocios son los chinos, los malayos suelen tener prioridades para acceder a las regalías del Estado” y agrega con ironía “ y a los indios nos ha tocado el famoso arte de trabajar.”

En la puerta de una mezquita un hombre se acerca para avisarme que es horario de rezar y que solo pueden entrar los fieles. Generoso, me invita a tomar una infusión y conversamos. Me explica que fue cristiano y luego budista, pero que cuando cumplió 40 años se convirtió al islamismo. Dice: “Nada podemos hacer para cambiar el destino, todo está en manos de Dios”. Sin estar muy de acuerdo con lo que ha dicho, le pregunto, no sin torpeza, si su nueva fe lo ha hecho más feliz. Me sonríe y contesta: “El islamismo no tiene como objetivo hacer feliz a la gente sino hacerla más humilde”.

La realidad es interpretada de maneras tan diferentes y desconocidas, que muchas veces es inevitable sentir que la propia visión de las cosas es insignificante.

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