Despedida visceral a una gran mujer: hasta siempre, querida Meyi

Se fue. De golpe. Sin aviso previo. Tenía 65 años. 3 hijos. Mucha lucha. Mucha escritura. Su corazón se detuvo de manera irremediable, y nos dejó un hueco. Y le escribí una carta, pública. No tengo palabras mejores. La reitero acá. Por Verónica Toller.

 

“Cómo decirte ahora, amiga querida, maestra de tanta bondad en el alma, todo lo que te quiero y lo que me enseñaste. La poeta de alma enorme. La mujer que siempre estaba ahí, cuando quien sea te necesitaba, cuando yo te necesité por mis hijos, por mi esposo, por la soledad, por el trabajo, por las dudas, por la guita que no alcanzaba, por las luchas y los que nos daban una encerrona, por las víctimas, por las mujeres golpeadas, por tus hijos, por tu Alberto, por tanto, tanto, tanto. ¡Y estoy lejos, la puta madre que lo parió! Te juro que voy a salir volando a ver si llego a abrazarte aunque sea. Cátedra de solidaridad, dabas. ¿Que estábamos solas? Allí venía Meyi. ¿Que no había para comer? Ella tenía una fuente llena. ¡Y me sale decir “ella tiene” porque no puedo despedirte! Que había un proyecto… Meyi ponía el laburo. Que había un festejo…, ella prendía las velas.

Que había poesía: ella escribía.

Horas al teléfono. “Meyi…, cortá…, te va a salir una fortuna”. Y ella seguía, porque siempre, de alguna forma, quería estar al lado, junto a los amigos.

Tus 3 hijos lo son todo para vos. Te hablo en presente porque estás, donde sea, pero estás. Y vos, Alberto, amigo del alma, cuánto espacio y cuánta luz con Meyi al lado.

Estoy lejos y quiero honrarte de alguna forma, amiga. Quiero levantar el teléfono yo, ahora, ¡me toca a mí!, y hablarte y decirte que estoy allí, que te abrazo fuerte, que tengo marcado cada consejo, cada respaldo.
Y no me importa si alguien cuestiona decir esto públicamente. Al revés, y bien claro: es aquí, delante de todos, donde quiero poner un monumento a tu memoria. Y es en mi corazón, allí, cobijada por siempre, donde estás y estarás, amiga del alma.

Se me brotan las palabras en caliente. Y la memoria y tu voz y tu risa. Inteligente. Profunda. Sensitiva.
Defender a las mujeres golpeadas, a los hombres golpeados, a los niños usados en la calle, a los explotados. Esa eras vos. Honrar la palabra con una veracidad a veces hasta mordaz.

Amiga, se paró tu corazón. Cómo, por qué. “…que por doler, me duele hasta el aliento”, decía Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé.

Estarás con tu Mevia y con tu viejo tan querido. Con mi papá, que hoy justamente también, hace 7 años, se fue para allá y te habrá reconocido enseguida. Porque la vida es allá y acá, antes, después, y volveremos a encontrarnos. Pero ahora, dejame que grite un poco. Porque siento un tajo y no puedo detener tanta distancia.

Últimamente, empezabas tus poesías diciendo: “Una mujer…”. Sé que ni me acerco a tu voz tan rica y tan humana. Pero quiero despedirte con palabras construidas como horno de barro, como te encantaban, palabras con olor a pan caliente y rumor de lluvia en primavera. Palabras con lo que más te enorgullecía: ser mujer. Sale así, medio a tropezones…

“Una mujer
se fue temprano esta mañana.
Una mujer
guerrera
hecha de robles y tormentas,
conjugada en azules laberintos
de la voz, del querer, de la justicia.
Una mujer
se sintió caer,
en su cocina (refugio y urdimbre de sus horas
de madre, esposa, obrera
de la palabra y del corazón a pura entrega),
sintió hacerse leve tanto espacio,
tantos hombros cargados como siglos,
tanto bordar la vida y crecerse
ante los miedos;
tanto ayer y más y dar y darse…
Y mientras caía, pensó “ya es tiempo…,
voy a dormir un rato”.
Una mujer
comenzó a soltar…
Una mujer
se nos fue hoy
y no encuentro forma de tapar el hueco.
Mi hermana.
Mi Meyi.
Definición de mujer”.

 

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