Diálogo en el Hades. Héctor y Aquiles, la paradoja del agua

A las Moiras les divierte jugar con nuestros destinos. ¿Nuestros? Jamás. Desde el día en que salimos al éter ya está escrita nuestra suerte. La mía era morir defendiendo unas murallas. No fue necesario derribarlas. La astucia y un grotesco caballo de madera entraron por la puerta principal. Yo ya había descendido a Hades.

Por Marta Ledri, escritora y profesora en Letras

 

Cuando la negra Ker entró en mis ojos, como un soplo volé hacia la laguna. Había tantos esperando que el envejecido barquero estaba agotado. Los brazos cansados del remo…Entonces las oficiantes del olvido, también agotadas y pegajosas por haber estado diez años metidas en el Leteo no advirtieron que me filtraba hacia el centro con la memoria intacta. La lechosa desmemoria no bautizó recuerdos. La cal de la amnesia no tocó los grabados.
En Hades no hay círculos, ni rectas, ni espirales, es multiforme. La espesura tenebrosa todo lo cambia y es un continuo trajinar de sombras, un continuo lamento sin la armonía del trenos.

Yo prefería sentarme en un rincón. Me fastidiaban esas almas aún con tendones adheridos. Vi, no sin horror, como mis músculos iban desintegrándose en las caliginosas penumbras. Te recordaba todo el tiempo, fiel esposa.
Te veía en el aposento labrando perlas, reclinada con tu pecho al descubierto amamantando al infante, desnuda en el tálamo deseándome, deseándote. Tus cabellos, ¡ah tus cabellos derramados! y tus largos muslos abrazando mi cintura. Era un muerto con deseos carnales. Era el amor, la pasión, la felicidad conyugal. Los recuerdos : un infierno dentro de otro infierno. ¡Cómo hubiera querido sentir tu lengua rosada! Pero ya no tenía labios. Recorrer tu territorio, tus valles y colinas, tus honduras, pero ya no tenía dedos.

Deífobo, Casandra, Dolón pasaron ante mí sin reconocerme. Llamé a la hermana y solo profirió un oráculo que anunciaba el nacimiento de una nueva ciudadela con muralla y torreón. ¿Una nueva ciudad? Si habían existido nueve. Una sobre otra. ¿Dónde? Su lugar estaba en el Ilión. ¿Qué podía hacer nuestro primo que había escapado con su padre a cuestas?

Los muertos no tenemos sueños, pensarte era mi única actividad. Te pensaba, te soñaba, te adivinaba.
Un día el jefe de los mirmidones pasó lamentándose. Llevaba una corona. Tenía poder pero era un desdichado. Yo había escapado al olvido gracias a la prisa, él por la prisa de su madre no había sido sumergido completamente. Nos miramos, nos reconocimos.

Perdón- atinó a decir – fue una guerra estúpida a la que mi madre me envió para ganar fama. ¿Para qué quiero la fama si no puedo cabalgar por Ftía o acostarme con la esclava que me robó el devorador de obsequios?
¿Por qué corriste si bien sabías que mis pies ligeros te alcanzarían?

_Era un mortal y tuve miedo. Temer no es ser menos hombre. Te enfrenté sabiendo de antemano que tú me privarías de mi esposa y de mi hijo.

_ Dependemos del agua-contestó- Tetis no mojó mi talón, y a ti el Leteo no te borró los recuerdos.
Es una paradoja que por conservar algo seco de nuestro cuerpo erremos por esta mansión llena de ayes. Es nauseabundo. Secos, resecos, seremos un pergamino para los tiempos venideros. Las cítaras de los aedos mojarán nuestros nombres.

_Sí, es una terrible paradoja que las Moiras ya tenían preparada.
_ Ahora estarán riendo.

_ Seguramente- dijo Héctor Priámida y alargó su manos al Pélida Aquileo.

About the author  ⁄ Infoner