DOMINGO DE RAMOS. Los fariseos siempre ganan

(Lc 19, 28-40)

Aunque sonría a la multitud, sabe que no volverá a Galilea. No comerá más en casa de Lázaro ni saldrá a pescar por el Jordán. Lo han subido a un asno que después devolverán a su dueño- cuando él ya no esté- y la plebe grita entusiasmada.

 

Por Marta Ledri, escritora y Prof. en Letras

Mira cada cara desfigurada por la alienación colectiva. Nota que es un pueblo aburrido, atemorizado por los conquistadores y él no es más que un payaso. Los milagros no cuentan. La multiplicación de los panes solo fue voracidad . Necesitan un rey. Largos siglos de espera mesiánica lo ven como un revolucionario. El César caerá a sus pies. Esperaban una carroza pero bien vale un burro.

Palmas y olivos a su paso. La calle va en subida y él no deja de pensar que la entrada a Jerusalén es su último viaje.

Ya no tendrá que quitarse las sandalias. Sus pies cansados deberán soportar otro dolor: el de los clavos. Pero ha sido enviado y él cumple la voluntad de quien lo ha enviado. Reconoce entre el gentío al centurión que baja los ojos- está para cuidar el orden- y a Zaqueo que nuevamente se ha subido a un árbol. Las fieles mujeres van tras él. Su madre no comprende pero intuye. Es la única que no glorifica. Solo glorificó junto a su prima.

El templo aparece ante su vista. Herodes se ha encargado de reconstruirlo. En el atrio los mercaderes extienden sus mantas para ofrecer sus mercancías. Se enoja ante tal profanación permitida por una ley que no permite curar el sábado pero sí lucrar. Tiene pasiones humanas. La ira lo posee y patea a los oportunistas que mancillan un lugar santo. En ese lugar a los doce años enseñó y dejó atónito a los sacerdotes. Fue en vano, el Sanhedrín no ha comprendido nada. El sumo sacerdote sigue la ley pero no entiende el espíritu de la letra, no posee la gracia- Aún le espera la gran pasión, el pathos. La agonía de saber que uno de los doce lo besará para entregarlo. ¿Qué hará con las treinta monedas? Que su gran amigo lo negará. Que se esconderán. Que huirán como ratas hacia Emaús.

El Gólgota lo espera hambriento de espectáculo. Pan y circo. Cráneos insepultos y moscas, juego de dados y el apuro para que los crucificados mueran pronto. Antes de su partida él les dejará otro pan. En su última cena con sus amigos comerán pan ácimo porque es una comida pascual que recuerda la huida de Israel de la esclavitud egipcia. Él no huirá. Beberá del cáliz. Sudará sangre.

Siempre tuvo una mirada compasiva con los samaritanos. Los saduceso y fariseos se unieron para vencerlo.
Vendrán otros dispuestos a pasar por la experiencia de la noche. Hay tantos montes de los olivos como hombres que temen pero siguen hasta la muerte predicando la verdad.

Es levantado. Sus rodillas sin quebrar lo semejan a un guerrero épico. La lanza entre sus costillas abre un orifico que los demás convertirán en un abismo, allí arrojarán a los pobres. Los ricos necesitan de este hoyo para calmar conciencias o quitar sus inmundicias. Igual huelen. Son sepulcros blanqueados que ni la cal ni las placas pueden apaciguar.

_ No sé si eras hijo de Dios pero sí que viniste a cambiar el mundo como tantos otros. Todos muertos. Molesta el mensaje del amor. Hasta el momento los fariseos ganan y sigue habiendo besos traidores.

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