Dos días en las islas Phi Phi

Todavía no hemos tocado tierra y el aire que respiramos huele a salitre y a turismo masificado. Son las dos de la tarde en las islas Phi Phi y aunque es plena temporada baja, el catamarán que nos trae desde Krabi viene lleno de extranjeros.

Por Martín Davico

El mar de Andamán es una piscina sin olas por donde flotan al azar enormes medusas. El color del agua tiene un tono esmeralda que no se encuentra en los verdes de Entre Ríos, y los botes vienen y van en una marcha monótona como la de los trabajadores en las fábricas que cumplen con su dura rutina.

Apenas arribo a puerto salgo hacia mi hostal esquivando toda clase de vendedores, quienes más que a una persona ven en mí dinero que camina.

Entre los puestos que ofrecen excursiones, las banderas de Argentina y Brasil cuelgan juntas sin rivalidad promocionando cursos de buceo en castellano y en portugués.

Las leyes de la oferta y la demanda fijan los precios al doble y se convierten en enemigas de los mochileros. En algunas partes del sudeste asiático hay que pensar dos veces antes de abrir la billetera…

Una iguana tornasolada escarba la tierra y con certeros lengüetazos se come los insectos que encuentra. Los tailandeses, que son muy buena gente, ornamentan sus casas enjaulando a los pájaros autóctonos ¿Por qué los privamos de su libertad?

Este archipiélago, famoso por ser el lugar donde se filmó la película La Playa, se ha convertido en el más popular destino entre las islas de Tailandia.



Como estrategia para evitar el gentío de las lanchas, me propongo, sin lograrlo, llegar caminando a la Monkey Beach, una pequeña bahía llena de monos rodeados de visitantes que intentan fotografiarlos. En mi azaroso y fallido trayecto, llego a una aglomeración de inhóspitas casitas que explican por qué en estos países mucha gente se pasa el día entero en las calles.

Para optimizar el tiempo, hago una excursión en lancha con un variopinto grupo de personas. Entre los que vienen hay un joven tailandés que luce un tatuaje en su espalda: “Build Your Own Legacy”¿Por qué nos tatuamos las frases en inglés?

Vemos desde lejos la Bahía Maya, la playa donde se rodó la película, cerrada al público debido al deterioro medioambiental que sufrió desde que se convirtió en un centro internacional de peregrinaje (¡Cuánto daño nos ha hecho Hollywood!) .

Como en una sesión de meditación realizamos esnórkel observando un submundo de peces, colores y fantasía.

Vemos la caída del sol sobre el mar y terminamos, ya por la noche, observando plancton luminiscente. Las Islas Phi Phi son el paraíso.


En mi última noche mientras ceno un arroz frito con vegetales, converso con una pareja de catalanes que me cuentan que por recomendación médica toman antipalúdicos para prevenir un posible contagio de malaria.

“En Europa nos meten miedo por todo” dicen con desencanto. Termino mi plato y voy a la playa donde hay una fiesta. Los angloparlantes chapurrean sin rubor las canciones latinas que, para desconcierto de los que aman el rock, han conquistado el mundo entero.

Todos bailan y gozan de la agilidad y de los encantos que proporciona el cuerpo durante la juventud. Un tesoro que se nos va yendo con la lenta y tardía llegada de la experiencia.

Ese desencuentro en la línea del tiempo que la naturaleza no quiso conjugar, en esta fenomenal aventura en que cada instante vivido es expulsado al pasado.

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