Dos mangos

Por Marta Ledri, a 100 años del nacimiento de Evita

 

¡Pero si no vale dos mangos! —escuchó desde la trastienda. Otra vez el murmullo. Había huido de Los Toldos atormentada por los murmullos de las viejas copetudas de las estancias y ahora los tenía allí, en ese teatro de mala muerte.

“Ahí va. Esa es la menor, la que no quiso reconocer el estanciero». ¿Y qué? con el apellido de su madre india le bastaba para soñar.

En el rancho, mientras planchaba la ropa que su madre cosía para las “señoritas” escuchaba la radio y soñaba con irse. Escondida, se probaba los vestidos y no sin malicia sonreía al comprobar que su cintura era más estrecha. Ahora no tengo dos mangos pero algún día… En las revistas me van a ver. Era su forma de desquitarse. Soñar con el poder, ¿con la justicia o con la venganza?

—¡ Hija! ¡Dejá ese vestido que después dicen que se los entrego con olor a humo!

Humos tenían ellas, ya se los bajaría a su debido tiempo… iban a arder de envidia.

Dos mangos tenía cuando subió al tren con una infancia a la vuelta de la esquina y una adolescencia demasiado urgente. Llevaba el ímpetu de la raza mapuche, la bravura del toro —soy taurina pero bien hembra, bien terca— pensaba mientras se balanceaba en el camarote que la alejaba del desierto.

Como una moneda de dos mangos echó a correr por la calle. Pensiones, teatros, agencias turbias de modelos y siempre el murmullo. No voy a tener hijos para que se mueran de hambre. No voy a ser como mi madre que se dejaba preñar por el oligarca cada vez que venía a Los Toldos. Ni dos mangos le dejó a la vieja. ¡Y mis hermanas lo lloraron! Si tengo hijos serán millares. Todos tendrán para comer. Había frustración en la voz de la joven cuando salió del Pirovano. La cuna de sangre estaba vacía y le dolía. Llevaba un doble nombre. Mujer y madre. Mujer, sí. No como esas que se horrorizan porque hablo mal y soy morocha. Bien mujer porque con dos mangos, vivo. Madre, no. No tendría tiempo y acababa de condenar esa posibilidad. La mujer es dueña de su cuerpo. Pero las copetudas que se acuestan con los curas no lo entienden. ¡Hipócritas! Y después están Las Ocampo… se habla mucho de esas mujeres. Lástima que les abren la casa solo a los artistas ricos. Es fácil ser generosa cuando el dinero te sobra… ¿Pero cuando no tenés dos mangos?, ¿y la menor de las Ocampo? ¿Por qué la ocultan?

Yo también abriré mi casa. Será más grande que la de las Ocampo y entrarán todos.

Soñaba la mujer que se fue aclarando el pelo aunque en su corazón se sentía una “cabecita negra” Mujer de tribu. Arremetió su lanza y buscó su destino. Mujer, que de no tener dos mangos pasó a ser la efigie de una moneda. Fue mujer de tierra como su nombre: Eva. Fue madre de millares de hijos: María.

Asistió en la cruz de la pobreza a cada uno de los sufrientes. Tenía tanta pasión que se le fue la vida tras el sueño de borrar la grieta entre los oligarcas y los descamisados. Repitió el error de su madre: amar sin condiciones a un hombre ¿Valía dos mangos ese hombre? No le importó porque lo amaba.. Con solo treinta y tres años se fue con una transparencia de ángel y la fuerza de un demonio. A cien años el mito vive y sigue su imagen en el dinero que tanto le faltó en su infancia de abandono y murmullos…

 

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