Ejercer la palabra, por Elena Villemur

Por Elena Villemur

Me encantan las palabras raras, las difíciles y las sonoras.

Me atraen la tautología, los juegos de palabras y la capacidad que tienen algunas de ellas para contener, por sí solas, una definición, por compleja que sea o que parezca.

Me fascinan las frases susurradas, la calma que puede transmitir una mirada directa al corazón y esa sensación de estar en el cielo que provocan mis hijos, el hogar y las buenas compañías.

Siento placer cuando las posibilidades se conjugan con el amor y la capacidad, y otorgan el poder de abrazar a las personas y a las cosas, ya no con el cuerpo sino con el corazón.

Las palabras estrepitosas y gritadas, esas que sacuden y provocan dolor, me inmovilizan. Son como un no rotundo, como el riesgo de que nunca sea para siempre.

Resultan tan contundentes el silencio y la hostilidad como el odio y la traición.

Las palabras son como algunas personas: tanto pueden impedir como  hacer callar; abrir y dar vida como permitir o invalidar.

Algunas veces, siento que son como una oración pagana que suplica ayuda para superar la soledad.

Creo en el poder de la palabra, en su fuerza y contundencia. La palabra no expresada, en cualquiera de sus formas (me parece) es una deuda con la vida.

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