El #8M sin Micaela

Este jueves 8 de marzo de 2018, en las calles y plazas uruguayenses faltó una voz. Una voz brillante y poderosa que probablemente, como lo hiciera el año pasado durante el primer paro internacional de mujeres, hubiera gritado al mundo que dejen de matarnos.

 

Por Sabina Melchiori

El 8 de marzo de 2017, Micaela se levantó temprano. Había mucho por hacer. Estaba entusiasmada porque por primera vez en la historia se iba a realizar un paro internacional con el objetivo de visibilizar los reclamos de las mujeres. Algo que ella había empezado a hacer hacía tiempo, motivada por las situaciones de injusticia de las que eran víctimas las mujeres en general, pero sobre todo aquellas con las que compartía las tardes de los sábados en los barrios de la periferia de la ciudad, como el Ex Fapu o Villa Mandarina.

Claro que, como no podía hacerse todo en un solo día, junto con sus compañeros de la JP Evita organizaron actividades previas para hablar de violencia de género antes de la movilización. Ella y Carla, su amiga de militancia, tuvieron a cargo un taller sobre la despenalización del aborto que ofrecieron abiertamente sentadas sobre el césped de una plaza de Concepción del Uruguay.

Los femicidios era algo que la angustiaba y sublevaba particularmente. Es por eso que no dudó un segundo en pintar un mural callejero que dijera “Las paredes se limpian, Las pibas no vuelven”.

Esa mañana, la del 8 de marzo, se puso un jean y una remera negra -igual que Carla y otras dos compañeras-, y juntas se pararon en la esquina de Urquiza y Galarza, una de las más concurridas de Concepción del Uruguay, y levantaron pancartas.

Era consciente de que eso no bastaba. Que todo era parte de un comienzo. Que había que seguir yendo a los barrios y que había que meterle con todo a la feria de la mujer trabajadora como una forma de visibilizar el rol de la mujer dentro de la economía y también para que, ejerciendo un oficio, no tengan que depender económicamente de nadie.

Sabía de memoria la cantidad de mujeres que habían sido asesinadas por un hombre el año anterior y recordaba los nombres de muchas de las víctimas de lo iba del 2017.

Lo que jamás hubiera imaginado entonces, ni ella, ni sus amigas, ni su papá Yuyo, ni su mamá Andrea, es que en menos de un mes ella también formaría parte de esa dolorosa lista.

Micaela García fue vista con vida por última vez la madrugada del 1 de abril de 2017 a la salida del boliche King, en Gualeguay, ciudad donde cursaba el profesorado de Educación Física. Su cuerpo fue hallado el sábado siguiente, semienterrado en un camino rural al noroeste de esa ciudad. En septiembre del mismo año, Sebastián Wagner, fue condenado por la Justicia entrerriana a prisión perpetua por ser el autor tanto del abuso sexual, como del crimen de la joven de apenas 21 años.

Micaela no era una gurisa que pasara desapercibida, incluso su muerte fue un temblor en el país.

Micaela quería resignificar el día de la mujer, contextualizarlo y generar actividades que realmente pudieran tener un impacto en la sociedad. Este 8M ella no estuvo para redoblar esfuerzos, pintar paredes y pancartas, y continuar luchando por lo que creía justo, pero todos la recordaron y seguirán haciéndolo. En su nombre trabajan los voluntarios de la fundación “Micaela García La Negra”, en Concepción del Uruguay; se inauguró un Centro Cultural y Político, en Olivos; y un jardín maternal en Quilmes.

Como un presagio, parece estar demostrándose lo que expresaban los cánticos que muchos se atrevieron a criticar el día de su velorio: “La Negra no se murió, la Negra no se murió, la Negra vive en los barrios, lpmqlp”.

 

 

 

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