El bullying o el acoso escolar. Borges o Solich

Sé con certeza que este artículo debería ser escrito por especialistas y es mi intención que ninguno de ellos se moleste por inmiscuirme en una temática de índole psicológica y/ o social. Pero 30 años frente al aula me dan cierta autoridad para opinar sobre el tema.

Por Marta Ledri – profesora en Letras

 

En primer lugar quiero decir que en el dictado de mis clases jamás vi este fenómeno tan cruel que se da en la escuela primaria y secundaria. Lo que me lleva a reflexionar hasta qué punto la indiferencia o distracción de los docentes no son una causa para que esto ocurra.

No será fácil no caer en el anecdotario personal para legitimizar mi posición: el bullying se da porque los mayores estamos mirando para otro lado cuando nuestro objeto de observación, además del rendimiento escolar, debería ser la observación atenta, amorosa y de justicia de las relaciones entre nuestros alumnos. Promover al alumno de baja autoestima no es tan difícil si somos ingeniosos a la hora de resaltar la calidad, creatividad o cumplimiento de una tarea.

¿Quiénes son los chicos bullyineados o que sufren constantes acosos? ¿Qué rasgos en común o particularidades poseen para que el grupo de compañeros comiencen por excluirlos y luego de la burla pasar a mayores? ¿Qué se gesta interiormente en el que sufre estas agresiones físicas o verbales?

Cito un párrafo de un cuento de Jorge Luis Borges que en diferentes entrevistas extendió. Mi propósito es a partir de él desarrollar con humildad este tema tan vigente en nuestra sociedad:
“El azar me enfrentó, poco después, con Emilio Trápani.. Yo iba a Morón; Trápani, que estaba junto a la ventanilla, me llamó por mi nombre. Tardé en reconocerlo; habían pasado tantos años desde que compartimos el mismo banco en una escuela de la calle Thames. Roberto Godel lo recordará.
Nunca nos tuvimos afecto. El tiempo nos había distanciado y también la recíproca indiferencia. Me había enseñado, ahora me acuerdo, los rudimentos del lunfardo de entonces” Juan Muraña.

Es de conocimiento público que la miopía del niño Borges, su paralela adquisición del español y del inglés debido a la convivencia con sus dos abuelas, la criolla y la inglesa, sus tempranas traducciones y el excesivo cuidado de una madre de progenie patricia arraigada por aquellos tiempos a los suburbios de Palermo, hicieron insoportable la vida en la escuela primaria del famoso escritor. Los compañeros, chicos de la calle, sabían con exactitud “que Palermo del cuchillo y la guitarra andaban por las esquinas”. Borges lo sabía de oídas o porque alguna vez se asomara detrás del enrejado y fue ahí mismo cuando empezó su enamoramiento por los dueños de estos territorios barriales: los compadritos, con su culto al coraje, todo lo que a él le faltaba para enfrentarse con la turba de compañeros que manejaban el lunfardo como él la lengua anglosajona.

En el cuento el antiguo compañero, a pesar de saber la fama alcanzada por el autor, sigue conservando la actitud belicosa o “sobradora” con el genial escritor. Ahora bien, mi pregunta es qué hicieron los maestros de Borges para proteger a ese niño frágil que poseía otros intereses que no se agotaban en la calle y en las palabras soeces. Seguramente estaban desatentos. No debieron pensar jamás que en un pupitre estaba sentado el mayor escritor de la literatura del S. XX.

Si el mismísimo Borges fue excluido y tenía que ir solo al zoológico para ver el infinito círculo atigrado dentro de una jaula, cuánto sufrirán nuestros niños y adolescentes que por diversas razones son bullyingneados.
Para que este acto se lleve a cabo debe existir además de un contexto escolar o institucional indiferente, otros elementos que conformen el circuito: un grupo de poder o de fuerte pertenencia que domina el espacio. Este grupo se consolida por semejanzas en las posiciones económicas, por salidas sociales, por ser fomentados desde afuera por sus propios padres, por tener un nivel económico desahogado o saber aparentar que se lo tiene; del otro lado está la víctima: que puede ser el más inteligente, el alumno de mayor rendimiento escolar que ha priorizado el saber a la pertenencia; el o la pobre chica que no se viste según los dictámenes de la moda, los que apenas alcanzan un número reducido de likes en una red social, o simplemente porque aunque estemos en el S. XXI su tez es más oscura que la del resto y entonces no tiene derecho a disfrutar de unas mechas californianas. No están exentos del bullying los excedidos de peso o lo que hacen preguntas irrelevantes o extemporáneas.

Un complejo entramado donde muchos se ceban en única víctima que aprende a callar, soportar y sufrir en silencio. Será con el tiempo un desesperanzado si no se actúa con rapidez. No siempre la mejor alternativa es cambiarlos de establecimiento.

Un medio útil para los que pratican el bullying son las redes sociales, (ciberbullying) la misma fotografía, la misma pose es consolidada con más de 800 likes mientras que la otra que no muestra mayores diferencias parece pasar inadvertida o recibe un comentario cruel. El gordito sufrirá las patadas en sus carnes abundosas, la morena teñida, el cuchicheo y la burla de las modelos del curso; el alumno estudioso la burla de aquellos que zafan y en definitiva aprueban al igual que la que estudió para obtener la mayor calificación. La que tiene opinión formada el hastío de los que pretenden cursar superficialmente una cátedra.

Al comienzo del artículo anticipé que me sería imposible no recurrir a mi anecdotario. Atenta a estas cuestiones, sofoqué cualquier intento de burla poniendo en evidencia al que se creía “el vivo”. Mi estrategia era mostrarle qué pobre era su visión del mundo si todo se reducía a poner estigmas. También hable de valores que no extenderé en esta ocasión. Una de las últimas experiencias fue en un colegio prestigioso de nuestra ciudad no por la oferta académica de calidad sino por sus altos aranceles. Un alumno aburrido de la exposición por que el nivel de información superba su endeble base, hizo un bollo a modo de almohada y recostó la cabeza poniendo de manifiesto su poca educación. Ante mi llamado de atención de que iba a romper parte del mobiliario del aula me contestó que tenía con qué pagar. Algo así como un huracán controlado a tiempo hizo que yo le contestara que no todo se pagaba y que lo invitaba a seguir disertando intercambiando roles. Si su exposición me agradaba iba ser yo quién le retribuyese económicamente su aporte. Fue suficiente. Nunca más nadie intentó bullyingnearme o hacerme sentir que era su empleada. Era su profesora y sabía más que él, que ellos. El límite fue puesto justo a tiempo.

Fortalezcamos a esos alumnos que andan solos en los recreos, que nunca encuentran un grupo para insertarse y hacer una tarea en clase, que pasa los fines de semana sin que nadie los invite a una reunión. Tomenos con responsabilidad el rol de tutores, indaguemos las causas y pongámonos del lado del más débil. Un trabajo conjunto entre escuela y familia. Ninguno de nosotros sabemos si allí en la interioridad de ese niño o adolescente solo y acosado hay otro Borges o un Rafael Solich, el joven de Carmen de Patagones que mató a tres compañeros de su curso con un arma de fuego.

 

 

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