El cinto de tres diosas

¿Quién le regaló el cinto a Hipólita, la reina amazona? ¿Era el mismo cinto que usaba Afrodita, en el cual se concentraban “la ternura, el deseo y las palabras seductoras”? ¿Cómo y cuándo había pasado de una diosa a la otra? ¿Quién fue la primera dueña? Estas preguntas me llevaron a investigar en la Ilíada, en otros libros de mi biblioteca y en internet. No hallé la respuesta que satisficiera mi curiosidad. Por eso, recurrí a mi amiga, Marta Ledri, Licenciada en Letras. Si bien no llegamos a una conclusión, la escritora despertó. Como los artistas del Renacimiento, recreó el mito con pinceladas propias y, ahora, nos entrega su pintura en palabras.

Liliana Broggi Spiazzi

Profesora de Castellano, Literatura y Latín.

 

 

Versión de Marta Ledri.

 

Cabalga Hipólita. El cabello recogido en una alta cola de caballo deja ver su cuello largo y fino al que nadie ha besado. Cabalga sin silla. Sus muslos estilizados se adaptan a la grupa del animal. Lleva las bridas en una mano , el cuerpo en tensión hacia atrás, los talones inquietos. Goza del látigo del viento sobre su rostro. El torso desnudo. Un seno firme apenas se mueve acompasando el movimiento ecuestre. Su pezón es un capullo rosado y tibio que se eriza al contacto de la brisa. El otro, es una cicatriz que no duele. La correa atravesada oculta la mutilación y sostiene el carcaj.

Hipólita es hija de Ares y reina de las Amazonas . Población guerrera sin hombres han elegido la región de Tesalia y Tracia, criadora de caballos, para vivir. Migran según la necesidad de pasturas. Es una semidiosa que desprecia los palacios y prefiere las chozas. Una piel de cervatillo, regalo de Artemis cubre la parte inferior de su cuerpo. El ombligo es un hueco de secretos que ninguna lengua ha explorado. Va al frente de las huestes guerreras que son temidas por su certero dardo. Hipólita se distingue de las otras amazonas por un cinturón que posee poderes mágicos. Ares después de haberla engendrado en Otrere le dejó como regalo ese cinto que había pertenecido a Pandora. Atenea lo había tejido y bordado con perlas marinas. Pandora , lo perdió y nunca lo echó en falta. Ares, furibundo guerrero, después de un saqueo en una población cercana al oráculo de Delfos lo encontró entre las ruinas de la ciudad devastada. Lo llevó al Olimpo y Atenea lo reconoció. La ojiglauca lo había ungido con belleza e inteligencia que Pandora despreció por imprudente. Ahora Ares le infunde su belicosidad, su furor que unidos a las estrategias de Palas harán invencible a quien lo lleve en su cintura.

El ornamento se aprieta a la estrecha cintura de Hipólita. Sopla un viento cálido. Se mueven en las sombras. Deberán llegar hasta las costas antes del plenilunio de abril. Las fiestas de la fertilidad desatan pasiones y las Amazonas saben que la borrachera dionisíaca las confundirán con otras mujeres. Intentarán concebir hijas para perpetuar la especie. Han jurado que ninguna amará ni amamantará a una criatura si nace varón. No tienen leche suficiente para alimentar a un hijo. Las niñas también se sacian con néctar.

El sudor bajo la luna espeja el cuerpo de Hipólita. Cae el rocío sobre su cabeza. El cinto comienza a molestarle. La inquieta la proximidad del hombre. Lo huele como el caballo que ha aprendido a reconocer la pasión, el ritmo de la sangre, las urgencias de su jinete.Suspiros, bufidos, instintos…

Al alba se ocultan en un olivar. Se bañan en una fuente de agua dulce y esparcen aceite de rosas y nardos por sus cuerpos magros y fibrosos. Cuando la luna hace su aparición alguien aúlla y cada una busca un hombre. Hipólita es la última en tenderse sobre la hierba. Escudriña. Aguza los sentidos.Quiere a alguien especial que la cubra para parir una hija bella. Lo ve cercano a una nave. Es el príncipe de Atenas, Teseo. Se aproxima a él y el olor a libertad y autonomía de esta mujer lo embriagan. Allí sobre la arena se buscan, se reconocen. Teseo le quita el cinturón y la recorre. Antes de las primeras claridades, las amazonas abandonan a sus amantes. Hipólita mira a Teseo mientras se pone el cinturón.

En silencio regresan a sus territorios. Saben que nueve meses después nacerá una nueva generación de amazonas o morirán inocentes. Hipólita da a luz un varón. Recuerda a su padre y urde un plan. Deja al niño en medio del bosque y cuando todas las mujeres duermen sube a su caballo, llega a Atenas y lo deja en el pórtico del palacio real. La nota solo dice Hipólito, el casto. En tanto nada escapa al ojo de Hera. Omnividente la diosa mayor se regocija con estas tramas pero entra en estado de ira cuando es el propio Zeus quien anda en amoríos. Le ha perdonado su pasado de toro. Los raptos. Hasta ese momento era solo su hermano. Ahora es su esposo y sabe que la humana Alcmena bella como la luna ha parido un hijo de su esposo. No está dispuesta a aceptar a este vigoroso bastardo. Zeus indignado por los celos constantes la somete a un castigo y ella aceptará hospedarlo entre los olímpicos si antes demuestra su heroicidad. Doce trabajos. Entre ellos: robar el cinturón de Hipólita. Heracles realiza la expedición y llega a Temiscira. La actividad de ese pueblo de mujeres lo sorprende. Acostumbrado a deslumbrar por su virilidad y fuerza se siente despreciado. Nadie repara en él. Bellas mujeres. Libres mujeres. Mujeres desnudas. Mujeres ecuestres. Reconoce a Hipólita por el cinturón. Detrás de unas rocas observa todos sus movimientos. Morena de tanto sol se excita cuando la ve desperezarse y elongar ese cuerpo de mimbre. A la noche rapta a Melanipa y por el rescate pide el cinturón de Hipólita. La reina no duda y lo entrega a cambio de la cautiva. Hera en posesión del cinto hace alardes en el Olimpo.Vanidosa, segura de su poder se pliega la túnica con él. Su hijo Ares lo reconoce y la maldice. Rojo de furia le arranca el cinto que apenas prende en la cintura rellena de la diosa mayor y se lo lleva a Hefestos para que lo acondicione. El cojo, el despeñado, el despreciado, vive en la fragua de los dioses. En el hueco de un volcán. Es vecino de Hades. Huele a humo y sudor agrio. Por piedad Zeus lo unió a Afrodita, una diosa extranjera traída por la marea. Nacida de la espuma abandona Chipre y es alojada en las cumbres heladas del Olimpo. Zeus no se atreve a deshacerse de ella. Pertenece a una raza mayor. Hija de Urano, su abuelo, y de Gea, tiene el icor más puro y es el motor del mundo: el amor.

Ares entra a la fragua . Lleva el cinto. Al ver a esta diosa queda perplejo. ¿Cómo es posible que el más feo de la estirpe tenga a su lado a la diosa más bella? Afrodita se acerca al cinto y sugestivamente se rodea la cintura. Luego huele los dones y exclama: “Le falta algo más importante que la valentía y la inteligencia. Le falta el amor”, y coloca sobre el ornamento burbujas de espuma , fluidos blancos y viscosos. Hefestos repara la hebilla y los broches de oro. Ares nunca llevará de regreso el cinto a su hija. En la primera cita con su amante, la desnudará y le colocará con temblorosas manos el cinturón.

Tiempo después Hera deberá pedírselo prestado a la intrusa a quien detesta para reconquistar a Zeus y favorecer una guerra por culpa de un cinturón.

Hipólita aún cabalga. Las amazonas han desaparecido, nadie sabe donde se levantan sus chozas y sus establos. Además del pacto de matar a sus hijos varones han hecho otro pacto:¡ Ni una menos! El cinto sigue buscando cinturas, para ser látigo, nudo para atar a la fuerza o simplemente un lánguido lazo enredado entre sábanas.

 

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