El descargo de Caín. Génesis 4

A veces bajo la intemperie que humedecía los huesos escuchaba a mi padre hablar de aquel jardín que mi hermano y yo no conocimos. La noche afilaba sus dientes de estrellas y mordía nuestros párpados. El cansancio nos tumbaba porque trabajábamos todo el día para herir aquella tierra maldita y que pariera un fruto. Pasábamos hambre. El pan lo conseguíamos con sudor.

Por Marta Ledri, escritora.

 

Mi madre odiaba a las serpientes y salía a buscarlas debajo de las piedras para matarlas.
El cuento de un dios paseando a la tarde junto a mis padres me fascinaba. Nunca había visto su rostro. Se escondía tras colinas de nubes o dejaba entrever sus cejas en la raya del horizonte. Había silenciado su Verbo. Estábamos arrojados a la sobrevivencia. Huérfanos. Yo era el primogénito. Tiempo después nació mi hermano. No nos permitían andar desnudos como tampoco acercarnos a un lugar de encanto franqueado por una espada de fuego.

Cuando tuvimos edad de hacer trabajos mayores, me hice agricultor y mi hermano, pastor. Yo me alejaba días del hogar buscando tierras más húmedas para sepultar semillas. La lluvia era escasa. Los animales desenterraban los granos y en el desvelo de las noches los ahuyentaba. Cabeceaba y si el sueño me tomaba al otro día encontraba los surcos borrados. Había que recomenzar. El granizo era un vómito helado que molía mi dignidad. La náusea de un dios ofendido.

Alguna que otra vez mi hermano me acompañaba. Tenía un pequeño rebaño y cualquier pastura bastaba para conservarlo. Las crías mamaban y de noche en el rústico pesebre podía dormir con ellas. No sabía de caminos, ni de morral, ni de esparcir semillas, menos aún plantar un árbol, colocarle un tutor, espantar las moscas para que las frutas no se pudriesen. Escasa era la recolección. Del árbol también dependía el fuego del invierno. Cuando regresaba después de muchos días encontraba a mi hermano con la tarea realizada y sentado bajo un olivo junto a mis padres. Yo solo quería dormir.

¿Por qué entonces tenía que ofrendarte lo que tanto me costaba conseguir? Un dios no come, es Soplo. Si tú habías prohibido a mis padres comer del fruto del árbol que no conocí, ¿por qué debía yo malgastar mi cosecha? Si alguna falta hubo contra ti, yo no la hice, heredé las consecuencias. La cosecha había sido pobre y de ella comería toda la familia. Debía traer vegetales y tubérculos para mi padre debilitado. Se le habían caído los dientes y ya no comía carne.

A mi hermano le fue fácil ofrendarte las primicias. De las sobras podríamos alimentarnos los tres y tirar los desperdicios a los cerdos. Si una fruta estaba abichada mi madre entraba en un estado de histeria: veía serpientes en ese manojo de gusanos.

Me elegiste y me marcaste porque viste en mí a un fundador de pueblos. No me importa la marca. Lo que para algunos es una afrenta para mí es la honra. Te desafié y al hacerlo extendí tu nombre. Cada pueblo te temió. ¿Era ese tu propósito, no? Entraba dentro de tus planes castigar al primogénito para enviar tu Primogénito. A veces pienso cuánto lo quisiste. A mi me salvaste de la muerte para alargar mi agonía; a él lo sacrificaste. Él también tiene marcas de clavos. También lo salvaste de la muerte. La diferencia entre nosotros está en que yo enseñé a temerte y Él a amarte.

 

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