El descarte. Inspirado en la encíclica papal Laudato SI

“Necesitamos una solidaridad universal nueva”

CARTA ENCÍCLICA
LAUDATO SI’
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

 

Por Marta Ledri – escritora, profesora en Letras.

El sol calcina. Implacable deja caer a plomo sus rayos contra una ciudad recluida. Las casas ablandadas, derretidas se achican, se desarman en una masa de ladrillo que esconde la respiración de los refugiados. Apenas hay una delgada línea de sombra contra las veredas que miran al este, tan delgada que aún aplastándose contra la pared no alcanzaría para cubrir el cuerpo de un perro callejero.

El calor forma espejos en las esquinas. El vapor asciende y se pega. El asfalto agredido abre sus vísceras y sangra brea negra. La siesta fríe el estridular de las cigarras. Fantasmal escenario donde ni la solapa se atreve a salir…

Maxi tenía hasta hace unos días una ilusión que hoy se quema ante tanta soledad. No hay nadie en la calle para contarle que el niño esperado nació el Día de Reyes y apenas vivió unas horas. Que él solo lo llevó en un cajoncito blanco que le dieron en el municipio hasta el Cementerio Norte. Que no tuvo cortejo. Solo él y el niño en un colectivo que finaliza su recorrido justo en la puerta principal de la necrópolis. Que la tierra ya estaba ahuecada y lo vio desaparecer bajo las paladas sincronizadas del sepulturero. Que con dos tablas hizo una cruz… NN…

A quién puede importarle su pena en una siesta donde solo se ve el agua que escurren los aires acondicionados.
A Evelia la aceptó con dos hijos que no eran de él. Era del barrio. Una buena chica que no había tenido suerte. Trabajaba por horas limpiando casas. Jóvenes decidieron empezar juntos otra vida o seguir en la pobreza pero uno al lado del otro. Los chiquilines le decían papá. Los dolores de parto comenzaron cerca de las once de la noche y como había que apurarse decidieron dejarles los regalitos de reyes un poco antes. Había sacado un crédito para comprarle un jueguito de playa y un flotador. Los domingos por el camino de broza que rodea la península a campo traviesa iban hacia una playita donde podían pasar la tarde, darse un chapuzón y pescar. Los baldecitos servirían para traer las mojarras y bagres que luego Evelia fritaría en grasa. Lo pasaban bien mirando pasar las lanchas y veleros. Ni un atisbo de envidia. Bajo esos sauces y espantando tábanos eran felices.

Pero ahora el niño ha muerto y no se dignaron a explicarle la causa. Parecía saludable. Evelia no quiso que la inyectaran para retirarle la leche y se quedó amamantando otros recién nacidos en Neonatología. Va y viene la pobre… los dos reanudaron sus tareas. Después de las fiestas – bien lo sabe porque hace años que realiza ese trabajo- sale a la siesta por el centro a juntar los cartones que los grandes comercios sacan a la calle. Hoy ha apilado tantos que su figura que empuja esa especie de carretilla no se distingue.

Es un fantasma de cartón, un espantapájaros, un deforme papelón humano que el sol puede incendiar; es una pena metida dentro de una de las cajas; es un transitar lento que no molesta a nadie porque ni autos andan a esa hora. Está acostumbrado a hacerse a un lado. La vida lo puso en la periferia. Como esos cartones él también es producto del descarte, de la falta de conciencia solidaria… Él también es basura arrojada al mundo después de ser consumido por esas changas que nunca se pagan bien. Ahora mismo una placa de bronce destella, hierve de orgullo, señala la casa del profesional con aire acondicionado y pileta. Ese señor nunca le pagó el trabajo que le hizo en el parque. Él no volvió. ¡Qué Dios haga justicia! Maxi con su pila tambaleándose se pierde en una esquina. A su paso ha dejado mezclado con el sudor el aroma de una resignación que no puedo entender.

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