El emocionante desafío de invertir en arte

Cuando se habla de coleccionar o comprar arte la mayoría de las personas inmediatamente imaginan a un millonario o un empresario con muchísimo dinero. Automáticamente asocian apellidos como Fortabat, Constantini, o Blaquier, por ejemplo. Sin embargo, para coleccionar arte no es necesario pertenecer a una familia acaudalada.

 

Por Raúl Albanece (*) para INFONER

 

No existe un vínculo directo entre coleccionismo y riqueza, aunque sí exista una relación entre obra de arte y dinero. Algunos pueden comprar obras de arte como inversión: si el artista, con el paso del tiempo, consigue fama o recibe premios importantes, la obra aumenta su valor monetario. Otros pueden comprar arte sólo por el placer de verlo diariamente en las paredes de su casa. Fundamentalmente, el arte es una inversión emocional y cultural, no sólo financiera.

El deseo de coleccionar cosas es tan antiguo como la humanidad. Muchos, durante la infancia o adolescencia, coleccionaron alguna cosa: muñecos de peluche, soldaditos, figuras de acción, llaveros, tarjetas postales, las clásicas “figuritas” o cromos… y, justamente, comprar obras de arte lleva a la misma emoción de completar el álbum, conseguir la figurita “difícil”, de comparar colecciones, intercambiar algunas piezas, de mostrar orgulloso esa figurita que aún no tienen los demás.

El proceso de formar la colección es tan importante y placentero como poseer las obras de arte. “Enamorarse” de una obra; aprender sobre el estilo, la técnica, la trayectoria del artista; conocer al artista en persona; contribuir a difundir la obra de ese artista mostrándole a nuestros familiares y amigos la obra que tenemos y contándoles dónde se han exhibido obras del mismo artista. Estudiar, poco a poco, la historia de esa obra, de ese artista, y su relación con las diferentes épocas y distintos estilos del arte en general. Pero también, ser el dueño de algo exclusivo que nadie más posea. De eso se trata: de emociones.

La cultura es eso que hacemos todos los días: tomar mate, cocinar, escuchar música, leer, bailar, vestirnos de determinada manera. El arte refleja esa cultura en cada obra, por eso cuando se va al teatro, a un recital, se compra un libro o una obra de arte se está comprando mucho más que sonido, mucho más que letras o palabras, mucho más que pintura sobre una tela: se compra una parte de la historia de vida del artista y su entorno social; no sólo las horas de aprendizaje y práctica de ese artista en particular, sino las horas de aprendizaje y práctica de todos los artistas que lo preceden; y también las horas de investigación y experimentación de los científicos y maestros que crearon la tecnología posible para que esa obra en particular pueda ser realizada; además de una muestra de las costumbres y tradiciones de la sociedad que cobija al artista. De eso se trata: de cultura.

El dinero es lo de menos. Claro que el mercado de arte (prácticamente inexistente en Argentina fuera de Buenos Aires) es un poco impredecible. Sólo se puede estimar el precio de cada obra por comparación; pero, sin duda alguna, se puede comprar arte y elevar el ambiente del hogar o la oficina, sin importar qué tan alto sea el presupuesto disponible porque hay precios para todos los bolsillos y siempre se puede conseguir una obra de arte que nos “enamore” y podamos pagar. Sólo hay que saber buscar.

 

 

(*) Raúl Albanece. Escenógrafo y Artista visual. Es Profesor de las unidades curriculares de Estética y Crítica de Arte, y de Producciones Audiovisuales y Digitales en el Profesorado de Artes Visuales del ISPED de Gualeguaychú; Profesor de la cátedra de Escenografía, y Director del Grupo de Estudios Carnavalescos en el Profesorado de Teatro, FHAyCS de la UADER. Investigador en Artes en la Universidad Nacional de Tucumán. Se encuentra en el proceso de escritura de su tesis “Elementos del teatro épico en el carnaval de Gualeguaychú” para obtener el título de la Maestría en Teatro, mención Diseño Escénico en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.

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