El espacio Vs el lugar

A través de un balcón enrejado miro un atardecer prisionero. Es apenas un recorte grisáceo con contornos rosas. Murallas de cementos bloquean mi vista.

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

 

Ventanas con luces encendidas señalan la vida del otro encerrado en el tedio de un domingo. El otro que ha elegido o ha sido retenido en ese “no lugar”. Cautivo en el espacio del anonimato, de la multitud apresurada, de los olores mezclados, del incesante subir y bajar de escaleras mecánicas, en el agobio y sofoco de las estaciones de subtes, en

la paciente espera de que un hombrecito blanco, fantasma de un cartel, permita cruzar una calle, está el otro. En esta inmensa cuadrícula que va mutando según las horas me siento terriblemente sola “no me mueve el amor sino el espanto”. Es el espanto a la no identidad. Me cuesta imaginar que este espacio- ya no lugar- hace siglos atrás fuera fundado y más atrás aún, habitado por nativos. Hoy en un ir y venir étnico, de idiomas, de maneras diversas de vestir que han borrado las huellas históricas. La sobremodernidad ha circunscripto algunos monumentos, edificios, casonas y eso debe bastar para el hombre que pasa sin mirar. Sobre ellos han construido hipermercardos, shoppings, redes de transporte… espacios para circular, no para detenerse.

En medio de tanta indiferencia, pasé por la AMIA. Después del terrible atentado aún no resuelto está permanentemente custodiada. A casi tres décadas esa cicatriz que sangra la Patria parece ser no advertida por los peatones. Yo me he detenido y al volver la vista descubrí en la vereda un pequeño naranjo con frutos y azahares. La vida abre caminos aún en medio de la muerte, en suelo masacrado, en suelo humillado. Los nombres de los muertos miran este único árbol. Solo ellos lo miran… Los vivos vertiginosamente transitan con la mirada baja cuidando de no pisar baldosas flojas. Yo lo he visto y este milagro me ha llevado a mi ciudad.

Mi ciudad es mi lugar antropológico. Es el lugar de identidad, relacional, donde todavía las leyendas perduran y lo efímero no le ha ganado la batalla al recuerdo.
Ese árbol y ese cielo en prisión me han transportado al Venerato, un arroyo o afluente del Río Gualeguaychú. Allí en medio de sus costas vírgenes el hombre se reencuentra con el origen. Barrancas altas encauzan sus aguas profundas y limpias. El cielo cae a bañarse, se multiplica y sentimos que remamos entre nubes. Exóticas aves, tortugas, peces se hermanan con el hombre hecho de humus y no de cemento. El hombre humilde, de tierra, con conciencia de que volverá a ella. La vida es una explosión de verdes. Un derroche vital de juncos, camalotes, nenúfares…

Agreste jardín sin construcciones. Tierra que pisamos, lodo que se adhiere, arena escurridiza. Nuestros pies se ensucian de leyendas, se entierran, se hunden hacia el ombligo de la historia. ¡Cuánta tierra! Pienso en el pequeño naranjo asfixiado por veredas, ahogado por el smog que le irá quitando la pureza a los azahares. Resistirá por eso nombres. Es un tributo del universo ante tanta indiferencia humana, ante tanta desmemoria… Detenerse es reconvertir un espacio de circulación en un lugar, retenerse como los juncos, como el mismo cielo que se mira en las aguas del Venerato. Detenernos para recomponer nuestra historia , sin la urgencia del instante, sin el mandato de la actualidad. Solo así no nos moverá el espanto sino el amor y el sentido de pertenencia.

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