EL EVANGELIO DE JUDAS

“¿No los he escogido yo a ustedes doce? —repuso Jesús—. No obstante, uno de ustedes es un diablo.” Juan 6:70-71

 

Por Marta Ledri, escritora y Prof. en Letras

 

Hasta los 30 años el Hijo del Hombre fue uno más entre los galileos. Siguió el oficio de su padre y al final de las jornadas barría el aserrín con el que encendía una hoguera infernal.

Después de purificarse gustaba quedarse a solas y con dos tablitas formaba una cruz que ataba con un hilo de pescador. Meditaba y los palos de olivos giraban entre sus dedos ásperos. Le gustaba pescar. Su padre lo había llevado a Genezaret.

La caminata fue larga. Salieron cuando aún era noche y acamparon en las orillas. José echaba las redes y él veía extasiado el plateado coleteo de los peces. Devolvía al mar los que no servirían para encender el fuego. Él le enseñó a elegir y a cargar la madera.

El llamado le llegó tres años más tarde. Su madre que había regresado de la fuente con un cántaro de agua lo abrazó sin decir palabra.

Galilea no creyó en sus primeros milagros. ¿Cómo iba a ser el Mesías el hijo de José, el que reparaba sillas y hacía mesas para partir el pan?

_Siempre fue extraño.
_ Y más extraño es que no haya tenido hermanos. Su madre era muy joven. Pudo haber engendrado más hijos.
_Solo Yavé sabe. Cuchicheos en el mercado o frente al pozo de agua.

Llevó las sandalias con correas nuevas. Samaria, Judea. Hizo amigos en Betania y un día escogió a sus doce apóstoles. Hombres que no tenían nada que perder si lo seguían. Estaban acostumbrados a vivir “como los lirios del campo”.

Doce, ¿por qué no once o trece? Es la trinidad multiplicada por los cuatro puntos de la tierra. ¿Qué podían entender de un Dios trino si eran duros de testuz?

La predica del galileo se fue extendiendo. Su fama alarmó a los fariseos, cuidadosos de la Ley de Moisés. Llegaban noticias de que se autoproclamaba el Mesías, y osaba resumir el decálogo en un solo mandamiento. ¿Quién era este megalómano que infundía alegría y cenaba con publicanos?

Lo pasamos muy bien Maestro. Muchas cosas no entendíamos. Eso de destruir el templo y en tres días volcer a levantarlo, o la hora se acerca. Igual te seguíamos. Nos hechizabas. Si hasta Pedro, mayor que tú se hincó a tus pies.

¿Por qué me elegiste?
Todavía recuerdo ese día. Poco antes de la Pascua me llamaste por mi nombre y me encomendaste que te entregara.

_No soporto más la espera. Cuanto antes pase por mí este Cáliz mejor
_Maestro, por qué yo debo ser la oveja número 100, soy del rebaño
_ Condenarás mi nombre al odio universal
_Qué importa el mundo cuando ya tienes la eternidad asegurada.
_Sólo tendrás que besarme en Getsemaní.

Te entregué por treinta monedas. Siempre estuve último en la lista. Ahora, por fin, me elegías primero a mí y no dudé. Las monedas de los sacerdotes las tiré.
No pude llorar como Pedro, no pude huir a Emaús, no tenía con quién encerrarme a esperar el Paráclito.
Te fallé Señor, no en entregarte porque eso estaba en las Escrituras, sino porque el árbol al pie del precipicio me tentó.
El nudo rodea mi cuello. Sal a buscarme.

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