El fluir del agua, el fluir del Verso. Gualeguaychú, cuna de poetas

Gualeguaychú, cuna de poetas, es tal vez la única ciudad que ha erigido en su plaza principal una parcela donde lustrosos bustos de poetas locales se reúnen desde su eternidad para seguir inspirando.

 

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

 

La plaza encendida, con su fuente de aguas luminosas, con sus árboles repletos de trinos atardecidos, congrega en dos sectores a poetas que trascendieron por la calidad de su lírica, el ámbito local. No serán enumerados, ni catalogados en este artículo, ya que el propósito es hipotetizar cuánta influencia tuvo el paisaje para inspirar, para que el hombre fuera “donado” por las musas nativas y se convirtiera en vate o poeta consagrado.
Si bien el más antológico poeta es Olegario Víctor Andrade y dentro de sus poesías más íntimas y no épicas se destaca “La vuelta al hogar” solo menciona al río en una enumeración asindética como parte de un paisaje detenido en el tiempo y que ve regresar al hombre vencido. Los rasgos del segundo romanticismo en la Argentina se hacen presentes en este poema extenso dividido en veintidós estrofas de versos octosílabos. El tono de añoranza y la imposibilidad de recuperar la edad de oro envuelven a un yo sintiente que se siente un extraño en medio de ese “locus amoenus”
No es el río su motivo principal, pero tampoco pudo ser indiferente a él. El río Gualeguaychú bordea la ciudad. Rara vez es bravío, tiene más bien un manso discurrir, un devenir hacia la desembocadura.
El agua fluye, disuelve, ablanda el corazón y esa proximidad del río con el hombre puede ser suficiente para explicar el flujo de la palabra sobre el cauce del metro.

Heráclito asociado a Parménides por oposición dijo:
«En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]»
El fluido donde nos gestamos es en el paisaje, el río, alargado y casi mítico animal de ondulante lomo. Todos entramos en él. Entramos con un lenguaje sucio, empobrecido por el uso, apenas flotante. Algunos se aventuran hasta la hondura, otros solo caminan la orilla. Todo aquel que deviene con el río entra en una simpatía cósmica y su vocabulario se vuelve líquido, arremolinado de metáforas, con meandros sintácticos que confunden y maravillan. El hombre que sale del río ya no es el mismo porque trae con él esa sensación de dejarse ir, de desembocar en la belleza. La piedra disuelta es arena moldeable como un poema.

¿Es entonces el río, una presencia cercana en Gualeguaychú un factor de inspiración para explicar esa constelación hoy perpetuada en la plaza?

En la carta de Fundación de la ciudad de Gualeguaychú que Tomás de Rocamora le escribe a V.E, con fecha 20 de octubre de 1783, puede leerse en el primer párrafo que uno de los motivos de su elección para plantar una villa fue el río:

“El terreno distante de la antigua Capilla poco más de legua, es muy agradable. Descubre el río, y una isla que forma a la derecha de la Villa, le hace más graciosa la vista. Por esta parte hay playa(…) Acta de fundación de la ciudad de Gualeguaychú.
El militar al servicio de Vértiz es probable que haya levantado la celada y limpiado sus ojos en la correntada, habrá hecho nido con sus manos para albergar el agua y saciar su sed, tal vez se haya despojado de las botas frente a sus subordinados. Ya no era el mismo que cuando entró.
Desde el épico momento fundacional ese río con su magia cambiaba a las personas.
La poesía tuvo alrededor de los años 50 los grandes poetas del río. Este fenómeno no hace mucho tuvo un brote en la ciudad y una generación joven se autodenominó “ Los poetas del agua” Generación de la que me ocuparé en otro artículo.
Pablo Daneri dice:
Me dejaré llevar
Por la corriente mansa de este río;
Un grillo frío
Sobre el silencio se pondrá a cantar” Sub- Soneto
El poema abre con una decisión del yo lírico de fluir con el río, un sentimiento de abandono de las cosas permanentes y al mismo tiempo inútiles y el deseo expreso de que el río natal lo “”lleve de su mano”.

Manuel Portela, eximio sonetista en “Motivos del río” 1, asocia al río y a la ribera con los enamorados. Una doble metáfora es columna vertebral del breve poema donde el enamorado (el río) no se cansa de pasar ante su estática amada (la ribera). La imposibilidad del amor hace que el río deje a los pies de las barrancas su canto de amor hecho de flores blancas.

“El agua canta su canción celeste
Y monocorde al pie de las barrancas;
Y abre el milagro de sus flores blancas
La campanilla múltiple y agreste…”

La descendencia de estos poetas perdura y el río se resignifica, se atavía de nuevos recursos estilísticos para ser el mismo, para ser otro… El río nos congrega como pueblo, nos llama a su defensa, nos embandera. Nos bautiza. Es nuestro altar. Sus aguas nos ungen y así reconciliados ante el agreste altar oramos para ser barro primigenio de donde saldrá la vida y no un desierto barrido por los vientos del olvido.

“ Fui a beber de la tarde
licuada junto al río.
Caída entre los juncos
apenas si formaba
un charquito de esencias.
En un cáliz de achiras escancié
aquel delta de muerte
Un coágulo de luz ensombrecida
tentó mi sed remota de infinito…
Y bebí de la tarde
en el altar del río”

Libación, Marta Ledri. Lic. En Letras. Primavera de 2017

 

 

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