El gran ojo de Dios

 

Me falta ver una aurora boreal. O una austral. Norte, Sur, venga, cualquiera de los dos. No sé si pronto o lejos, pero es una decisión tomada.


Por Verónica Toller

 

Nunca he visto una aurora boreal. Sin embargo, tengo tantas acumuladas adentro. Y no me sirve de mucho que los científicos del MIT expliquen que se trata de «electrones cargados de energía que “cuando el viento solar choca con el campo magnético de la Tierra, éste se estira como elástico y acumula dentro toda la energía». O averiguar que «llega un momento en el que las líneas del campo magnético se reconectan y liberan de golpe toda esta energía, lo que propulsa a los electrones de vuelta a la Tierra». Y que cuando estas partículas tan aceleradas chocan con la parte superior de la atmósfera, se genera un plasma llamado aurora, causante de brillos y colores.

Puf. Nonono. Esas no son mis auroras boreales.

Las mías tienen el color intenso de las sandías que partíamos a pleno verano en el patio de casa, cuando todo se trataba apenas de reírse y chorrear jugo rojo lleno de pepitas negras y bordes de cáscara verde.

Aurora Borealis Observatory – Visit Senja

O me traen a las estrellas tan, tan cerca de los ojos que vuelvo a verme circulando aquella noche blanca y fría por la carretera de abril, hacia Helsinki, con estrellas boreales que parecían rozar el techo del auto con un hálito.

Aurora capturada por el #TeamTanner

Y debo decir que ya he visto pasar la cola de un cometa, y no se acabó el mundo. Que he visto a la Luna eclipsar al Sol, y dos lluvias de estrellas fugaces tajeando el cielo aquí, allá, verdes… rojizas…, ¡blancas! (diciembre, madrugada, fresco-manta-patio. Y esperar a que pasen las Gemínidas. ¡Lluvia de estrellas fugaces!).

Que vi tormentas y rayos partirse junto a las alas del avión. Cierta vez, llegué a un poblado justo después del paso de un tornado (un camino de casas y árboles destrozados). Que vi sequías. Vi inundaciones interminables.

Pero nunca vi una aurora boreal. O una austral.

Por el momento, me contento con seguir a un grupo de “cazadores de auroras” del norte canadiense. No cazan crepúsculos, como Cortázar. Ellos son captureros del otro extremo de la vida. Fotógrafos que me han aceptado aunque no les aporte ninguna imagen.

Como ante esta captura, que parece tener al gran ojo de Dios mirando sobre los verdes tomados por Shamon Kureshi (su primera captura de 2018).

 


O la del #teamtanner en Lac La Biche a principios de este año con 30 grados bajo cero
en el parque provincial Sir Winston Churchill (“Los árboles de abeto son tan altos allí y todavía están cubiertos de nieve. Tomamos esta foto de allí justo antes de medianoche”, dicen ellos).

Aurora tomada por Sheri White

Las auroras que sueño no son campos de electrones. Son hechicería. Son el silencio, la oscuridad y, de pronto, la explosión acuarela sobre el fin del fin del mundo moviéndose, bailando el hula-hula, disipando agujeros, diciendo que sí, que sí, que la boca de la noche es negra pero esconde un bamboleo de rojos que no solo son rojos: son burdeos y calabaza y verde-jade-aguamarina, son azul francia-marino-y-añil, magentas que se van al malva como si nada, cian que sabe a menta; ámbar y lima y borgoña que termina en lavanda casi marfil cuando va a amanecer.

Eso. Nada. Que me falta ver una aurora boreal. El ojo de Dios. Y que un día la veré.

Es una decisión tomada.

Aurora de Darcy Shawchek

FOTO DE PORTADA: Aurora Borealis Observatory – Visit Senja

****

Comentarios

About the author  ⁄ Infoner