El gran ojo de Dios

 

Me falta ver una aurora boreal. O una austral. Polo Norte, Polo Sur, venga, cualquiera de los dos. No sé si pronto o lejos, pero es una decisión tomada.


Por Verónica Toller

 

He visto ya pasar la cola de un cometa (y no se acabó el mundo).

He visto eclipses de Sol (a la Luna ocultar al Sol… ¡Naturaleza que habla!).

Vi dos lluvias de estrellas fugaces (diciembre, madrugada, fresco-manta-patio. Y esperar a que pasen las Gemínidas. Pocas visiones se le igualan. ¡Lluvia de estrellas fugaces!, tajeando el cielo aquí, allá, verdes… rojizas…, ¡blancas!).

Vi tormentas y rayos partirse casi al lado de las alas del avión.

Atravesé el Río de la Plata en medio de un batifondo de viento y oleaje (y el buque sacudido por tres horas).

Llegué a un poblado justo después del paso de un tornado (un camino de casas y árboles destrozados, y a los lados…, nada).

Vi sequías.

Vi inundaciones interminables.

Pero nunca vi una aurora boreal. O una austral. Por el momento, me contento con integrar un grupo de “cazadores de auroras” de Alberta, Canadá. No cazan crepúsculos, como Cortázar. Ellos son captureros del otro extremo de la vida. Fotógrafos que me han aceptado aunque no les aporte ninguna imagen. Sólo mis “¡Oh!”, “¡Ahhh!”, “¡Noooooo!”, cuando veo las tomas que ellos vivenciaron.

Como esta que parece tener al gran ojo de Dios mirando sobre los verdes tomados por Shamon Kureshi (su primera captura de 2018).

 


O la del #teamtanner en Lac La Biche a principios de este año con 30 grados bajo cero
en el parque provincial Sir Winston Churchill (“Los árboles de abeto son tan altos allí y todavía están cubiertos de nieve. Tomamos esta foto de allí justo antes de medianoche”, dicen los integrantes del team).

Aurora tomada por Sheri White

Y no me sirve de mucho que los científicos del MIT expliquen que se trata de electrones cargados de energía. A quién le importa saber que “cuando el viento solar choca con el campo magnético de la Tierra, éste se estira como elástico y acumula dentro toda la energía; llega un momento en el que las líneas del campo magnético se reconectan y liberan de golpe toda esta energía, lo que propulsa a los electrones de vuelta a la Tierra. Cuando estas partículas tan aceleradas chocan con la parte superior de la atmósfera, se genera el plasma llamado aurora, causante del despliegue de brillos y colores que se puede observar en los polos en determinadas épocas del año”.

Puf. Nonono. Esas no son “mis” auroras boreales.

Aurora Borealis Observatory – Visit Senja

Las mías tienen el color intenso de las sandías que partíamos a pleno verano en el patio de casa, cuando todo se trataba solamente de correr y reírse y chorrear jugo rojo lleno de pepitas negras y bordes de cáscara tan verde (justo como las auroras).

O me traen a las estrellas tan tan cerca de los ojos que vuelvo a verme circulando aquella noche en la carretera todavía fría de abril, cerca de Helsinky, con estrellas boreales que parecían buscar el techo del auto para rozarnos la cabeza con su hálito de blancura.

Aurora capturada por el #TeamTanner

Las auroras que sueño no son campos de electrones. Son hechicería. Son el silencio, la oscuridad y, de pronto, la explosión acuarela sobre el fin del fin del mundo bailando el hula-hula, disipando agujeros, diciendo que sí, que sí, que la boca de la noche es negra pero esconde un bamboleo de rojos que no sólo son rojos: son burdeos y anaranjados-calabaza y verdes jade-aguamarina, son azul-marino-francia-añil, magentas que pasan al malva como si nada, cian que sabe a menta; ámbar y lima y borgoña que termina en lavanda marfil cuando va a amanecer…

Eso. Nada. Que me falta ver una aurora boreal. El ojo de Dios.

Es una decisión tomada.

Aurora de Darcy Shawchek

FOTO DE PORTADA: Aurora Borealis Observatory – Visit Senja

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