El jardín que desborda el papel (los bordes y los desbordes del jardín)

Cuando las cimas de nuestro cielo se reúnan mi casa tendrá un techo.

PAUL ELUARD, Digno de vivir.

La casa está sola. Los moradores emprendieron un viaje de posible trasmutación. La protagonista se encuentra entre diversos objetos inanimados que recuerdan los últimos resabios de vida y sus labores: los impuestos impagos, las recetas de medicamentos, las zapatillas “de trajinar” de su madre y una escoba que empieza a crepitar mientras se mueve al compás de unas hojas de fresno.

Ahora la casa nos invita a pasar. El pacto para el ingreso es el silencio absoluto. El cruce de umbral de un cancel y “la llave repitiendo el doble círculo, infinito recorrido dentro de un útero metálico” inaugura el espacio del secreto, unión de lo sagrado y de lo profano, de la vida y de la muerte, del tiempo cronológico y del tiempo íntimo “Septiembre abría la luz transparente y ahuyentaba las sombras, las arrinconaba y disolvía entre suaves colores pasteles. Respiré hondo y el mundo mojado fue una frescura divina, un universo bautizado dentro de mí”.

Luego el jardín como un cinematógrafo se encarga de empezar a proyectar imágenes poéticas “El toldo sin correr se ahuecaba como cuna para el agua; entre los agapanthus los caracoles habían dejado su pegajosa escritura nocturna y entre los ladrillos pequeños un incesante recorrido de hormigas trataba de reconstruir su mundo de galerías”, “Octubre era una gasa azul noche que latía estrellas punzantes. Afuera el jardín era invadido por almas que habían desertado y pisoteaban las acuosas begonias, adentro dos muertos regresaban a la cama donde se habían amado y donde habían muerto”, la noche es “un rectángulo perfumado en el patio”.

A medida que el relato avanza la imaginación y la fuerza poética aumentan los valores de la realidad y el cuerpo de imágenes sensoriales lindan los bordes del jardín narrativo. Una especie de atracción de imágenes concentra el mundo vegetal y se derrama por continuidad o similitud sobre las almas errantes: en las venas de su madre por donde ya no corría sangre “había senderos ramificados que parecían ir secándose”, las primeras luciérnagas de octubre inundan las sombras del patio y como ellas las almas se hacen visibles tras la apariencia de lentejuelas brillantes, los errantes comen migajas de pan como los gorriones, la bolsa de consorcio resulta como un hoyo de olvido que intenta contener la inevitable muerte como hojas secas y el viento que mueve el ramaje de la verdura hace propicia la agitación interna de recuerdos de la narradora protagonista.

Por otro lado, Jorge Luis Borges en su cuento Mutaciones dice:

“Cruz, lazo y flecha, viejos utensilios del hombre, hoy rebajados o elevados a símbolos; no sé por qué me maravillan, cuando no hay en la tierra una sola cosa que el olvido no borre o que la memoria no altere y cuando nadie sabe en qué imágenes lo traducirá el porvenir.”

La autora del libro pareciera conocer estos símbolos primigenios y gracias a sus imágenes metafóricas y novedosas, los utensilios humanos moldean un universo particular en donde el jardín representa la cruz primera, es decir una alianza entre lo vertical y lo horizontal, entre el cielo y la tierra.

El lazo asegura la continuidad del tiempo detenido materializado por los vínculos filiales y amorosos que no solamente emergen de las relaciones de la protagonista con sus padres sino de las almas entre sí. “Percibía una lujuria rosácea y viscosa. Cierto pudor me anudaba la pregunta hasta que enfrenté dos almas en ese ritual de encajar sus bordes y les pregunté que estaban haciendo. Amándonos, los muertos siguen amando y cuando lo invisible se va convirtiendo en nebulosa los instintos ya despuntan. Sabemos que engendramos muertos, pero irán escalando los distintos estadios y algún día se les abrirán las puertas de la vida”

Flechas se disparan como tajos de luz fragante en donde los recuerdos encuentras un meollo para revivir como flores marchitas “Como si nada hubiera pasado, recuerdo la camilla de un médico de confianza, la exploración y el diagnostico satisfactorio para mis padres. Físicamente estaba intacta qué sabían ellos de que por dentro me habían molido la ilusión y pisoteado la inocencia”

Además, los lectores asistimos a un ensueño que divide la nouvelle en dos. Gaston Bachellard en la Poética del espacio dice:

“El ensueño es por sí solo una instancia psíquica que se contunde demasiado frecuentemente con el sueño. Pero cuando se trata de un ensueño poético, de un ensueño que goza no sólo de sí mismo, sino que prepara para otras almas goces poéticos, se sabe muy bien que no estamos en la pendiente de las somnolencias. El espíritu puede conocer un relajamiento, pero en el ensueño poético el alma vela, sin tensión, descansada y activa.”

La narradora viene a inaugurar la forma del ensueño, la habita y se complacerse en ella “dormí entre visiones y el reflujo de un jugo fragante se acumulaba en mi boca. Mojé la almohada, la saliva olía a rosas. Volví a entrar en el sueño y me hallé con una luna con forma de rosa que deshojaba pétalos, como hojaldres plateados”

La región más transparente es la imagen poética que irradia espacios, no es la noche ni la muerte que avanza inevitablemente, son imágenes en surtidor que arman recorridos sensitivos gracias a la palabra misma.  El jardín se desborda ante el papel y la narradora posee sus muertos, y su muerte. La imagen poética es su medio de apropiación. Los sonidos, los colores, y las fragancias asisten a la finitud de la condición humana “Las campanas sobresaltaron las ánimas. Ya todas eran visibles, tenían contornos de hojas y fluidos verdosos y violetas circulaban por laberínticos vasos. En el medio se encendía una pelusa luminosa que era como un centro energético. Podía medirles la intensidad por ese punto de luz. Las campanas fueron atenuando la luz en cada una, un pábilo triste quedó en el medio de esos cuerpos sin concluir…se ensombrecieron y todas a la vez apagaron su incandescencia”.

Un jardín de colores resplandecientes, el silencio de las plantas, y una casa que no tiene techo hasta que las cimas de nuestros cielos se reúnan.

 

 

 

 

 

 

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