El juego de las pésimas opciones

Cuenta una historia que cierto día en un bar de la zona rural un parroquiano con excesos etílicos trazó una línea en el suelo diciendo que los que estaban de un lado eran imbéciles y del otro unos atorrantes. Alguien ofendido lo enfrentó diciéndole que él no era ningún atorrante, recibiendo como respuesta: “no hay problema, pásese para el lado de los imbéciles”. Esta anécdota es útil y oportuna para abordar el fenómeno de las fuerzas mayoritarias que pugnan por el poder en nuestro país. Una línea ficticia las separa hasta chocarse con una disyuntiva si se quiere impertinente y complicada de resolver. La cuestión se da cuando a la hora de elegir existen dos fuerzas que tuvieron oportunidad de ser gobierno con aciertos y errores, pero que ante la falta de una tercera en disputa con firmes con pretensiones, obligue al electorado a optar por el mal menor. Ello lleva a convivir con un alto grado de desconfianza e incertidumbre. El mal menor es una pésima receta.

Luis María Serroels
Especial para INFONER

Si se inventara un cedazo de la política que sólo mantuviera sin filtrar a las buenas acciones, la honradez, la ejemplaridad, el esfuerzo y el amor al país ¿qué ocurriría? Siempre habría un resquicio para que traspasen las trapisondas y los actos de corrupción alojados bajo la frase de “roban pero hacen”. Si el electorado nacional es conducido hacia la conformidad del mal menor, habremos retrocedido imprudentemente y quitado a la democracia algo de lo que jamás debe prescindir: la pureza institucional, la convivencia sana y respetuosa y el desprecio por el fraude a la hora de poner en marcha lo más sabio y puro que la sociedad debe preservar: el libre ejercicio del sufragio.

Cuando Alberto Fernández decidió abandonar el barco del kirchnerismo, entre las durísimas razones invocadas le faltó la quizás más motivadora de adherentes a celebrar su decisión: el alto grado de corrupción reinante.

Podría admitírsele -aunque resulte muy extraño- una eventual falta de la debida información en aquel tiempo, pero hoy, cuando aceptó su candidatura, ya conocía muy bien de quienes se trata el frente electoral que lo sedujo.

Días pasados hizo públicas sus críticas al cese de la aplicación del IVA a los artículos de la canasta familiar, olvidando que en su plan para una eventual gestión presidencial está incluida esta medida como auxilio para el bolsillo. Fernández nunca apoyó la ley del 82% móvil para la maltratada clase pasiva y fue uno de los que mantuvo silencio cuando Cristina Fernández vetó la ley sancionada da por el Congreso (fue cuando cerca suyo Sergio Massa rompió en aplausos).

Las gratuitas imputaciones que le efectúa a Mauricio Macri –de las cuales no pocas mantuvo guardadas antes del ofrecimiento de la ex presidente-, son el resultado de pésimas medidas adoptadas entre 2003 y 2015. Que al inicio de la actual gestión no se haya difundido un pormenorizado y preciso cuadro de situación para que la ciudadanía conozca en detalle lo que se encontró al asumir Cambiemos, no convierte al turno anterior en un dechado de buena administración y alta honestidad.

Pero tampoco se explicaron las causas y los riesgos de dolosas disposiciones, qué beneficios se perseguían y eventuales consecuencia en lo inmediato, en un cuadro de desorden heredado (faltó el saber ayudar a la comprensión colectiva). Sería necio desconocerle al gobierno actual el impresionante avance en materia de obras públicas de extrema necesidad para el país y demandadas por años, que hoy pueden exhibir el rótulo de “habilitadas” (no abandonadas a medio construir pero sí haberlas pagado como trajeron los aires patagónicos de Santa Cruz).

Las maniobras impulsadas por el kirchnerismo en complicidad con el empleado bancario devenido en empresario de la construcción Lázaro Baez, eje y vía en maniobras dolosas que se valieron del Estado para convertirse en millonarios, añadieron emprendimientos hoteleros –con huéspedes virtuales- como herramienta para blanquear dinero mal habido.

Sobreprecios incluidos en las licitaciones direccionadas hacia el empresario ad-hoc en su monto total y una aceitada gama de estafas con premeditados paraísos fiscales y empresas particulares que, bajo extorsión, debían acceder ante el añejo y familiar cohecho, terminaron cayendo en la red de un ignoto chofer aficionado a anotar todo en un cuaderno, con pelos y señales.

Todo cuanto la justicia viene encolumnando en Comodoro Py (que compromete a numerosos ex funcionarios K, de los cuales varios están entre rejas), alcanzando además a la propia hija de Cristina por complicidad necesaria, parece haber sido borrado de la libreta de apuntes de Alberto Fernández, quien asegura que será el único en ejercer el mando presidencial.

Ahora es el turno de plantear la situación del macrismo, que en sus casi cuatro años de gestión nunca llegó a entender que la publicidad de los actos de gobierno -profunda, detallada y oportuna-, deviene de un precepto constitucional. El porqué y el para qué, deben estar sobre el escritorio de cada funcionario y de allí que deben ser explicadas las razones motivadores de durisimas decisiones con efectos dolorosos y nefastos para vastos sectores.

Informar estas medidas y llevarles alguna esperanza a los sectores más desprotegidos, es una asignatura pendiente de los colaboradores de Mauricio Macri y en especial una deuda impaga para con quienes lo ungieron primer mandatario. Este columnista advirtió desde un principio que el aparato comunicacional del gobierno carecía de suficiente acción, motivación y clarificación frente a los problemas que han demandado necesarias aclaraciones y justificaciones. La ciudadanía merece saber si los graves problemas no han de demandar un alto costo material y emocional.

De todos modos no deben desconocerse los grandes logros en el ámbito internacional, reubicando a la Argentina en el mundo y recuperando el respeto perdido, amén abrir más de un centenar y medio de nuevos mercados.

No se puede soslayar que el justicialismo, el más duro crítico del gobierno, carga con un pasado imposible de borrar de la historia. ¿Qué cargo se hace de la pésima administración de María Estela Martínez (sucesora de su fallecido esposo Juan Perón), del “lópezreguismo” y de las Tres A?

O del oprobio que significó para el país un presidente que proclamaba “¡síganmé que no los voy a defraudar!”, arruinando la economía con medidas que terminarían mal y que llegó a ordenar la destrucción por explosión de una fábrica militar de armas, para blanquear la venta ilegítima y fraudulenta de material bélico al exterior, ocultándole al país los verdaderos adquirentes.

Nunca desde el seno del justicialismo, cumpliendo con una obligación moral para con la nación, surgieron condenas contra quien delinquió en forma descarada y que, luego condenado por los jueces, se lo ha venido premiando con fueros protectores en un rol de legislador muleto todo terreno.

En este contexto resulta imposible zafarse de ambos lados de la raya en el piso. Ante forzadas opciones ¿quién podrá defendernos? En política no existe el Chapulín Colorado.

Alberto Fernández declaró que “si fuera verdad lo que nos dicen los medios, no nos hubieran votado”. Poco original reflexión para obsequiarle a Nicolás Maduro. Se olvida que hace dos milenios la multitud eligió a Barrabás

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