El optimismo es un deber moral

Hay una Argentina que puja por afirmar la república, por tener una ciudadanía de calidad y una democracia solidaria con los más necesitados. Puja por una mejor calidad de la dirigencia política, empresarial, sindical y periodística. Puja porque la ley se aplique con justicia a los poderosos, que no haya impunidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Fabián Otarán –  abogado, dirigente radical

 

Hay una Argentina que pide juicio y castigo a los culpables de la corrupción, como antes a las Juntas Militares que violaron los derechos humanos. Pide juicio y castigo a los que destruyeron las estadísticas oficiales para esconder la pobreza. Pide juicio y castigo a los que se vendieron y difundieron noticias falsas.

Hay una Argentina profunda que rechaza la hipocresía de declamar valores que no se practican; gente que no roba, que estudia, trabaja, que es solidaria, y que se da cuenta cómo unos vivos pueden robar su esfuerzo. Ésta gente hace tiempo que se puso en marcha y da testimonios de democracia directa. Llena las calles tras consignas básicas y convocatorias espontáneas. No está dispuesta a dejar pasar relatos falsos; ni los que anuncian espejos de colores, ni los que invocan grandes causas para enriquecerse ellos.

En sintonía con la demanda social, la Cámara de Casación penal federal, recientemente declaró la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción con fundamento en el art. 36 de la CN. Dijo que atentan contra el orden democrático, dimensionado su gravedad.

Por lo demás, una parte importante de la sociedad de nuestro país es consumidora de dólares.

Tantas veces se derrumbó nuestra economía y se devaluó el valor de nuestra moneda, que los argentinos ahorran en ladrillos o en dólares.

El anterior Gobierno no vendía dólares al público en general. Mientras declamaban contra el imperialismo, los atesoraban ellos. Éste gobierno, que decidió subirse a la economía mundial con sus reglas de lesse fair lesse paser para establecer el valor de los productos, dejó libre la flotación del dólar.

El Gobierno en campaña pronosticó una lluvia de inversiones que no llegaron, menos, cuando los EEUU empezó a pagar más interés por ellos. Así, los dólares que necesitaba el país debía conseguirlo de la venta de la cosecha 2017/2018, pero se perdió por la sequía. Lo que siguió fue una puja en el mercado por la escasez de dólares que devaluó nuestra moneda un 170 %. La consecuencia, es el traslado a los precios de los bienes de la canasta básica, la medicina y los servicios, que no sólo dificulta el bienestar, sino que priva incluso a la gente de un consumo básico.

Mientras esto sucede, el populismo honesto y el ladrón, porque hay de los dos, se disfrazan de bomberos y echan nafta al fuego. Es la argentina que atrasa, que declama derechos pero que en realidad sostiene privilegios, que vuelve una y otra vez con las mismas recetas: un país cerrado sobre sí mismo, de economía extractiva, con empresarios y sindicatos protegidos, donde el clientelismo pretende ser remedo de la justicia social.

Es difícil sacar conclusiones en el medio de la crisis. Pero creo que la gente lo entendió y no prestará oídos a los cantos de sirena. Sabe o intuye que la riqueza está en abrir el juego. Es cierto que la está pasando mal. Pero prefiere confirmar el rumbo hacia la economía real, de producción y creación de trabajo privado, una economía que salga al achique de la brecha tecnológica.

La pulseada es feroz, pero hay una red de contención social que le permite al Gobierno llegar en auxilio de los más necesitados y eso le da margen. Aunque resulta imperioso para que el salto de calidad se consolide, que las distintas fuerzas políticas estén a la altura de la historia.

No será fácil, los partidos políticos tradicionales exhiben mayormente una dirigencia anquilosada que cuestionó al kirchnerismo desde la honestidad, pero que no proyectó una Argentina integrada a la locomotora de la economía mundial a través del conocimiento. Más bien le teme. Por eso, de sus reflejos y capacidad de modernización dependerá dar vuelta la vieja y frustrante página de una economía nacional, en la que incluso el trabajo perdió el sentido de realización personal.

“Nadie es la patria, pero somos todos”, dijo Jorge Luís Borges. Por eso la vida democrática debe ser equidistante tanto de los discursos colectivistas, “la patria”, “el pueblo”, “los trabajadores”, que por involucrar a todos no involucran a nadie, como del individualismo extremo, diseñado por los empresarios para un público consumidor. El justo medio. Resistir la concentración de poder por un lado y por el otro, limitar un individualismo extremo, que alienta a sustituir la política por los negocios.

Para cerrar. Una cultura local y a su vez cosmopolita y de profunda tradición humanista, me impulsa a ser optimista. En todo caso me guía también Karl Popper, que resistió intensamente los autoritarismos del siglo XX y concluyó que, “El optimismo es un deber moral”. Salud.

Comentarios

About the author  ⁄ Infoner