EL PAÍS DE LOS DISLATES

Sólo la ingenuidad comunicacional para enfrentar a la oposición, permite comprender porqué hoy Argentina vuelve a padecer situaciones graves en lo político y económico, generando un clima de extrema tensión. Pocos dudan de que el desbande de los índices económicos, la cotización del dólar y la disparada cambiaria tras las PASO, no fueron tanto una acción deliberada contra el poder actual, sino una advertencia de sectores que no verían con buenos ojos la reinstauración de políticas que resultaron negativas para el país. Nada enaltecedor es para la democracia que en un cuarto oscuro no se confronten matices propios de la política sino que se habiliten candidatos que cargan sobre sí graves imputaciones ante la justicia penal. La alteración de los mercados en un momento de mucha efervescencia fue sospechosa. Paralelamente un medio subvencionado por el kirchnerismo mencionó la posible repetición del Diciembre de 2001 con gran temeridad y sin medir el riesgo que ello entraña. Fresco permanece el recuerdo de las 39 víctimas fatales. ¿A quién favorece tropezar dos veces con la misma piedra?

Luis María Serroels
Especial para INFONER

Los anticipos y hasta amenazas de la oposición –que incluyen al principal organismo crediticio internacional- mirando hacia octubre, van mezclándose con definiciones impropias de un candidato K que se ufana de ser catedrático universitario. Como cuando dijo que el gobierno venezolano “no es una dictadura sino un poder autoritario”, sosteniendo que “es difícil calificar de dictadura a un gobierno elegido”, dando a entender que “las victorias electorales fraudulentas no necesariamente tienen perfiles dictatoriales”.

¿Cómo interpretar que un jefe de Estado de supuesto origen legítimo pueda desconocer y perseguir a los opositores y matar de hambre a millones de compatriotas compelidos a abandonar el país de Simón Bolívar?

Un pensador francés dijo que “el día que la cantidad sea la razón de las mayorías, saquemos el símbolo de la balanza y volvamos al de la guillotina”. Entre las décadas de 1950 y 1970, los países de Latinoamérica sufrieron gobiernos dictatoriales encabezados generalmente por militares carentes de formación política. Su puesta en escena tuvo la forma del golpe de Estado. Debe recordarse que Nicolás Maduro creció ideológicamente a la sombra (y los atropellos) de Hugo Chávez y hoy lejos está de ser un buen mandatario, en medio de una grave situación con una población hambrienta que huye del país en busca de paz, libertad y alimentación.

Unos 5.000 venezolanos emigran diariamente por causa del colapso económico, se cree erróneamente que las victorias electorales fraudulentas no necesariamente muestran perfiles dictatoriales y ese es el criterio imperante en un profesor universitario de derecho penal, con ganas de gobernar la Argentina. Nuestro canciller Jorge Marcelo Faurie enfatizó que “Maduro ha llegado a violar los derechos humanos en forma masiva”. El informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas y ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, resulta contundente: “Ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, desapariciones forzosas, torturas, represión y negaciones de los derechos primordiales”, descalifican al régimen cuyo conductor es un predilecto K. Este cuadro de situación que avergüenza a América, no es pasible –según Fernández- de ser considerado como propio de una dictadura.

Su madrugadora campaña electoral, sin disimulos abarca cuestiones que agudizan una situación muy crítica y recalientan el clima de por sí candente de un comicio pro renovación de presidente y legisladores nacionales.

Si se enfrentara al ahora arrepentido candidato del Frente de Todos con una completa y detallada enumeración de la gestión kirchnerista de 12 años, recordando sus propias críticas y agravios tras abandonar dicho gobierno contra su ex jefa política, el archivo haría estragos con él.


Un impresentable llamado Juan Grabois, protegido del Papa Francisco y con licencia para lanzar despropósitos, dijo el miércoles pasado que con Mauricio Macri la Argentina está como Venezuela. En todo el mundo y por ende en nuestro país, decir disparates resulta gratuito. Lo caro es salir airoso.

Las redes sociales acaban de difundir que Alberto Fernández, de ser electo, creará el Ministerio de la Mujer, lo cual suena grato a los oídos del electorado. Pero cuando se advierte que al frente de dicha cartera colocaría a la diputada Victoria Donda (otrora acérrima adversaria del kirchnerismo), quien es impulsora del lenguaje inclusivo y apoya la legalización del aborto, la señal no es alentadora.

Como postre digamos que el ex ministro de Economía y vicepresidente de la nación, Amado Boudou, recibió la semana pasada una nueva condena por actos fraudulentos (ya van dos) debiendo aguardar por otras causas.

Aún restan los juicios por el Caso Ciccone y por las maniobras ilícitas vinculadas con un trabajo de asesoramiento técnico, para reestructuración de la deuda de la provincia de Formosa con la Nación, a cargo de la supuesta firma The Od Fund. Se trata de una operación supuestamente fraguada que le habría reportado a Boudou y sus “socios” en carácter de honorarios profesionales una suma superior a los 7 millones de pesos. El ex titular del Senado es uno de los que aguarda el 10 de diciembre para salir de la cárcel.

Ilustración: Fragmento de la obra «Dislate», de Jaime Barroso Sereno

Comentarios

About the author  ⁄ Infoner