“El periodismo es literatura bajo presión”

Narrador quirúrgico, le han dicho, porque todo lo disecciona y observa con certera lucidez y afán lúdico, nada se le escapa a Juan Villoro, todo le interesa, desde el fútbol, que pone de cabeza a millones, hasta Ramón López Velarde. Juan Villoro es de esos escritores que no reniegan del oficio periodístico porque le ha dado “un baño de realidad”, y además, admite, muchas de sus referencias literarias han tenido como punto de partida el periodismo.

 

Conversación con Juan Villoro (*)

Por María Antonieta Barragán

Fuente: “Etcétera”, México, diciembre de 2003.

 

Según Tom Wolfe, a principios de los años 60 se escucha por primera vez hablar de nuevo periodismo. Se trataba de acabar con las desgastadas formas de hacer periodismo y hacer uno nuevo que revelara la historia oculta tras los hechos superficiales, y que además tuviera recursos narrativos. ¿Se le puede seguir llamando nuevo periodismo o estamos ante formas inéditas que escapan a membretes o clasificaciones?

Wolfe popularizó un tipo de periodismo que se hacía desde mucho tiempo atrás. Basta pensar, en lengua inglesa, en El año de la peste, de Daniel Defoe y, entre nosotros, en El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán. Los periodistas mexicanos del XIX dejaron una herencia decisiva en la crónica mexicana. La fusión de periodismo y literatura es tan vieja como ambos géneros y perdurará mientras existan, es una tentación difícil de resistir. En la ficción, hay toda una corriente del texto híbrido, que le debe mucho al testimonio, la biografía o el ensayo. Sebald, Pitol, Piglia, Magris, Vila-Matas son algunos de los autores que trabajan con fortuna en esa zona.

 

Te has formado en los medios y eres un consumidor de prensa. ¿Qué te ha dado el periodismo? ¿Cuáles serían las taras de los periodistas al querer hacer literatura? ¿Y cuáles sus ventajas sobre los escritores?

Cada quien encuentra estímulos y descalabros a su medida. Hay autores que pueden escribir ficción sin otro estímulo que los libros. Para mí, el periodismo ha significado un baño de realidad, el contacto con experiencias que no hubiera alcanzado por otra vía y el reto de narrarlas sin traicionar su esencia. Hay autores que no se explican sin las exigencias del reportaje (Hemingway, Chatwin, García Márquez). El gran periodismo es literatura bajo presión, que perdura más allá de su contingencia. El mayor prosista de la lengua catalana fue ante todo un periodista, Josep Plá. Naturalmente, escribir a destajo puede agotar a cualquiera. Las musas, que suelen ser celosas, a veces abandonan a quien corteja a demasiadas al mismo tiempo. Pero también el aislamiento y la soledad pueden llevar al novelista a pensar que la región más interesante del universo es su ombligo.

 

Entramos al viejo dilema o falso dilema, periodismo y literatura. ¿Lo han superado escritores y periodistas? ¿Los periodistas siguen sintiéndose parias cuando pretenden hacer literatura? ¿Hay que retirarse a tiempo del periodismo para irse a la cabaña a escribir?

La vida está hecha de malentendidos. Los solteros y los casados se envidian por razones que casi siempre son tristemente imaginarias. Lo mismo ocurre entre los novelistas y los periodistas. El novelista “puro” puede envidiar la repercusión instantánea del periodista que es reconocido por meseros y azafatas; por su parte, el periodista “puro” puede envidiar el dramático chic cultural de quien publica una obra de 500 páginas en un país sin lectores. En lo que toca a las técnicas, el periodismo brinda una “lección de cosas” (como decían los manuales del siglo XVIII que trataban de temas varios), enseña a seleccionar la abigarrada realidad y a hacerla verosímil (los sucesos verdaderos suelen ser exagerados e ilógicos), pero, a niveles de sobredosis, puede ahogar la imaginación con la marea de datos e impedir formas más arriesgadas de la narración. Por su parte, la ficción permite imaginar la subjetividad de los otros, entrar en sus sueños y sus conjeturas, narrarlos no sólo desde los hechos sino desde lo que no ocurrió: sus anhelos y sus falsos recuerdos. Llevada al extremo, puede dejar al narrador atrapado en su solipsismo y en un monólogo interior que los antropólogos del futuro no serán capaces de descifrar. En fin, hay que estimular en dosis adecuadas. Lo decisivo, en cualquier caso, es que se ha perdido el prejuicio de que el entrevistador o aun el cronista de nota roja practican géneros menores. No creo, en modo alguno, que el periodista siempre sea un artesano y el novelista siempre sea un artista. Los mejores periodistas son como los grandes del jazz: improvisan la eternidad.

 

Las fronteras de la no ficción y ficción cada vez son más resbaladizas para hacer novela, Vargas Llosa es un buen ejemplo. Se ha dicho que es producto del agotamiento de la literatura narrativa, se ha entrado en callejones sin salida, desde el problema del experimentalismo y de las vanguardias, pasando por el narcisismo de los escritores, y algo que empieza a ser más contundente, con la caída de las ideologías, reina la confusión y pareciera que la divisa literaria es morder pedazos de la no ficción para reconfortar al lector. ¿Qué opinas?

Vargas Llosa mezcla recursos del periodismo y la literatura desde hace 40 años exactos. La ciudad y los perros es una gran novela que también es un reportaje de investigación (no en balde se quemaron ejemplares en el Colegio Leoncio Prado, donde se ubica). Desde esa novela hasta la más reciente, El paraíso en la otra esquina, ha trabajado en las dos orillas de la documentación y la imaginación. Su divisa en Historia de Mayta es que el novelista investiga lo real para mentir con conocimiento de causa. No creo que se pueda pronosticar un futuro donde predomine una tendencia. Hoy en día la no ficción convive bien con la metafísica. Entre los escritores jóvenes de México, hay algunos, como Edgardo Bermejo y Héctor de Mauleón, que se han ocupado de situaciones reales (el levantamiento zapatista y el narco, respectivamente), pero también hay otros, como Javier García Galiano o Pablo Soler Frost que dependen de mundos estrictamente imaginarios y del estímulo de narradores de muy distintas épocas y latitudes. En la obra de un mismo autor se pueden ver estas dualidades. Daniel Defoe reinventa un suceso real con toda libertad en Robinson Crusoe y sigue otro con fidelidad en El año de la peste.

 

Una de las discusiones que se da en la prensa mundial, y sobre todo en la europea, es descartar la búsqueda de una “objetividad ideal”, por una “subjetividad objetiva”, es decir, el periodista también forma parte del mundo, no se puede marginar de él, tiene un punto de vista, pero al mismo tiempo necesita mantener una neutralidad informativa. ¿Es posible este periodismo? ¿Dónde empieza y dónde acaba la objetividad del reportero?

El periodismo puro y duro (no sus géneros híbridos, como la crónica) enfrenta el mismo desafío que un tribunal. La verdad absoluta no existe. Lo único que pueden hacer los jueces y los periodistas es crear condiciones para que la verdad tenga más posibilidades de ocurrir. A esto se le llama objetividad. Se trata de un sistema de alarma siempre provisional, como lo prueba el hecho de que incluso los mejores periódicos estén llenos de desmentidos. Por otra parte, el quinto poder enfrenta manipulaciones intencionales de todo tipo. Chomsky las ha estudiado a fondo y aquí en España apareció un libro muy interesante al respecto, Diarios, de Arcadi Espada, sobre la distorsión de la noticia en los periódicos que asumimos como los más serios del idioma. Espada considera, a mi modo de ver con cierta ingenuidad, que lo real existe de un modo único y distinto, es decir, que sin manipulaciones se conocería La Verdad. Yo soy más escéptico: las cosas, como decía Valle-Inclán y ahora ha repetido García Márquez, no son como suceden sino como se recuerdan. Todo testigo es forzosamente subjetivo. Por ello, sólo podemos llegar a un compromiso donde llamamos “verdad” a la falta de datos en contra. Es algo precario y provisional pero muy importante. En mi opinión, la ética del periodista depende de informarnos no sólo de lo que ha visto sino de las condiciones en que lo ha hecho. Esto es esencial para que valoremos su grado de aproximación a los sucesos. Aclarar la perspectiva significa definir en qué condiciones alguien califica como testigo válido. Si el periodista define su punto de vista, actúa con ética aunque después se compruebe que, bajo un punto de vista más próximo o calificado, la verdad era otra.

 

Hace poco conversaste con el escritor español Javier Marías, a propósito de su libro Tu rostro mañana, en esa plática Marías comenta que “todo tiene su tiempo para ser creído, incluso lo que no ha ocurrido”. Y pone como ejemplo las noticias de la prensa y la irresponsabilidad de ventilar información sin sustento y confirmadas, y luego aparecen como “voladas” o inventadas. ¿Será la mentira, la especulación, la falta de ética, el futuro del periodismo?

Como decía antes, el periodismo, en un sentido ideal, debe generar las condiciones para que la verdad tenga más posibilidades de ocurrir. Pero hay demasiados intereses que buscan manipular esa verdad. Vivimos en el siglo de la información y un dato oportuno es un talismán del poder y del dinero. España vive ahogada por la pornografía rosa de la prensa del corazón que invade la vida de la gente y crea reputaciones absurdas a partir de singularidades íntimas y/o anatómicas. Una vez dicha, una calumnia cumple su viaje al averno ­ esa discoteca donde todos conocen tus defectos­ y no hay rectificación que la devuelva al paraíso del silencio. Se necesita una nueva legislación de prensa que sancione con dureza las mentiras intencionales. Con todo, el problema me parece menos alarmante de lo que podría pensarse a primera vista. Hay tal sobreoferta de información que los escándalos se diluyen y compensan con más facilidad que en otros tiempos. El horror del siglo de esta semana es relevado por el de la siguiente.

 

 

 

(*) Juan Villoro nació en el Distrito Federal el 24 de septiembre de 1956. Estudió la licenciatura en sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana, campus Iztapalapa. Condujo el programa de Radio Educación, “El lado oscuro de la luna” de 1977 a 1981 y agregado cultural en la Embajada de México en Berlín, dentro de la entonces República Democrática Alemana, de 1981 a 1984.Fue director del suplemento “La Jornada Semanal” de 1995 a 1998, además de impartir talleres de creación y cursos en instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha colaborado en las revistas Cambio, Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Universidad de México, Crisis, La Orquesta, La Palabra y el Hombre, Nexos, Vuelta, Siempre!, Proceso y Pauta, de la cual fue jefe de redacción, así como en los periódicos y suplementos La Jornada, Uno más uno, “Diorama de la Cultura”, “El Gallo Ilustrado”, “Sábado”, entre otros. De 1976 a 1977 fue becario del INBA en el área de narrativa y del Sistema Nacional de Creadores Artísticos de 1994 a 1996.Obtuvo el premio Cuauhtémoc de traducción en 1988 y el Premio Xavier Villaurrutia en 1999.Entre sus obras más representativas encontramos el libro de crónicas Tiempo transcurrido, SEP/CREA/FCE, 1986; de cuento, El mariscal de campo, La Máquina de Escribir, 1978; La noche navegable, Joaquín Mortiz, 1980; El cielo inferior, UAM-Iztapalapa, 1984; Albercas, Joaquín Mortiz, 1985 (otra edición de 1996); Palmeras de la brisa rápida, un viaje a Yucatán, Alianza, 1989 (otra edición de Alfaguara en 2000); La alcoba dormida, Caracas, Monte Ávila, 1992; Autopista sanguijuela, Alfaguara, 1998; La casa pierde, Alfaguara, 1999; de ensayo Los once de la tribu, Aguilar, 1995; Efectos personales, Era, 2000; de novela, El disparo de argón, Madrid, Alfaguara, 1991; Materia dispuesta, Alfaguara, 1997; de relatos infantiles, Las golosinas secretas, CIDCLI/Limusa, 1985; El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, Alfaguara/CNCA, 1992 Baterista numeroso, Alfaguara de Bolsillo, 1997; de traducción, Engaños, cuentos de Arthur Schnitzler, FCE, 1985; El general, de Graham Greene, Memorias de un antisemita de Gregor von Rezzori, Anagrama, 1987; Aforismos, de Georg Christoph Lichtenberg, FCE, 1989.(Tomado de Josefina Lara y Russell M. Cluff, Diccionario bio-bibliográfico de escritores de México, y del Archivo del Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX del Centro de Estudios Literarios de la UNAM).

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